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Opinión

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Niñez aterrorizada

Lucía Melgar | Transmutaciones

Liam ha vuelto a casa. Falta que se haga justicia. Al invocar el poder de la Constitución y de la ley contra la violencia institucionalizada, el juez de distrito que ordenó liberarlo, Fred Biery, confirmó la importancia de la independencia judicial contra la autocracia y la necesidad de preservar un sentido ético y solidario en tiempos de indignidad. Liam, sin embargo, es sólo una de las víctimas recientes de la política de la crueldad que destruye vidas y comunidades en Estados Unidos y que está dejando en la niñez daños difíciles de superar.

Con apenas cinco años, Liam Conejo Ramos ya conoce el horror de lo incomprensible, el terror de la violencia, la asfixia del encierro. Ha visto de frente la cara del monstruo: el racismo y la fuerza bruta empoderados por un régimen que desdeña las leyes, la constitución y los derechos humanos. Su imagen, rodeado de paramilitares o dormido en brazos de su padre en la cárcel, exhibe el grado de deshumanización de un régimen neofascista que mata a ciudadanos pacíficos blancos o “de color”, estigmatiza a comunidades enteras, deporta a hoyos negros a quienes considera desechables, separa a las familias detenidas y somete a miles de niños, niñas y adolescentes al trauma carcelario.

De día y de noche, los agentes del grupo paramilitar ICE, empeñados en cumplir su cuota de presas diarias o convencidos de las doctrinas racistas de sus jefes, han detenido a niños y niñas a los que encarcelan como criminales en prisiones públicas o privadas, donde el maltrato es costumbre. Para los agentes de la barbarie, desde integrantes de ICE hasta vigilantes y empresarios que ven en cada preso ganancia segura, la ley es letra muerta, la ética no existe y la compasión sería signo de debilidad. La “banalidad del mal” reconfigurada.

En Estados Unidos, uno de los países con mayor porcentaje de población encarcelada, encerrar a inmigrantes previa deportación es política común; Trump la ha sistematizado y exacerbado. A mediados de enero de este año, 73,000 personas estaban detenidas por ICE en alguna cárcel o centro de detención, 75% más que en enero de 2025, según reporte del American Inmigration Council publicado el 26 de enero. De ellas, más del 70% carecen de antecedentes criminales. Bajo este gobierno también han aumentado drásticamente el presupuesto, el tamaño de este grupo paramilitar y el número de instalaciones carcelarias que usa (91% más que hace un año). Como si la red carcelaria actual no bastara, ICE planea ampliar su propio sistema carcelario hasta tener unos 100,000 espacios disponibles al día para 2029. El ya brutal incremento de personas encerradas so pretexto de “limpiar al país de criminales” resulta del aumento de detenciones masivas arbitrarias y de la creciente negativa del sistema a conceder libertad bajo fianza, lo que extiende el periodo de detención o empuja a la gente a “autodeportarse”, a dejar atrás sus redes sociales, familia, bienes, estudios, empleo. No importa si están solicitando asilo o siguiendo un proceso legal para obtener documentos, o nunca han delinquido.

Además de Liam, ICE ha detenido al menos a 3800 personas menores de 18 años. De hecho, entre enero y octubre de 2025, estas detenciones se habían sextuplicado, según The Marshall Project, medio especializado en justicia criminal, con una media de 170 al día, y un pico de 400 en junio de 2025, sin contar detenciones hechas por la patrulla fronteriza ni retenciones de menores (sin su familia) en otras agencias. En Dilley, Texas, el centro de detención para familias reabierto por Trump , congresistas y periodistas encontraron la semana pasada a un bebé de 2 meses, unas gemelas de 5 años, niños de 6 y 7 año… entre otros, secuestrados en Chicago, Portland, St.Paul. Encerrados, con comida podrida, agua sucia, poca o ninguna atención médica y malos tratos, niños y adolescentes caen en depresión. Para el gobierno son un número más.

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Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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