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Opinión

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México en diapositivas

Alexia Bautista | Columna invitada

“El Plan México es un PowerPoint”, escuché hace poco en una cena. Fue una observación precisa. Hoy, la política industrial de la presidenta Claudia Sheinbaum existe, sobre todo, como narrativa. Como una lista de buenas intenciones bien ordenadas, coherentes entre sí, cuidadosamente empaquetadas. El problema no es la falta de ideas, sino la distancia entre el diseño y la realidad.

Con todo, el Plan México funciona como un discurso efectivo, sobre todo hacia el exterior. El Foro Económico Mundial en Davos es un buen ejemplo. La presidenta Sheinbaum no asistió al foro, pero sí lo hicieron Alicia Bárcena, secretaria de Medio Ambiente y veterana consumada del multilateralismo, y Altagracia Gómez, empresaria identificada como uno de los principales puentes entre el ejecutivo y el sector privado.

He escrito antes en este espacio sobre lo deseable que es que Claudia viaje. Que la presidenta realice visitas de Estado y de trabajo al exterior, y que el país recupere presencia internacional. En este caso, sin embargo, considero que no asistir a Davos —foro al que ningún presidente mexicano ha acudido desde 2016— fue un acierto.

Primero, porque hoy el país no cuenta con el margen político, ni mucho menos con la visión, para pronunciar un discurso como el del primer ministro canadiense, Mark Carney, reconocido por su realismo y su capacidad para leer el momento histórico sin nostalgia ni estridencia. Y segundo, porque la ausencia evitó un encuentro personal con Donald Trump, siempre imprevisible.

Fue ilustrativo seguir el panel en el que participó Altagracia: ¿Cómo romper el techo de crecimiento en América Latina?, junto con representantes de Brasil, Colombia, y Perú. Ahí, en un inglés impecable y con una voz calmada, enumeró las 13 metas del Plan México. Para una audiencia internacional poco familiarizada con los matices y las fricciones de la política mexicana, el mensaje resulta convincente. Una visión clara, de largo plazo, técnicamente sólida. Sumada a la buena imagen internacional de la que goza la presidenta, la escena proyecta la idea de un país que avanza en la dirección correcta.

Ese contraste, sin embargo, es clave. Porque quienes vivimos en México sabemos que el Plan México sigue siendo una presentación bien hecha. No un plan en ejecución. Tras más de un año de gobierno, sus promesas no se han traducido ni en mejores perspectivas de crecimiento ni en mayor certidumbre para la inversión.

Algo similar ocurre con el papel de la empresaria. Su protagonismo inicial se ha diluido, no por falta de capacidad ni de reconocimiento —el sector empresarial valora su papel—, sino porque el centro efectivo de la toma de decisiones se encuentra en otro lugar. Las diapositivas circulan, los anuncios se repiten, pero las decisiones estructurales no llegan. El Plan México no carece, necesariamente, de futuro, sino de anclaje. Desde mi perspectiva, mientras siga siendo una promesa bien narrada pero mal aterrizada, funcionará mejor en Davos que en casa.

Este desfase entre discurso y ejecución resulta especialmente problemático en el contexto actual. México entra en la revisión del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá (T-MEC) sin un asidero interno claro de certidumbre. El tratado es el principal estabilizador económico del país y, aun así, el escenario base sigue siendo defensivo. Sobrevivir al proceso, evitar daños mayores, aceptar revisiones anuales o, en el peor de los casos, explorar esquemas bilaterales.

Aquí conviene mirar a Canadá. Porque Ottawa parece estar en otro lugar. Para Canadá, conservar el T-MEC es importante, pero no a cualquier costo. Hay líneas que no están dispuestos a cruzar y ámbitos que están decididos a proteger. En México, en cambio, la discusión sigue dominada por la urgencia, no por la estrategia.

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