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Una gorra para modificar la Constitución
Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
Hay políticos que usan la cabeza para pensar. Donald Trump, en cambio, la usa para exhibir gorras. Durante la cena con corresponsales extranjeros en la Casa Blanca apareció enfundado en una cachucha con la leyenda “Trump 2028”, como quien llega a un bautizo vestido de novio. El mensaje era inequívoco: el hombre que nunca ha conocido un espejo que no le devuelva un aplauso ya comenzó a ensayar su siguiente acto de ilusionismo constitucional.
La Constitución de los Estados Unidos establece con bastante claridad que nadie puede ser elegido presidente más de dos veces. Pero la Constitución tiene un gran defecto: nunca fue consultada con Donald Trump. Y ya sabemos que al orate anaranjado no le gustan los documentos que no lleven su firma o, al menos, su fotografía.
Con la convicción de quien jamás ha perdido una discusión, porque siempre discute consigo mismo, el magnate anunció: “Lo voy a volver a hacer”. La frase podría interpretarse como una promesa de campaña o como una amenaza. Tratándose del orate anaranjado, ambas interpretaciones son perfectamente compatibles.
Luego vino el acostumbrado viaje al universo paralelo donde únicamente él posee visa permanente. Afirmó que la elección de 2020 fue un fraude monumental y que Joe Biden jamás debió llegar a la Casa Blanca. Según su peculiar aritmética electoral, él ya ha ganado tres veces la presidencia y, por lo tanto, la de 2028 sería apenas su cuarta victoria; afirmación con la que demuestra que no es, propiamente, un candidato presidencial; es un coleccionista de triunfos imaginarios.
Lo verdaderamente prodigioso no es la elasticidad de su memoria, sino la resistencia a la realidad. Cada vez que los hechos contradicen a Trump, él simplemente cambia los hechos. Debe ser una de las pocas personas capaces de presentar una apelación contra la historia.
La gorra merece un capítulo aparte. No fue un accesorio; fue una reforma constitucional portátil. Hay quienes llevan estampado el logotipo de su equipo favorito. Trump prefiere llevar impresa la fecha en que le gustaría jubilar a la democracia estadounidense.
La gorra, por supuesto, ya está a la venta en la Trump Store por la módica cantidad de 55 dólares. La descripción comercial resulta una declaración de principio: una gorra de corona alta "diseñada para reescribir las reglas". No promete proteger del sol; promete proteger de la realidad.
El magnate ha convertido la política en una tienda de recuerdos. Hay tazas, playeras, banderas, monedas conmemorativas, fotografías autografiadas y ahora una gorra que vende la idea de que las leyes son artículos de temporada: si no combinan con el ego presidencial, se cambian de escaparate.
Resulta curioso que el país que durante décadas recorrió el planeta impartiendo lecciones sobre alternancia democrática hoy tenga que explicar que su propio presidente anda promocionando una tercera elección como si estuviera anunciando una nueva temporada de una serie de televisión.
En cualquier democracia madura, una insinuación semejante provocaría un intenso debate constitucional. En el universo trumpiano basta con fabricar otra gorra y abrir la caja registradora. Quizá esa sea la mayor aportación política de Donald Trump: demostrar que el culto a la personalidad también puede comercializarse al mayoreo. Antes los caudillos mandaban acuñar monedas con su efigie. Él prefiere vender mercancía oficial.
En realidad, la gorra no anuncia una candidatura, anuncia una obsesión. No promociona un proyecto de gobierno; promociona un proyecto de eternidad Lo inquietante es la naturalidad con la que un presidente insinúa permanecer en el poder más allá de los límites constitucionales, como si las leyes fueran simples términos y condiciones que nadie lee antes de hacer clic en "Acepto".
Al parecer, Donald Trump no nada más quiere pasar a la historia, quiere corregirla con una cachucha de 55 dólares. Y cuando el ego se pone la gorra, la Constitución termina despeinada.
Epigrama
Ese señor de la gorra/es amigo de la guerra/y enemigo de la Tierra./Que lo salude la porra.
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