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Opinión

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Gracias por la historia y la memoria

Foto: Especial

“El retrato literario, la vida imaginaria, la historia que pudo haber sido, son algunos de los géneros- si así puede llamárseles- qué más me obsesionan. Contar las cosas como fueron, como pudieron haber sido, como me gustaría que hubieran sido”. Eso dice la sexta página de “Un paraguas y una máquina de coser”, libro que me aseguraron -después de una búsqueda desolada y frenética- había sido el último de Vicente Quirarte.

Fue la primera vez que leerlo aumentó mi desconsuelo.

Será porque – como él decía- el hombre es ese animal que llora a sus criaturas, la luz no muere sola y la Parca se lo llevó el pasado 11 de agosto. Justo antes de consumarse la promesa de un eclipse total que nuestros ojos ni mirar pudieron.

Escribir sobre Vicente Quirarte es hablar de uno de los grandes guardianes de la memoria literaria mexicana. Pocos escritores contemporáneos lograron reunir y transmitir con tanta naturalidad, por lo menos cuatro vocaciones diferentes: como poeta, enseñó que la ciudad despierta amores pasiones con un ritmo musical; como ensayista, demostró que la crítica literaria provoca tanto placer como una narración, como investigador, devolvió visibilidad a autores esenciales y fortaleció la comprensión de los grandes movimientos literarios mexicanos, como editor, abrió caminos para que nuevos lectores encontraran libros fundamentales y como maestro convirtió la literatura en una experiencia compartida y nos regaló ojos para mirar lo no mirado. (Yo, que fui su alumna en distintos semestres y grados doy fé de que nos cambió la vida a muchos)

Formado íntegramente en la UNAM —donde obtuvo la licenciatura, la maestría y el doctorado en Letras Mexicanas, todos con mención honorífica—, dedicó casi cuatro décadas a enseñar literatura y a contagiar una forma apasionada de leer. Su trayectoria fue reconocida con el ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, El Colegio Nacional y múltiples premios nacionales, pero quizá su mayor legado es permanecer en las miles de personas que lo acompañaron a recorrer la imaginación, el conocimiento, la memoria y compartieron casa en Ciudad Universitaria.

Con ella como escenario, Vicente se anima a escribir sobre su padre. El lector se entera entonces de que la herencia es destino, al abrir su libro La invencible cuando se encuentra con el siguiente párrafo:

Nuestra Facultad de Filosofía y Letras otorga títulos cuya justicia no es imparcial. Ningún graduado de filosofía que se respete dirá que es filosofo, ni uno de letras se ufanará de ser literato. En cambio, quien estudia historia se dice historiador. Martín Quirarte no se consideraba un historiador sino un divulgador de la Historia. Nunca olvidaba que su ocupación inicial había sido la talabartería, oficio alrededor de varias generaciones de los Quirarte del mercado de San Juan de Dios en Guadalajara. De tal modo, su escritorio de trabajo no olvidaba el orden y la simetría del taller talabartero. Una de las grandes lecciones fue que escribir es un trabajo tan solitario, tan ingrato, que es preciso rodearse de la mayor cantidad de juguetes que nos hagan olvidar ingratitudes”

Vicente Quirarte no se limitó a componer nuevos libros; buscó rescatar autores “viejos”, devolverles contexto histórico, tender puentes entre generaciones y demostrar que la literatura mexicana constituye una conversación viva que comenzó mucho antes de nosotros y seguirá después (aunque se debilite a pantallazos y quiera entrar por la oreja en menos de 150 palabras y 30 segundos).

Uno de sus mayores aportaciones fue reivindicar el siglo XIX mexicano como territorio vivo, mientras buena parte de la crítica privilegiaba el siglo XX. Vicente regresabas constantemente a figuras como Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto, Manuel Payno, Vicente Riva Palacio, José Tomás de Cuéllar y Manuel Gutiérrez Nájera, sin presentarlos como aburridos monumentos escolares, sino como individuos que tuvieron que inventar maneras para contar cómo era nuestro país después de la Independencia.

Sin embargo, nunca se limitó: mientras investigaba la tradición mexicana, también dialogaba con autores universales como Bram Stoker Edgar Allan Poe , Charles Baudelaire, Herman Melville y Oscar Wilde; trabajaba en su ensayo “Del monstruo considerado como una de las bellas artes”, le daba rienda suelta a su fascinación por la fantasía gótica y oscura y establecía, por escrito, relaciones inesperadas: Sor Juana con Baudelaire. Bram Stoker con la Ciudad de México; Melville con la literatura mexicana, los héroes nacionales con antihéroes modernos.

Imposible, muy difícil decidir cuál podría ser un libro favorito. Entre Peces del aire altísimo, La isla tiene forma ballena, Fantasmas bajo la luz eléctrica y Elogio de la calle, biografía literaria de la ciudad de México, tal vez esta sea mi consentida. No sólo porque es una espectacular obra donde recorre nuestra urbe no como territorio geográfico, sino como una suerte de vasta biblioteca donde los libros son refugio y paraíso. No nada más porque desfilan cronistas, poetas, novelistas y viajeros y confiesa sentir por ella un amor de ciudad grande. También porque aquí lo conocí, me enseñó mucho de calles y banquetas y lo estoy extrañando más que siempre. Nos quedó pendiente un viaje en carroza y palafrenero, nunca dejaré agradecerle la historia y la memoria compartida y porque tiene la culpa de que la columna que está usted leyendo ahora, lector querido, se llame como se llama.

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Estudió Letras Hispánicas en la UNAM, es especialista en historia y literatura mexicana del siglo XIX. Comenzó escribiendo sobre temas culturales en El Economista y no ha abandonado el periodismo ni las letras desde entonces. Actual­men­te trabaja en el IMER haciendo guiones e inventando y transmitiendo contenidos.

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