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¿Qué estamos haciendo antes de que un joven llegue a una crisis suicida?
Opinión
Hay preguntas que aparecen cuando una cifra deja de parecer una cifra. Cuando un grupo de edad concentra una parte importante de las muertes por suicidio, la discusión no puede quedarse en el número de casos. Tiene que mirar hacia atrás y preguntarse qué ocurrió antes, qué señales estuvieron presentes y qué posibilidades de ayuda existieron.
Durante 2025, los jóvenes de 15 a 29 años presentaron la tasa más alta de suicidios en México: 10.2 por cada 100 mil habitantes. En ese grupo, el suicidio representó la tercera causa de muerte, con 3 mil 318 casos, 38.1% del total nacional, de acuerdo con el Inegi.
Cada 10 de septiembre, el Día Mundial para la Prevención del Suicidio vuelve visible esta conversación. Sin embargo, una fecha no puede sustituir una política permanente de prevención ni la construcción de espacios donde una persona joven pueda hablar de lo que vive antes de llegar a una situación de emergencia.
Hay algo que las estadísticas no pueden mostrar: el tiempo que existe entre el primer momento de sufrimiento y una crisis. Ese espacio puede durar días, meses o años, y ahí es donde la prevención tiene una de sus mayores oportunidades.
El suicidio no tiene una explicación única. Detrás de cada caso existen circunstancias particulares que pueden relacionarse con problemas emocionales, conflictos familiares, violencia, pérdidas, aislamiento, dificultades económicas o situaciones que una persona enfrenta sin contar con suficientes recursos para procesarlas.
Por eso me preocupa cuando la conversación busca una causa sencilla para un problema complejo. Decir que los jóvenes están en riesgo no explica qué necesitan, y hablar de salud mental juvenil como una experiencia homogénea tampoco permite reconocer las diferencias que existen entre sus historias.
Los datos muestran, además, una diferencia importante por sexo. De los suicidios registrados entre personas de 15 a 29 años durante 2025, 74.7% correspondió a hombres y 25.3% a mujeres. Al mismo tiempo, las mujeres de ese grupo de edad registraron la tasa más alta de suicidio entre la población femenina del país.
¿Qué significa esto para la prevención? Significa que no existe una única conversación posible ni una sola respuesta para todas las personas jóvenes.
Prevenir implica conocer los contextos en los que aparece el sufrimiento y reconocer que pedir ayuda no siempre ocurre de manera evidente. Un joven puede hablar de cansancio, aislamiento, problemas en una relación, dificultades en la escuela o una sensación persistente de no poder más sin identificar necesariamente que necesita atención psicológica.
Ahí tienen un papel importante las personas que forman parte de su vida cotidiana. Familias, amistades, docentes, universidades, instituciones y comunidades pueden convertirse en espacios de escucha y detección temprana. No para sustituir a los profesionales de la salud mental, sino para reconocer cuándo una situación requiere apoyo y facilitar el acceso a él.
También es necesario cambiar la idea de que la atención psicológica debe comenzar cuando existe una crisis. La terapia puede ayudar a comprender emociones, relaciones, conflictos y experiencias difíciles mucho antes de que aparezca una situación de riesgo.
En mi experiencia con jóvenes, una de las tareas más importantes consiste precisamente en abrir ese espacio. No siempre llegan con una explicación clara de lo que sienten. A veces llegan con ansiedad, tristeza, problemas de pareja, conflictos familiares, dificultades para poner límites o simplemente con la sensación de que algo no está bien.
La prevención comienza cuando existe un lugar para hablar de todo eso.
Durante la última década, la tasa nacional de suicidios se elevó y ese cambio obliga a pensar en respuestas que no dependan únicamente de la atención de emergencia, sino que incorporen prevención, educación emocional, detección temprana y acceso oportuno a profesionales.
También obliga a revisar dónde se encuentran esos servicios y qué tan sencillo resulta llegar a ellos. Una persona puede reconocer que necesita ayuda y aun así no encontrar un profesional disponible, desconocer a dónde acudir o enfrentar barreras económicas que retrasen la atención. Por eso, la prevención necesita una red.
Cuando se habla de suicidio, la conversación suele concentrarse en el momento de mayor riesgo. Es comprensible: ahí existe una urgencia que exige actuar. Pero si la mirada se queda únicamente en ese punto, se pierde una parte fundamental del problema.
La pregunta que deberíamos hacernos es otra: ¿qué estamos haciendo antes? Antes de la crisis está la conversación. Está la posibilidad de reconocer el sufrimiento. Está el acceso a información confiable, a una persona que escuche y a un profesional que pueda acompañar un proceso. Está también la oportunidad de construir entornos donde pedir ayuda no sea percibido como una derrota.
Los jóvenes presentan hoy la tasa más alta de suicidios en México. Esa cifra debe provocar una respuesta, pero también una revisión profunda de lo que sucede antes de que una persona llegue a ese punto.
Prevenir significa llegar antes. Significa construir las condiciones para que un joven pueda decir “algo me está pasando” mucho antes de tener que decir “ya no puedo más”. Y para conseguirlo, la salud mental tiene que dejar de ser una conversación reservada para las crisis y convertirse en parte de la vida cotidiana.
*La autora es especialista en políticas públicas para juventudes y salud emocional. Fundadora y directora de HOPE.