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La extraña criatura llamada capitalismo y nos esclaviza
Opinión
El capitalismo es un modo de producción antinatural, aberrante, sin valores ni ética. En su historia milenaria se ha adaptado a todo tipo de regímenes: autoritarios, teocráticos, liberales, revolucionarios hasta fascistas, dice el historiador Seven Beckert en su monumental obra Capitalismo. Una historia global. Solamente responde a una lógica implacable: la acumulación incesante de capital que se expande a todas las áreas de la vida natural y del hombre. Quizá su soporte sea algo muy humano, demasiado humano: la voluntad de poder, como apunta la neurocientífica Carissa Véliz en Profecía. Sin embargo, rompe con la regla primigenia de donde surge la ética: la homeostasis social, a decir de otro gran neurocientífico, Antonio Damasio. Esta disonancia entre la necesidad de equilibrio para vivir y la degradación a la que somete al hombre esta criatura suya, al convertirlo en mercancía, quizá explique el gran malestar social, efecto del inicio de una nueva etapa del capitalismo que hoy explota nuestros datos para dominar nuestra conciencia.
Como señaló Karl Polanyi en La gran transformación, el mercado autorregulado es una construcción histórica que desarraigó la economía de las relaciones sociales y culturales cuando decidimos considerarla parte del orden natural y dejamos de verlo como una creación nuestra. Es una construcción histórica, así que es falso que sea parte de la naturaleza social o de origen espontáneo, regido por leyes inmanentes. Pese a todas esas falencias, el capitalismo ha sido revolucionario, como ya había advertido Karl Marx: ha elevado la producción y la productividad a niveles inimaginables. Y ha hecho posible la mayor prosperidad jamás conocida. La criatura se ha salido de control y quizá el desafío sea encauzarla para hacerla compatible con las necesidades humanas.
Beckert coincide con el gran historiador Fernand Braudel en su magna obra Civilización material, economía y capitalismo, siglos XV-XVIII, que el capitalismo depende de monopolios y privilegios, soportado por el poder del Estado. Y amplía la tesis del historiador francés al documentar que el capitalismo nació simultáneamente en Europa y en varias ‘islas de capital’ como Camba, India, Guangzhou, China, Kano, África o Aden, Arabia, donde existían prácticas de crédito, seguros y contabilidad. Braudel lo concebía como un sistema de poder situado por encima de la economía de mercado, reservado a una minoría capaz de controlar el crédito y las redes comerciales globales. Su lógica expansiva original se apoyó en la violencia, la colonización y la intervención estatal para consolidar monopolios y abrir mercados.
Beckert reconstruye la historia del capitalismo como un proceso global desde sus orígenes. Lo decisivo para su expansión fue su alianza con los Estados modernos, que necesitaban recursos para financiar guerras y expandir imperios. Desde entonces, el capitalismo se convirtió en un sistema que mercantiliza todo: primero la tierra, luego la fuerza de trabajo, más tarde los cuerpos esclavizados y hoy los datos personales. Su lógica es expansiva y adaptativa, sin necesidad de valores externos: puede prosperar en democracias liberales, dictaduras militares o regímenes fascistas porque su única regla es la acumulación.
Carissa Véliz ayuda a entender este sistema que se sostiene en algo profundamente humano: la voluntad de poder. El capitalismo busca abundancia y control, que es parte de la aspiración, al parecer innata, de los hombres. La explotación de datos personales es su expresión contemporánea: el sistema penetra en la intimidad y la conciencia, dictando cómo debemos actuar, consumir y relacionarnos. La voluntad de poder se convierte en soporte cultural de un capitalismo que mercantiliza nuestro cuerpo (trabajo asalariado) e invade la mente. Este diagnóstico coincide con el de Shoshana Zuboff en La era del capitalismo de vigilancia, donde muestra cómo la extracción masiva de datos personales constituye la nueva frontera de la mercantilización. Y nuevamente este robo descarado y descarnado lo ampara el Estado.
Antonio Damasio plantea, paradójicamente, que la ética surge como prolongación cultural de la homeostasis. Los sentimientos básicos, como el hambre, la sed, el dolor, el bienestar (que implica el placer), obligan al organismo a representarse a sí mismo en relación con el mundo. De esa necesidad vital nace la conciencia, y de la conciencia, la ética: normas y valores para preservar la vida y el equilibrio social (abundancia y control como recursos de la supervivencia, que son la motivación básica de la voluntad de poder, bien podrían ser parte de la homeostasis). La ética, en esta visión, es inseparable de la vida; es un mecanismo cultural para asegurar la continuidad de la existencia. En Inteligencia natural y la lógica de la consciencia, el neurocientífico subraya que la cultura es una prolongación de la homeostasis, pues las normas sociales y éticas buscan preservar la vida colectiva del mismo modo que los mecanismos biológicos preservan la vida individual.
