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Opinión

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Primeros auxilios psicodélicos: nombrar el riesgo

Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada

Un sábado por la mañana, treinta personas se sentaron en círculo en un salón que olía a café recién hecho y a esa mezcla de entusiasmo y nervios que reconozco tan bien. No habían llegado por la parte luminosa de estas medicinas —esa ya la intuyen, y algunos la han vivido en carne propia—. Habían llegado a aprender qué hacer cuando algo sale mal. Entre ellos había facilitadores, terapeutas y médicos, pero también personas sin bata que hoy, con más corazón que formación clínica, acompañan procesos con psicodélicos. Impartí un curso de primeros auxilios psicodélicos, y lo hice desde la convicción de que no podemos tapar el sol con un dedo.

Estas prácticas se realizan desde hace muchísimos años, en contextos ceremoniales y comunitarios que merecen respeto y memoria. Pero hoy, con lo que llaman el renacimiento psicodélico, han despertado el interés de un número enorme de personas que quieren facilitar estas medicinas. Ante ese entusiasmo, mi responsabilidad como médica es aclarar que estas moléculas, plantas y compuestos sintéticos pueden, en ciertas condiciones, poner en riesgo la salud. Estoy convencida de que dar a conocer esos riesgos no aleja a la gente; la vuelve más consciente, más responsable y más capaz de sostener una emergencia si llega a presentarse.

Permítanme ordenar ese riesgo en dos planos —el médico y el espiritual—, sin perder de vista los escenarios en que estas sustancias se usan hoy: el recreativo, el ceremonial y el clínico. Cada uno tiene sus propios peligros y, por lo tanto, sus propios primeros auxilios.

Primero, el corazón

Casi todas las sustancias psicodélicas aceleran el pulso y elevan la presión arterial, algo parecido a lo que ocurre con el ejercicio moderado. En un corazón sano es un oleaje que pasa, pero en un corazón vulnerable puede ser mortal.

Los psicodélicos clásicos —la psilocibina de los hongos y el LSD— producen una activación relativamente leve. En datos agrupados de estudios clínicos, la psilocibina elevó la presión sistólica —el número más alto de la presión arterial, el que refleja la fuerza con que el corazón bombea la sangre— por encima de 140 en cerca de la mitad de las administraciones, con aumentos moderados de la frecuencia cardiaca. El MDMA (molly o éxtasis), en cambio, exige mucho más al corazón, y su mayor peligro es la hipertermia —la principal causa de muerte asociada a esta sustancia—, acompañada a veces de una paradoja cruel: la hiponatremia, una caída peligrosa del sodio por beber agua en exceso durante horas de baile y sudor, capaz de provocar convulsiones y edema cerebral.

Pero el caso que más me preocupa es la ibogaína, empleada en algunos retiros para tratar adicciones. Al bloquear ciertos canales eléctricos del corazón, este alcaloide prolonga el intervalo QT y puede desencadenar arritmias mortales, a veces horas o incluso días después de haberla tomado. No es casualidad que, en las muertes reportadas, la enfermedad cardiaca previa aparezca una y otra vez como protagonista. Por eso, una cardiopatía no controlada, una hipertensión sin tratar o un intervalo QT prolongado son contraindicaciones que no admiten excepciones. Además, conviene recordar que muchos de estos retiros ocurren lejos de un hospital, donde una arritmia deja de ser un susto para convertirse en una sentencia.

¿Malviaje?

Desmontemos un mito. El llamado “malviaje” rara vez es, en sí mismo, el verdadero problema. El problema de fondo suele ser lo que dejamos sin acompañar y lo que, a veces, permanece después. 

Un estudio reciente encontró que, para una parte de quienes atraviesan dificultades con sustancias psicodélicas, los efectos pueden prolongarse más de un año. Sin embargo, quienes sabían qué habían tomado y en qué dosis tuvieron dificultades más breves. El conocimiento, una vez más, protege.

Existe también el cuadro, poco frecuente, del trastorno de percepción persistente por alucinógenos, en el que persisten estelas visuales, halos o destellos después de la experiencia. Suele ser leve y rara vez incapacitante.

Por supuesto, también está la línea que, como psiquiatra, no puedo suavizar. El antecedente personal —y, para muchos investigadores, también el familiar— de psicosis, esquizofrenia o trastorno bipolar es la contraindicación más citada en toda la literatura. En personas vulnerables, estas sustancias pueden desencadenar episodios que no siempre ceden por sí solos.

