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Dos Lees, dos caminos
Opinión
Pocas figuras de Asia Oriental han sido tan celebradas en Occidente como Lee Kuan Yew. Fundador de la Singapur moderna y primer ministro durante tres décadas, convirtió una ciudad-Estado sin recursos naturales en uno de los centros financieros más prósperos del planeta. Su nombre aparece en libros de desarrollo y en foros de think tanks como prueba de que la eficacia puede prescindir de la libertad. Conviene, sin embargo, examinar la factura completa de ese modelo.
Lee Kuan Yew gobernó con un Partido de Acción Popular que durante décadas no conoció una alternancia real. La Ley de Seguridad Interna permitió detener a opositores sin juicio, la prensa operó bajo licencias revocables y las manifestaciones requerían permisos casi imposibles de obtener. Su defensa fue la del llamado "valor asiático": el orden y la estabilidad precedían a la participación política, y la democracia occidental, con su ruido y sus vaivenes, era un lujo para sociedades frágiles. El argumento tuvo peso en su tiempo, pues Singapur era una isla multirracial que se convirtió en un país independiente en 1965. Aun así, el resultado es un Estado eficiente y de baja corrupción, pero también una democracia de baja intensidad, donde el mérito y el control coexisten sin contrapesos reales.
Tampoco debe olvidarse que buena parte del prestigio internacional de Lee fue un capital prestado. Su cercanía con Henry Kissinger, una de las figuras centrales de la diplomacia estadounidense, le abrió puertas en Washington y lo presentó a los círculos de poder como interlocutor serio para entender Asia. Esa legitimidad externa ayudó a naturalizar la idea de que un autoritarismo ilustrado era un modelo exportable. Gran parte de la fama que hoy se le atribuye se fraguó en los despachos de la capital estadounidense, no solo en Singapur.
Lee Teng-hui siguió otro camino. Heredó en 1988 un sistema de partido dominante que había funcionado bajo ley marcial y decidió desmontarlo desde dentro. Levantó restricciones, impulsó la renovación del parlamento y consolidó las elecciones presidenciales directas en 1996. Su aporte no fue solo económico: Taiwán logró un desarrollo comparable al de Singapur, construyó una base industrial y tecnológica decisiva, y lo hizo sin renunciar a una prensa libre ni a la alternancia en el poder, que llegó en el año 2000.
Hay que decir también que la democratización de Taiwán fue posible debido a la presión de estudiantes, movimientos sociales y opositores que empujaron el cambio desde abajo. Reconocerlo no resta mérito a Lee: lo matiza, porque muestra que la democracia no fue solo una concesión del poder, sino un proceso que el poder terminó aceptando.
La comparación deja una premisa incómoda para los defensores del autoritarismo eficiente: el crecimiento no exige sacrificar derechos. Taiwán demostró que el liberalismo político y el económico pueden avanzar juntos. También que la legitimidad de un gobierno descansa en su capacidad de ser cuestionado.
Los defensores de Lee Kuan Yew responderán que Singapur tiene razones para su cautela: una ciudad-Estado vulnerable, con poco margen de error, no siempre puede darse el lujo de la competencia partidista. Tienen razón en que la estabilidad importa y en que el caos político ha destruido economías enteras. Pero la experiencia taiwanesa muestra que la transición no derrumbó el crecimiento, sino que más bien le otorgó una legitimidad duradera y evitó que el poder dependiera de una sola dinastía política.
Singapur sigue siendo admirable en administración pública, pero la pregunta de fondo es si la eficiencia de un gobierno que no rinde cuentas puede sostenerse sin costos. Taiwán ofrece otra respuesta: que la prosperidad duradera se construye con instituciones que permiten imponer limitaciones al poder.