La disonancia aparece aquí con toda claridad. Mientras la ética vinculada a la conciencia busca preservar la vida, el capitalismo convierte la vida misma en mercancía. La homeostasis social exige equilibrio; el capital exige expansión, es decir, acumulación infinita. La ética de la vida se funda en la preservación; la ética del capital se funda en la explotación. Esta ruptura explica el malestar contemporáneo: vivimos en un sistema que degrada al hombre al convertirlo en recurso explotable, despojándolo incluso de la satisfacción de sus necesidades básicas que requiere una vida digna. La enorme desigualdad que genera la expansión y explotación sin límite del capital es la raíz del gran descontento social, del miedo y resentimiento, contrario al equilibrio. Thomas Piketty documenta en El capital en el siglo XXI, que el 1% más rico concentra más de 40% de la riqueza global, desigualdad que refleja la lógica expansiva del capital y que alimenta el desasosiego social.
La historia ofrece ejemplos contundentes de esta disonancia. La colonización y la esclavitud mercantilizaron cuerpos humanos en los siglos XVI-XVIII, rompiendo cualquier ética vital. La Revolución Industrial profundizó la explotación laboral infantil y la degradación de las condiciones de vida en las fábricas, subordinando la vida a la acumulación. El capitalismo digital lleva esta lógica a un nuevo nivel: la extracción de datos personales y la manipulación algorítmica de la conciencia muestran cómo el sistema ha penetrado bajo nuestra piel., Hoy observamos, en las decisiones de los tecnócratas y de sus siervos gobernantes, cómo el capitalismo relativiza los valores y los derechos.
El capitalismo, como lo describe Beckert, es una criatura humana que se ha vuelto irreverente incluso ante la propiedad privada, considerada sagrada en Occidente. Su lógica de acumulación lo convierte en un dios secular que dicta normas de conducta y valores, para satisfacer su expansión incesante. Frente a la propuesta de Damasio, que vincula la ética con la preservación de la vida, el capitalismo aparece como una ética invertida: en lugar de asegurar la continuidad de la existencia, convierte la existencia misma en mercancía. Esta disonancia entre la ética de la vida y la ética del capital explica el malestar contemporáneo y plantea un desafío urgente: recuperar una ética de la vida frente a una moral de la acumulación.
Entender el capitalismo como invención humana, como nuestra criatura y un artificio abre una ventana de oportunidad para repensar el tipo de organización económica, social y política que necesitamos. Los niveles aberrantes de desigualdad y la depredación de la naturaleza, que son la lógica incesante del capitalismo, chocan con la naturaleza finita, que sí es finita. Esta contradicción, que tiene al mundo en vilo, obliga a imaginar nuevas opciones de organización social que respondan al bienestar humano. Si el capitalismo es una construcción histórica, también puede ser transformado o superado. La conciencia de su carácter inventado es la primera condición para abrir el horizonte hacia nuevas formas de convivencia que respondan a la ética de la vida.
Como se aprecia en este recorrido sobre el origen y la historia del capitalismo, los humanos construimos sistemas, dispositivos, modos de producción. Con el paso del tiempo, estas invenciones se pierden en la oscuridad de los tiempos. La reiteración de sucesos, la costumbre de ver una y otra vez un mismo proceso empieza a aparecer como natural, espontáneo, algo inherente a la naturaleza de las cosas. Así, lo que en el inicio fue nuestra invención, nuestra herramienta y artilugio, de pronto, sin mediar explicación, esa criatura nos convierte en engranaje, en una pieza de una especie de deidad, como se ve en la película de Chaplin, Tiempos modernos. Para evitar que nuestras creaciones nos sometan, estudiar la historia, el origen de las ideas políticas y de la economía puede ser liberador. Hoy, observamos cómo los tecnólogos aprovechan el ingenio de muchos científicos para hacer de las plataformas medios de una fase nueva de expansión y explotación capitalista. ¿Es natural? Se trata de política y cómo los Estados son artífices de esta barbaridad.