Lectura 5:00 min
Una nueva visión para construir
Opinión
La infraestructura ya no puede medirse únicamente por los volúmenes de obra construidos o por el monto de la inversión ejercida. Hoy, el verdadero indicador de éxito será la capacidad de las obras para seguir generando valor dentro de los siguientes 30 o 50 años, en un entorno marcado por el cambio climático, la urbanización acelerada y una creciente presión sobre los recursos naturales.
Durante las últimas décadas, construir más significó crecimiento. Las carreteras, hospitales, puertos, sistemas hidráulicos y redes de transporte fueron sinónimos de desarrollo y competitividad. Esa lógica permitió reducir rezagos históricos y conectar regiones. Sin embargo, el contexto ha cambiado y la pregunta dejó de ser cuánto construiremos; ahora debemos preguntarnos qué tipo de infraestructura necesita México para seguir siendo competitivo en las próximas décadas.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estima que el mundo requerirá inversiones superiores a 94 billones de dólares en infraestructura hacia 2040 para atender el crecimiento económico y demográfico. Mientras que Naciones Unidas prevé que cerca del 68% de la población mundial vivirá en ciudades para 2050, incrementando la demanda de movilidad, agua, energía, vivienda y servicios públicos.
México no es ajeno a esta realidad. La relocalización de cadenas productivas, el crecimiento industrial impulsado por el nearshoring y la necesidad de fortalecer la seguridad hídrica y energética obligan a acelerar el desarrollo de infraestructura estratégica, pero hacerlo bajo los modelos del pasado ya no será suficiente ni eficiente.
La infraestructura también enfrenta un reto ambiental ineludible. De acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), los edificios y la construcción generan alrededor del 37% de las emisiones globales de carbono relacionadas con la energía y representan aproximadamente el 34% del consumo mundial de energía. A ello se suma que la producción de cemento aporta entre 7 y 8% de las emisiones globales de CO2, lo que convierte al sector en uno de los actores con mayor capacidad y responsabilidad para impulsar la transición hacia una economía baja en carbono.
Sin embargo, considerar solamente la reducción de las emisiones sería simplificar un reto que es mucho más amplio. La sostenibilidad ya no responde únicamente a criterios ambientales, constituye una variable de competitividad. Cada vez más inversionistas, instituciones financieras y clientes incorporan criterios ambientales, sociales y de gobernanza en sus decisiones, evaluando la capacidad de las empresas para gestionar riesgos climáticos, optimizar recursos y asegurar la resiliencia de sus proyectos.
Bajo este contexto, la innovación adquiere una dimensión distinta, en donde las tecnologías como el Modelado de Información para la Construcción (BIM), los gemelos digitales, la inteligencia artificial o los sistemas de monitoreo en tiempo real están transformando la manera de diseñar, construir y operar la infraestructura. Su verdadero valor no radica en digitalizar procesos, sino en identificar y gestionar riesgos, optimizar el uso de los materiales, reducir desperdicios, mejorar la productividad y extender la vida útil de las obras.
Respecto de los materiales, por ejemplo, con el desarrollo de concretos de menor huella de carbono, el uso de productos reciclados y la incorporación de procesos constructivos más eficientes reflejan una evolución que busca mantener el desempeño técnico mientras disminuye el impacto ambiental. La innovación, en este caso, no consiste en sustituir lo que ha funcionado, sino en hacerlo mejor.
Sin duda el cambio más profundo será cultural. Durante mucho tiempo concebimos la infraestructura como una forma de dominar el entorno. Hoy entendemos que las soluciones más efectivas son aquellas que trabajan con la naturaleza y no contra ella. El programa “Room for the River”, en los Países Bajos, es un ejemplo emblemático: en lugar de elevar muros, recuperó planicies de inundación para permitir que los ríos ocupen su espacio de manera controlada, reduciendo riesgos y fortaleciendo los ecosistemas.
México enfrenta desafíos similares. Las sequías prolongadas, las lluvias extremas y el estrés hídrico serán cada vez más frecuentes. En este escenario, diseñar infraestructura capaz de infiltrar agua, proteger cuencas, incorporar soluciones basadas en la naturaleza, aprovechar tecnologías inteligentes y adaptarse a eventos climáticos extremos dejará de ser una buena práctica para convertirse en una condición indispensable para el desarrollo.
Además, existe un argumento económico difícil de ignorar. El Banco Mundial estima que cada dólar invertido en infraestructura resiliente puede generar hasta cuatro dólares en beneficios, al reducir pérdidas económicas, costos de reconstrucción y afectaciones a la actividad productiva. La resiliencia no representa un gasto adicional, es una inversión que fortalece la competitividad y protege el valor de largo plazo.
La construcción seguirá siendo uno de los motores del crecimiento nacional, pero el liderazgo del sector ya no se definirá por la magnitud de las obras, sino por su capacidad para resolver problemas complejos, generar bienestar, impulsar la productividad y responder a los desafíos ambientales que marcarán las próximas décadas.
Construir infraestructura seguirá siendo indispensable. Construir infraestructura preparada para el futuro mediante el uso de las mejores tecnologías será, sin duda, el verdadero diferenciador.