La mezcla de medicamentos

Muchas de las tragedias que he conocido no nacieron de la molécula sola, sino de la mezcla con un antidepresivo, un adulterante o hasta un vaso de agua de más. La ayahuasca, por ejemplo, combina DMT con inhibidores de la MAO, una combinación que puede volverse peligrosa si la persona toma ciertos antidepresivos, por el riesgo de síndrome serotoninérgico: un exceso de serotonina que cursa con fiebre, rigidez, agitación y, en los casos graves, falla orgánica. Conviene decir que, en contexto ceremonial, los casos documentados son escasos, pero el riesgo es lo bastante serio para obligarnos a preguntar siempre, sin excepción, por los medicamentos que toma quien va a participar.

También está la adulteración, ese enemigo silencioso que denuncio en el consultorio y en mi libro. En el primer estudio de análisis de sustancias realizado en un festival cerca de la Ciudad de México, buena parte de lo que se vendía como LSD resultó ser en realidad NBOMe —un compuesto que puede ser letal en dosis recreativas—, y el MDMA aparecía con frecuencia mezclado con metanfetamina. A ese cuadro se suma la sombra del fentanilo, una sustancia incolora e inodora, imposible de detectar a simple vista. Quien consume sin analizar la sustancia no sabe, literalmente, qué está poniendo en su cuerpo.

Qué hacer y qué no

Todo lo anterior desemboca en lo práctico, que fue el corazón del taller. La primera regla es aprender a distinguir una experiencia difícil de una emergencia médica. Ante el miedo, el llanto, la confusión o la sensación de disolverse, lo que se necesita es una presencia calmada: bajar los estímulos, hablar con voz suave, recordar que todo es temporal e invitar a respirar. Las viejas costumbres de sujetar o sedar a la fuerza suelen ser innecesarias y hasta dañinas. No se trata de “bajar” a nadie, sino de acompañar con serenidad lo que emerge.

Pero hay señales que cambian por completo el mapa: convulsiones, pérdida de la consciencia, vómito con riesgo de aspiración, temperatura muy elevada, dolor en el pecho, agitación imposible de contener o la sospecha de una sustancia adulterada. Ahí lo que procede es colocar a la persona en posición de recuperación si hay vómito o inconsciencia, y activar los servicios de emergencia sin dudarlo un segundo. La lealtad mal entendida —“no llamemos a una ambulancia para no meternos en problemas”— es, con demasiada frecuencia, la que termina costando una vida.

Hay, además, un puñado de reglas que repetí hasta el cansancio en el taller. Nunca dejar sola a la persona. No ofrecer “algo más” para arreglar el momento —ni otra sustancia, ni un ansiolítico improvisado—, porque casi siempre complica el cuadro en lugar de calmarlo. Anotar mentalmente qué tomó, cuánto y a qué hora. Esos simples datos pueden ser los que orienten al médico que reciba el caso.

La mirada integrativa

Desde la psiquiatría integrativa insisto en que la mitad de los primeros auxilios ocurre antes de que empiece la experiencia. Ocurre en el tamizaje cuidadoso del corazón, de la historia psiquiátrica y de los medicamentos; en el análisis de la sustancia; en la hidratación medida; en la presencia sobria de quien acompaña; y en la humildad de reconocer al hospital como aliado y no como enemigo. 

En México existen recursos que vale la pena tener a la mano: el servicio de análisis Checa Tu Sustancia, del Instituto RIA; la Línea de la Vida (800 911 2000) y SAPTEL (55 5259 8121) para la contención emocional; y el 911 para cualquier urgencia que ponga en riesgo la vida.

Hace algunas semanas escribí en este mismo espacio sobre la ética del facilitador, sobre el deber ser de quien acompaña. Hoy hablo de su reverso, igual de necesario: el saber hacer cuando algo se complica. En Tu viaje de sanación psicodélica recorro, molécula por molécula —la ketamina, el 5-MeO-DMT del bufo, la ibogaína—, los riesgos, las contraindicaciones y las medidas de seguridad que conviene conocer antes de acercarse a ellas. Porque amar estas medicinas, si de verdad las amamos, también es atreverse a nombrar su lado difícil y prepararnos para sostenerlo.

Cuídense mucho.

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Carmen Amezcua es consultora, conferencista y experta en psiquiatría integrativa. Tiene más de 17 años de experiencia dentro de la industria farmacéutica y de la salud.

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