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Opinión

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De repartir tabletas a prohibir celulares en el aula

México abre el debate sobre regular el uso de celulares en las escuelas, una discusión que ya atraviesan decenas de países. Entre evidencia científica, salud mental y cambios tecnológicos, el reto es redefinir cómo aprender en la era digital.

Fernanda García | Columna Invitada

Durante el Foro Nacional “Más allá de las pantallas” a inicios de marzo, el titular de la Secretaría de Educación Pública (SEP), Mario Delgado, planteó abrir un debate nacional sobre la regulación del uso de celulares en las escuelas ante preocupaciones relacionadas con el aprendizaje y la salud mental de los estudiantes. 

México no sería el primero en hacerlo. La Unesco reporta al menos 79 países que han adoptado algún tipo de restricción, o bien, permiten su uso únicamente con fines pedagógicos, para emergencias o por motivos de salud. En los últimos años, países como Finlandia, Dinamarca y Brasil, así como 20 estados de Estados Unidos, han limitado el uso de teléfonos inteligentes en las escuelas con el objetivo de reducir distracciones y mejorar el desempeño académico.

Esta conversación llega a México casi una década después desde que Francia incursionó en su implementación en 2018. Desde entonces, otros países han acumulado evidencia sobre sus efectos. Diversos estudios muestran que la presencia de celulares en las escuelas puede afectar el aprendizaje y que recuperar la concentración puede tomar hasta 20 minutos tras una distracción. La evidencia también indica que retirarlos puede mejorar el desempeño académico.

Sin embargo, la evidencia no es concluyente. Un estudio más reciente de la Universidad de Birmingham publicado en 2025, encontró que no existen diferencias en el bienestar de los estudiantes entre escuelas con restricciones y aquellas que no las tienen. Aunque en los planteles con restricciones el uso del celular disminuye durante la jornada escolar, el tiempo total frente al dispositivo se compensa los fines de semana. El estudio, realizado con más de 1,200 estudiantes entre 12 y 15 años en el Reino Unido, sugiere que estas políticas requieren mayor desarrollo y evaluación.

Este debate surge 12 años después del reparto de más de 710,000 tabletas por parte de la SEP a estudiantes y docentes de quinto y sexto grado de primaria en el marco del Programa de Inclusión y Alfabetización Digital. La lógica era clara, acercar el acceso a la tecnología en las aulas para modernizar el aprendizaje. Hoy, el debate parece haberse desplazado hacia el otro extremo, de repartir dispositivos a reflexionar si deberían estar dentro de las escuelas. La cifra de países con programas de tecnología uno a uno (un dispositivo por estudiante), se redujo a 15% en 2024 según la Unesco.

Este giro refleja un cambio más amplio en cómo entendemos el impacto de la tecnología en los estudiantes. Jonathan Haidt, psicólogo y autor de La generación ansiosa, documenta el uso intensivo de celulares y redes sociales entre jóvenes con aumentos en ansiedad, depresión y problemas de atención. Aunque las causas son múltiples, el libro ha impulsado una conversación sobre los efectos del entorno digital en el bienestar y el desarrollo de las nuevas generaciones.

Más allá de las diferencias entre países, estas discusiones reflejan una preocupación por encontrar un equilibrio entre los beneficios de la tecnología y sus posibles riesgos para el aprendizaje y la salud mental. 

Durante décadas, la escuela fue diseñada para una economía relativamente estable, donde el conocimiento cambiaba lentamente y las trayectorias laborales eran más predecibles. Hoy el contexto es distinto. La digitalización, la automatización y los cambios en el mercado laboral están redefiniendo las habilidades que los estudiantes necesitarán en el futuro.

Mientras en México empezamos a discutir el lugar de los celulares en las aulas, la inteligencia artificial ya está tocando la puerta de las escuelas. Herramientas capaces de escribir ensayos, resolver problemas o generar códigos están cambiando la forma en que se produce y accede al conocimiento. Algunos países están incorporando estas herramientas para desarrollar habilidades como el pensamiento crítico y la alfabetización digital avanzada, mientras otros optan por restringirlas para evitar que faciliten el plagio o sustituyan el esfuerzo académico.

No son discusiones menores. En el fondo, se trata de definir la transformación del aprendizaje en un mundo atravesado por la tecnología. La pregunta no es si el sistema educativo mexicano debe adaptarse a esta nueva realidad, sino cómo y con qué rapidez está dispuesto a hacerlo.

Fernanda es Directora de Sociedad en el IMCO, donde lidera investigaciones sobre educación, gobierno y participación económica de las mujeres. Previamente, fue consultora en asuntos públicos en De la Calle, Madrazo, Mancera. Es licenciada en Ciencia Política por el ITAM y maestra en Políticas Públicas por la London School of Economics.

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