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La quimera de domar al banco central
Opinión
Varios presidentes lo han intentado. Ninguno ha salido bien librado.
En los últimos meses, Estados Unidos vive una batalla silenciosa pero muy reveladora: la que enfrenta a Donald Trump con la Reserva Federal (Fed). No es solo una discusión técnica sobre tasas de interés; es una pelea clásica entre el poder político y una institución diseñada, precisamente, para no obedecerle.
La Fed nació con una misión incómoda para cualquier presidente: tomar decisiones impopulares cuando la economía lo exige. Controlar la inflación y cuidar el empleo, aunque eso signifique subir tasas, enfriar la economía… o arruinar un discurso de campaña.
La historia está llena de advertencias. Richard Nixon presionó a la Fed a principios de los años setenta para mantener tasas bajas y llegar fuerte a la reelección. Funcionó políticamente… y fue un desastre económico: inflación desbordada y una década perdida. Jimmy Carter también apostó por un liderazgo débil en la Fed y terminó pagando el costo, hasta que llegó Paul Volcker a subir tasas de manera brutal y a apagar el incendio.
Trump conoce esa historia, pero parece decidido a repetirla. Primero él mismo nombró a Jerome Powell como presidente de la Fed. Luego, cuando Powell se negó a bajar tasas al ritmo que la Casa Blanca quería, Trump pasó del elogio al ataque frontal: insultos públicos, amenazas veladas y ahora la búsqueda de un sucesor “más alineado”.
El nombre que ronda es Kevin Warsh, exgobernador de la Fed, con credenciales técnicas sólidas. El problema no es Warsh; el problema es la expectativa política detrás del nombramiento. La historia demuestra que cuando un presidente cree haber “domado” a su banquero central, suele descubrir —tarde— que la economía no obedece órdenes.
El conflicto ya escaló incluso a la Suprema Corte de los Estados Unidos, donde varios jueces han mostrado cautela ante cualquier intento de remover a funcionarios de la Fed sin respetar sus protecciones legales. No es un asunto personal: es la defensa de un dique institucional.
¿Por qué importa todo esto? Porque los mercados no creen en discursos, creen en reglas. Cuando los inversionistas sospechan que las tasas se deciden en función de encuestas y no de datos, el castigo llega rápido: inflación, volatilidad y pérdida de confianza en el dólar.
Aquí vale la pena mirar a México. Desde 1994, Banco de México es autónomo, y no por casualidad. Antes de eso, el país conoció devaluaciones, inflación crónica y crisis recurrentes. Desde entonces, los gobernadores del banco central han sido propuestos por distintos presidentes… y han actuado con independencia real:
Gobiernos distintos, ideologías distintas, pero una constante: nadie ha podido usar a Banxico como caja chica política. Y el resultado está a la vista: estabilidad monetaria incluso en contextos globales adversos.
Por eso el dilema no es partidista. No se trata de Trump sí o Trump no. Se trata de entender que la autonomía de un banco central protege a la economía incluso de presidentes populares, carismáticos o bien intencionados.
La política monetaria es un pilar silencioso. No gana votos, no da aplausos, pero cuando se rompe, todos lo sienten en el bolsillo. Estados Unidos hoy redescubre —a través del conflicto— una lección que México aprendió a golpes: los bancos centrales no están para obedecer, están para resistir.