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Opinión

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Ni un sapo más, señora presidenta

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar

El 4 de octubre de 2023, publiqué, como punto final de mi columna lo siguiente: “Cuando el jefe máximo de la Revolución, Plutarco Elías Calles, puso como presidente de la República al michoacano Lázaro Cárdenas, el pueblo pensó que sería un títere como antes lo fueron el también michoacano Pascual Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez. El ingenio popular difundió esta cuarteta: ‘Oaxaca dio dos caudillos;/ Coahuila dos caudillejos;/ Sonora nos dio dos pillos/ y Michoacán dos pendejos’. Sólo que don Lázaro resultó más listo que al que se le ocurrió ponerle ruedas a las maletas y se deshizo de Calles. Desde entonces ningún presidente ha podio mandar sobre su sucesor”.

Casi un mes antes —el 7 de septiembre— la doctora Claudia Sheinbaum había recibido de manos del presidente López Obrador, el simbólico bastón de mando —versión morenista del dedo priista, o peor, versión obradorista del mando callista. Con mi modesta opinión y cita histórica, quise manifestarle a la corcholata ganadora de la Gran Tómbola Sexenal, que el ejemplo cardenista es un principio irrenunciable en el ejercicio del poder.

Si la desaprobación presidencial al regreso de Rubén Rocha Moya como gobernador de Sinaloa significa lo que al escribidor le parece, estaríamos ante una buena noticia: la presidenta Sheinbaum comienza a pintar su raya. Y no precisamente la del segundo piso, sino la que debe separar a su gobierno del obradorismo entendido como obligación hereditaria de proteger amigos, compañeros, recomendados y uno que otro impresentable.

Porque una cosa es reconocer el legado de López Obrador y otra convertirlo en una especie de testamento político con cláusula de obediencia perpetua. La lealtad es una virtud; la indigestión, no. Ya durante demasiado tiempo la presidenta ha tenido que tragarse sapos que comenzaron siendo de tamaño razonable, pero éste último resultó de tales dimensiones que para pasarlo no hacía falta disciplina partidista, sino entrenamiento de tragafuegos.

Cuando se me ocurrió citar en aquella columna al presidente más revolucionario de la revolución, al que el mismísimo AMLO puso como ejemplo de la tercera transformación, lo hice con la intención de que —guardadas las proporciones históricas— Claudia evitara lo que sucedió entre Cárdenas y don Plutarco, quien creyó que podría seguir gobernando desde el asiento trasero hasta que el michoacano decidió que para manejar el automóvil presidencial sobraba el copiloto. Cárdenas rompió con el Maximato y gobernó con nombre y apellido propios. No se volvió anticallista. Se volvió cardenista. Diferencia que cambió la historia.

A Claudia le toca encontrar su propia diferencia.

Porque hay asuntos que para los ciudadanos de a pie nos resultan inexplicables. Adán Augusto López sigue debiendo explicaciones que parecen pagaderas a 99 años sin intereses. Y cada nueva revelación sobre el huachicol fiscal no sólo huele a combustible, huele a sexenio anterior. Una cosa es heredar los programas sociales, las obras y hasta las mañaneras y otra, muy distinta, terminar siendo fiadora de una cuenta que ella no consumió. Cada asunto maloliente obliga a Morena a practicar ese deporte extremo llamado “aquí no pasó nada”.

Ahí está el caso Andy, cuyo apellido no necesita presentación porque viene con denominación de origen. Y ahora Rocha Moya, un sapo que en 34 horas le quitó la gripe a la presidenta.

La doctora Sheinbaum tiene cuadros propios, colaboradores leales y gente que llegó con ella, no colgada del estribo del tren de Palenque. Quédese con ellos, doctora. Gobierne con quienes le sean leales a usted y, sobre todo, al país. Desmárquese de los morenistas de ocasión, de los conversos de última hora y de quienes confunden transformación con protección.

López Obrador ya tuvo su sexenio.

Estamos en el de Claudia Sheinbaum.

Y si de verdad comenzó a pintar su raya a partir del caso del ‘gober efímero’, no permita que se despinte. Por el bien de su gobierno, de su imagen y, desde luego, de su aparato digestivo: ni un sapo más.

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Presidente del Consejo Directivo de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y Guionista de televisión mexicano. Conocido por haber hecho los libretos de programas como Ensalada de Locos, La carabina de Ambrosio, La Güereja y algo más, El privilegio de mandar, entre otros

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