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Producir ya no es lo mismo que entregar
Durante décadas, parte del análisis agrícola pudo reducirse a una pregunta: ¿cuánto vamos a producir? Hoy esa pregunta ya no alcanza.
Opinión
Buenos días, buenas tardes, buenas noches. Te saludo en todos los tiempos. Hoy llegamos tocando tierra y corriendo, después de mirar desde 10,000 metros de altura aquello que mueve mercados.
Se observan cosechas, barcos, puertos, fronteras y corredores comerciales. Hay maíz en Europa, trigo en el Mar Negro, soya en América, ganado en México y petróleo en el golfo Pérsico. Todo parece estar en algún sitio. Pero, conforme descendemos, la imagen cambia.
Debería haber más maíz en Europa; el trigo del Mar Negro no solo debería estar, también movilizarse; la soya en América debería prometer grandes producciones; el ganado mexicano debería ser exportado sin restricciones, y el petróleo del Pérsico debería estar disponible de manera irrestricta. Pero no lo está.
El problema no es cuánto produce el mundo; el reto es hacer que todo inventario se vuelva disponible. Como no lo es, asumimos que la demanda es consumo, cuando tampoco es una condición natural. El mercado se inquieta y, como es más fácil pegar primero y preguntar después, los agentes de la especulación toman posturas y los rallies de precios se crean sedimentando capas de riesgo que, después de pasar por tantas manos, terminamos por no saber cuantificar.
Durante décadas, parte del análisis agrícola pudo reducirse a una pregunta: ¿cuánto vamos a producir? Hoy esa pregunta ya no alcanza. Europa ofrece un punto de partida: busca abasto y se encuentra contrariada por lo que sucede en el Mar Negro. Rusia tiene trigo. Ucrania conserva capacidad productiva. El problema es que una tonelada almacenada cerca del Mar Negro no equivale comercialmente a una tonelada disponible para embarque. Los balances mundiales pueden contar ambas de la misma manera. El comprador no.
Los ataques alrededor de instalaciones portuarias, las restricciones operativas y la dificultad para asegurar barcos han convertido la capacidad exportadora de la región en una variable tan importante como la cosecha misma. Si aparece demanda adicional mientras uno de los principales corredores exportadores trabaja con restricciones, el ajuste no necesariamente surgirá primero como una escasez mundial de trigo. El norte de África ha sido observador gracias a que ha podido hacer originación interna de cereales. Tuvo muy buenas campañas productivas, pero eso no alcanza y esta región está empezando a mostrarse como compradora de nuevo.
Serán afectadas las primas de origen, los fletes, los seguros, los diferenciales físicos y el costo de conseguir un barco.
Ormuz lleva esta lógica al extremo. Un corredor puede aparecer abierto en el mapa y, simultáneamente, funcionar por debajo de su capacidad comercial habitual. El mundo no necesita quedarse sin commodities para que aumenten precios. Basta con que resulte más difícil moverlos.
A esta incomodidad logística, Washington le agrega política. Estados Unidos prepara aranceles sobre productos chinos antes de la próxima reunión entre Donald Trump y Xi Jinping. Por ahora, el movimiento parece una herramienta de negociación y no necesariamente el final de la tregua comercial. Para la agricultura estadounidense, sin embargo, existe una vulnerabilidad evidente: China puede convertir sus compras de soya en un mensaje diplomático diario.
No necesita anunciar una represalia formal. Puede comprar más lentamente, postergar operaciones o recurrir a Brasil cuando la relación económica lo permita. Las próximas ventas de soya deberán leerse, entonces, de dos maneras. Como demanda y como diplomacia.
Brasil espera al otro lado de la operación. Una tonelada estadounidense que China deja de comprar no desaparece del consumo chino; puede transformarse en una tonelada brasileña. Y cuando esa sustitución viene acompañada de nuevas terminales, almacenamiento, ferrocarriles, contratos y relaciones comerciales, una pérdida temporal de participación puede terminar volviéndose permanente.
En la frontera con México sucede aparentemente lo contrario, aunque el mecanismo de fondo es similar. Estados Unidos necesita ganado. Su hato permanece históricamente reducido y los corrales de engorda requieren animales de reposición. La reapertura gradual de Douglas, Arizona, permite que algunos becerros mexicanos vuelvan a cruzar hacia el norte. Es una válvula de alivio, pero todavía no una solución.
Los primeros flujos son demasiado pequeños para reconstruir el inventario bovino estadounidense o corregir por sí solos el elevado precio de la carne. Además, el gusano barrenador mantiene un interruptor sanitario sobre toda la operación.
La importancia de Douglas no está únicamente en los animales que cruzan hoy. Está en que Estados Unidos intenta comerciar alrededor del riesgo sanitario, en lugar de esperar a que dicho riesgo desaparezca.
Y así regresamos al punto de partida. Una declaración diplomática puede retirar la prima de riesgo del trigo en cuestión de minutos. Pero volver a mover millones de toneladas exige puertos, barcos, seguros, seguridad y acuerdos capaces de sobrevivir al siguiente ataque. Los futuros reaccionan a expectativas. El mercado físico necesita infraestructura.
Porque producir ya no es lo mismo que entregar. Y generar demanda por si acaso no es lo mismo que consumir. ¿Será que el consumidor tiene bolsillos eternos para pagarlo todo al precio que sea? ¿O será que la industria tendrá que subsidiar el esfuerzo?
Se veía mejor todo a 10,000 metros de altura. ¿Estás en buenas manos?
Ánimo