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Hilos sueltos
Ezra Shabot | Línea directa
Una de las grandes paradojas de los gobiernos autoritarios es que, a pesar de su incontenible necesidad por acumular poder, éste se desvanece paulatinamente tras la salida formal del caudillo del puesto de dirección más alta del Estado. López Obrador logró reconstruir el modelo del presidencialismo absoluto priista, pero olvidó una de sus reglas básicas. La permanencia en el poder es temporal y se pierde al terminar su mandato.
La convivencia entre dos presidentes, la que entra y el que sale sólo es posible en tanto el segundo asume que los hilos del poder han sido entregados a su sucesora y que no tiene injerencia alguna en las decisiones de gobierno. Es esto lo que AMLO no quiso y no quiere entender. El resultado de esto es lo que los académicos definen como “poder dual”, y que en realidad significa el desorden absoluto no únicamente en el ejercicio diario del gobierno, sino también en la forma en la que la disputa interna por posiciones de mando se expresa.
La indefinición de Sheinbaum con respecto a los candidatos morenistas a gobernador, la inacción de la presidenta frente al vínculo entre el crimen organizado y Morena, así como la acción de grupos violentos dentro de la 4T dispuestos a demostrar su existencia con manifestaciones donde el ingrediente antisemita se exhibe como un argumento legítimo dentro del contexto del conflicto entre Israel y Palestina, y cuyo propósito principal consiste en la eliminación de los judíos, son la consecuencia de este vacío de poder.
La manifestación antisemita del pasado viernes en las calles de Polanco es otro hilo suelto al interior del PT y Morena, en un intento por hacerse presente dentro del movimiento ahora con un argumento dirigido específicamente contra un sector de la sociedad mexicana. La radicalización del discurso anti judío es consecuencia de la descalificación cotidiana contra toda voz que critique al gobierno, desde periodistas hasta opositores dentro de los partidos políticos, y esto azuzado por una claque de jilgueros pagados desde Palacio Nacional.
La 4T se ha quitado la máscara progresista para transitar del antisionismo negador del derecho de los judíos a un Estado propio, al antisemitismo más descarado que busca la expulsión de los judíos de México. Argumentarán que se trata de un grupúsculo radical que no los representa, pero la protección que recibieron y la impunidad con la que actuaron, demuestran el grado de complicidad existente con las autoridades capitalinas.
Los hilos del poder están sueltos y la capacidad del gobierno para recuperarlos en medio de sus disputas internas es prácticamente nula. El peso de los extremistas y las contradicciones propias de un poder compartido entre Claudia y Andrés Manuel, hacen del autoritarismo morenista un espacio de ingobernabilidad y violencia cuyas consecuencias sufriremos todos, incluyendo a los propios beneficiarios del populismo irracional.