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El pueblo ‘nuclear’ que estorba a la CFE
En Paducah, el Departamento de Energía apuesta a un campus de centros de datos acompañado por infraestructura energética
Jonathan Ruiz Torre | Parteaguas
La semana pasada anunciaron una inversión en un pueblo de unos 30 mil habitantes. Ahí deberán llegar alrededor de 100 mil millones de dólares en el corto plazo. Más de tres millones por cada niña, adulto o bebé.
Ese lugar, que probablemente muchos estadounidenses ni siquiera ubican, evidencia el peso que tendrá para la CFE y para el gobierno pagar los grandes proyectos eléctricos que pretende impulsar la presidenta Claudia Sheinbaum.
México, armado con unos 40 mil millones de dólares, pretende comprometer, a partir de este año, la compra de equipos, cables y transformadores que también solicitarán las empresas privadas encargadas de revivir —miren nomás— el pueblo de Paducah, sede de un antiguo complejo nuclear ubicado en una esquina de Kentucky, junto a los ríos Ohio y Tennessee. Toda una prueba de geografía.
Fue el propio Departamento de Energía de Estados Unidos el que divulgó el miércoles una alianza histórica entre Brookfield, NextEra Energy, Big Rivers Electric Power Corporation, Jackson Purchase Energy Cooperative y Paducah Power System.
Juntos van a reconvertir parte del emplazamiento del Departamento de Energía, en Paducah, en un campus de centros de datos acompañado por nueva infraestructura energética.
Estamos en una nueva era.
Hace unos días advertí aquí sobre la “nueva” ciudad de Brownsville, Texas, que recibió a SpaceX, de Elon Musk, con todo y sus cohetes, y más recientemente a Saronic Technologies, que construirá barcos autónomos de guerra. A eso se suman nuevas instalaciones para exportar gas por vía marítima. Ese pueblo será una gran ciudad.
En Kentucky, otra ciudad renace. NextEra Energy planea desarrollar suficiente capacidad eléctrica para alimentar a una alcaldía completa de la Ciudad de México.
Son 2 mil megawatts de nueva generación con gas natural conectada a la red. También modernizará la infraestructura de transmisión existente e instalará hasta 2 mil 600 megawatts de almacenamiento en baterías para respaldar un nuevo campus de innovación de mil 800 megawatts, dedicado a la inteligencia artificial y a la computación de alto rendimiento.
Todo eso en Paducah, donde acaso hasta ahora sólo hay dos cines.
Los mexicanos necesitamos lo mismo que requieren esas ciudades, y los precios van a subir rápidamente.
México anunció un plan de 739 mil millones de pesos para añadir más de 32 mil megawatts de capacidad eléctrica. La CFE necesitará turbinas, transformadores, cables, interruptores, baterías y contratistas. El problema es que no comprará en un mercado vacío.
Comprará en el mismo mercado en el que Estados Unidos levanta proyectos individuales de 100 mil millones de dólares, respaldados por capital privado, terrenos federales y empresas capaces de reservar equipos con años de anticipación.
El reto para la CFE no será únicamente conseguir dinero, sino conseguir turno.
Un transformador no aparece porque alguien lo incluya en un PowerPoint. Una turbina no se fabrica más rápido porque la mencionen en una “mañanera”. Los proveedores globales atienden primero a quien firma antes, paga mejor y ofrece contratos más grandes.
Ahí, la CFE deberá mostrar poder en un momento en el que sus finanzas no lo evidencian.
Si bien representa un monopolio, las ventas de la compañía caen en este 2026.
Durante los primeros seis meses del año, la empresa eléctrica de los mexicanos ingresó 332 mil 229 millones de pesos, una cifra inferior a los 339 mil 734 millones obtenidos durante la primera mitad de 2025.
El gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum espera que muchas de las inversiones energéticas del sexenio sean compartidas con empresas privadas.
No obstante, esa narrativa llega después de un sexenio durante el cual cualquier aportación de inversionistas ajenos al Estado fue mal vista por la Presidencia, en el mejor de los casos.
Hoy, quienes tienen capacidad para invertir esperan señales de certeza jurídica, aunque fondos multinacionales protegidos por el peso de empresas como BlackRock parecen atender los primeros llamados.
En el largo plazo, no hay duda de que México seguirá integrado a la economía norteamericana. El ritmo al que se vincule con el renacimiento tecnológico de Estados Unidos dependerá ahora, además, de la capacidad de pago de los mexicanos.
Revisen su billetera. Vamos haciendo una vaquita.