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Opinión

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La IA no es una burbuja, las inversiones sí

Jorge Bravo | En comunicación

La Inteligencia Artificial (IA) tiene usuarios, clientes y negocios reales. Lo que no está claro es si los ingresos que genera son suficientes para justificar las inversiones para chips, Centros de Datos, energía y nuevos modelos. La IA transforma la economía, pero ignoramos cuántas empresas recuperarán su inversión, en cuánto tiempo y cuántas descubrirán que pagaron demasiado por llegar primero. La tecnología es real. Las expectativas financieras podrían no serlo.

La historia económica tiene una lección para quienes compiten por dominar la IA. Una tecnología puede cambiar el mundo y, al mismo tiempo, provocar una burbuja financiera. Ocurrió con Internet en los 90 y con el mercado inmobiliario. El problema nunca fue la tecnología o los activos, sino la distancia entre su valor económico y el precio que los inversionistas estaban dispuestos a pagar.

La IA comparte algunos rasgos con aquellas burbujas. También presenta diferencias que impiden afirmar que estamos ante una repetición exacta de esos episodios. La competencia por desarrollar modelos de IA más potentes ha desatado una carrera de inversiones sin precedentes en el sector tecnológico. Los gigantes destinan cantidades enormes a infraestructura, capacidad de cómputo y Centros de Datos. Cada empresa teme quedarse atrás y ceder ventajas a sus rivales.

Ninguna empresa conoce la meta. Tampoco qué nivel de inversión será suficiente, cuánto tiempo conservarán su valor los equipos o qué modelos de negocio dominarán el mercado. Un Centro de Datos requiere electricidad, refrigeración, redes, procesadores, terrenos. La infraestructura debe operar durante años para generar los ingresos necesarios para recuperar el capital.

El gasto no termina con la construcción. Los chips se vuelven obsoletos, los modelos exigen más cómputo y el consumo eléctrico aumenta. La rentabilidad depende de que los ingresos crezcan lo suficiente para cubrir operación, mantenimiento, financiación y renovación de equipos. J.P. Morgan Asset Management estima que el gasto de capital de los grandes proveedores de servicios en la Nube será de 800,000 millones de dólares en 2026, una gran presión sobre los flujos de efectivo.

Cada nueva inversión busca asegurar una ventaja competitiva. Cuando una empresa anuncia millones para ampliar su capacidad, sus rivales responden con inversiones similares. La oferta crece, la competencia se intensifica y los márgenes se reducen. Lo que hoy parece una ventaja mañana puede convertirse en un costo difícil de recuperar.

Nvidia es un símbolo de esta fiebre. Sus procesadores son esenciales para entrenar y ejecutar modelos de IA. La demanda de sus productos ha impulsado sus ingresos. Su valor no depende sólo de promesas. En su ejercicio fiscal 2026, Nvidia reportó ingresos por 215,900 millones de dólares, 65% más que el año anterior y una utilidad neta de 120,100 millones. Sus resultados muestran que existe un negocio real detrás de la expansión de la IA.

Pero una empresa rentable puede tener una valoración bursátil excesiva. El precio de sus acciones refleja sus resultados, pero también las ganancias que los inversionistas esperan. Si las expectativas superan lo que el negocio puede entregar, el precio puede caer aunque la compañía crezca.

Algo similar ocurre con los demás. Los desarrolladores de modelos de IA necesitan chips y Centros de Datos. Los proveedores de infraestructura necesitan clientes que paguen sus servicios. Los inversionistas esperan rendimientos. Todos dependen de que la demanda se traduzca en ingresos.

La burbuja de las empresas punto com es el precedente. A finales de los 90 los inversionistas apostaron por compañías de Internet. Muchas alcanzaron valoraciones extraordinarias sin ingresos suficientes, beneficios ni modelos de negocio sostenibles. Internet sobrevivió al desplome y transformó la comunicación y la economía. No sobrevivieron empresas que prometieron demasiado y gastaron más de lo que podían recuperar. La tecnología tenía futuro, pero no todas las compañías.

¿Con la IA es igual? El mercado puede crecer y sufrir una corrección si los inversionistas anticipan beneficios demasiado pronto o pagan precios que no corresponden con los resultados.

El caso inmobiliario español es otra lección. Durante años, la construcción y el crédito alimentaron una expansión de los precios de la vivienda. Cuando el mercado se ajustó, quedaron propiedades sin vender, deudas y activos cuyo valor no justificaba el dinero invertido. La crisis mostró los riesgos de confundir una demanda temporalmente estimulada con un crecimiento sostenible.

La crisis financiera de 2008 fue más grave por la forma como el riesgo inmobiliario se propagó a través del crédito y el sistema financiero. La caída de los precios y los impagos hipotecarios deterioraron activos, debilitaron instituciones y provocaron una crisis de confianza. La quiebra de Lehman Brothers, en septiembre de 2008, aceleró el colapso de los mercados.

Las grandes tecnológicas cuentan con negocios establecidos y con recursos para financiar sus proyectos. Sin embargo, si el gasto supera la capacidad de generar efectivo, las consecuencias pueden extenderse a proveedores, fondos de inversión, acreedores y mercados bursátiles.

Existe una diferencia esencial entre la fiebre de Internet de los 90 y la IA actual. Personas, empresas y gobiernos utilizan la tecnología. La IA genera contenido, escribe código, analiza información, automatiza procesos y mejora servicios. La demanda existe junto con la necesidad de capacidad de cómputo, Centros de Datos y servicios digitales más allá de la IA.

Tener usuarios no garantiza rentabilidad. Una herramienta popular puede generar pocos ingresos por cliente. Una empresa puede aumentar ventas mientras sus costos crecen. Si se necesitan 10 años para recuperar una inversión y la tecnología evoluciona más rápido, el negocio pierde atractivo antes de alcanzar su punto de equilibrio. La IA no necesita fracasar para que exista una burbuja.

El mercado no premiará a quien sólo construya más Centros de Datos ni a quien gaste más en procesadores, sino a quien convierta esa infraestructura en ingresos para recuperar el capital, pagar costos y financiar la siguiente generación tecnológica. La carrera por la IA está en marcha, pero nadie conoce la meta. Llegar primero no sirve si el premio vale menos que el costó de alcanzarlo.

X: @beltmondi

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Presidente de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (Amedi). Analista de medios y telecomunicaciones y académico de la UNAM. Estudia los medios de comunicación, las nuevas tecnologías, las telecomunicaciones, la comunicación política y el periodismo. Es autor del libro El presidencialismo mediático. Medios y poder durante el gobierno de Vicente Fox.

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