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El precio de la soberanía
Opinión
Desde 2018, en México la soberanía se usa como la herramienta demagógica multiusos cuando la realidad rebasa el discurso: cubre el desastre financiero de Pemex, blinda a cuadros de Morena ante el Departamento de Justicia de EE.UU. y disfraza una política económica esquizofrénica que predica la apertura mientras practica cerrazón institucional. La soberanía se convierte así en factura: en pesos contantes, en grado de inversión y en oportunidad histórica perdida.
La primera factura es energética. Pemex perdió 45,993 millones de pesos en el primer trimestre de 2026: su peor arranque desde 2020, con la inversión más baja en términos reales desde 2012, un incremento de 41% en accidentes laborales y las emisiones de azufre en niveles inéditos en catorce años. Pemex es hoy la petrolera más endeudada del mundo. Petrobras, por ejemplo, opera sus refinerías al 96% de utilización; Pemex, al 65.2%. Petrobras ganó 19 mil millones de dólares en 2025; Pemex perdió a raudales. En nombre de la soberanía energética sostenemos una empresa que destruye valor sistemáticamente.
La segunda factura es la bilateral. El 29 de abril, el Departamento de Justicia de EE.UU. presentó cargos contra el gobernador Rubén Rocha Moya, el senador Enrique Inzunza y otros ocho funcionarios sinaloenses por nexos con el Cártel de Sinaloa. La lista, según diversos reportes, podría alcanzar diez perfiles morenistas. La respuesta oficial convirtió un asunto procesal en una épica que señala que "frente al embate exterior, unidad nacional; quien no quiera eso, está con el exterior"; estas con nosotros o con ellos. Es invocar la soberanía para no entrar al fondo del asunto: el gobernador y sus aliados han sido señalados por años como cómplices del crímen organizado..
La tercera factura es la más esquizofrénica. Mientras la Presidenta lanzó el Plan México con la promesa de 523 mil millones de pesos en infraestructura y una Oficina Presidencial de Inversiones que promete autorizaciones en treinta días, el gobierno desmantó las instituciones que hubiesen servido de árbitros imparciales para esas inversiones. Los órganos reguladores desaparecieron y el Poder Judicial fue capturado por el gobierno. El PIB creció apenas 0.5%; el FMI proyecta 1.6% para 2026, debajo del 2.3% latinoamericano. El inversionista lee los dos discursos nacionalistas y descuenta el riesgo. Lleva su dinero a otros horizontes.
A nivel internacional hay muchos ejemplos de esa esquizofrenia nacionalista. Países tan diversos como Argentina y la India usaron esa herramienta y sufrieron las consecuencias. México también, antes de los ochentas, usaba esa retórica para arengar el falso nacionalismo con una mano, mientra que en la otra pagaba las facturas con deuda generacional. Previo a los noventa, Argentina peronista y la India invocaron su “soberanía económica”; ambas terminaron rindiéndola ante el pragmatismo de renegociar sus deudas con el FMI desde la debilidad.
La mayor lección de esto es que usar a la soberanía como arenga sólo sirve para dividir. El propio Presidente Juárez restauró la República con Matías Romero como embajador en Washington tejiendo alianzas, no con discursos en Puebla. La soberanía verdadera no es la arenga oportunista contra el exterior, sino la capacidad institucional para sostener una conversación entre iguales.
La que hoy se proclama desde Palacio Nacional cuesta cara: en pérdidas de Pemex, en grado de inversión, en credibilidad bilateral y en los puntos de crecimiento que México deja sobre la mesa frente a una región que avanza más rápido.
El precio lo pagamos todos. Y la cuenta, a diferencia del discurso, no es soberana.