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La cultura de la prohibición
Opinión
¿Tú no te sabes la historia del Concierto de Aranjuez y mi mamá? Me dice mi hermana mayor, unos minutos antes de comenzar a escuchar dicha obra en una sala de conciertos.
Mi mamá tenía un cassete que escuchaba todo el tiempo y que luego acabó en mis manos y lo usé hasta que se rompió, pero nunca supe que había una historia detrás del gusto de mi mamá por ese concierto.
Resulta ser, – cuenta mi hermana – que a la vuelta de la casa, pusieron un centro cultural de la delegación y entonces mi mamá llevó a mis dos hermanas mayores a inscribirse a danza clásica, las dos menores se quedaban en casa con mi abuelo y yo venía en la panza. Como ella las tenía que esperar ahí, se metió a clases de guitarra. Pagó, se compró su instrumento y asistió a la primera clase. Cuando mi papá se enteró de que el maestro y los compañeros eran hombres, le prohibió a mi mamá tomar sus clases. Y además se burló de ella por querer aprender guitarra con semejante panzota (veníamos gemelas).
Como ya se había gastado en las clases y en la guitarra, mi hermana mayor tuvo que tomar su lugar. El maestro le dijo a mi hermana que sus manos eran muy pequeñas y que nunca podría tocar la guitarra. Ella quería bailar, pero tuvo que acatar la orden de mi mamá con todo y el rechazo del profesor.
Mi hermana terminó de contarme esta breve historia y justo comenzó el concierto. Mientras escuchaba la espléndida interpretación, no dejaba yo de imaginar el estado emocional de mi mamá. En esos tiempos acababa de perder a su mamá y recién había descubierto que mi papá tenía casa chica. Veníamos dos en camino. Es decir, una mujer de 38 años en 1973 con cuatro hijas, 2 en camino, sin ingresos propios ni posibilidad de ganar dinero por sí misma, encontró que quizás la guitarra le podría proporcionar un respiro para entender por qué la vida le estaba jugando tan chueco si ella estaba haciendo lo que se suponía que una mujer de su tiempo tenía que hacer.
Mi mamá acabó tomando clases de hormigón. Hizo cualquier cantidad de arreglos de flores, pero nunca le gustó. Cuatro años después abrió una cocina económica que sería el origen de una buena carrera de restaurantera que le permitió su autonomía económica y de paso la de sus 5 hijas porque mi papá fue un desastre también como proveedor.
Mi hermana, del puro coraje del profesor autoritario, tomó sus clases y siguió estudiando con otros maestros. Tres años después tocó el concierto de Aranjuez en una presentación amateur, a sus 14 años. Hoy es una prominente científica y ya no toca la guitarra, pero su tenacidad la define en todos sentidos. De hecho, la tenacidad define a las mujeres de mi linaje en todos sentidos.
Mi gemela murió al nacer y yo crecí rodeada y educada por una madre y unas hermanas bastante aguerridas. Fui la primera en nombrarme feminista, pero digamos que mi casa se convirtió en un laboratorio en donde derrumbamos el patriarcado de mi papá y de los primeros maridos de mis hermanas piedra por piedra.
No hay un final feliz. Todas las hijas de esta historia hemos hecho lo mejor que hemos podido y sin duda tenemos una vida más libre de la que pudo tener mi extraordinaria madre. Ya nuestras hijas contarán la siguiente parte de la historia.
Pero nadie debiera prohibirle a una mujer nada, ni acercarse a un instrumento ni nada. Y ya de paso, la educación artística nunca debería decirle a nadie que no tiene las manos o el cuerpo, o el talento para hacer el oficio que se le dé la gana hacer.
En una búsqueda rápida sobre versiones del concierto de Aranjuez grabadas aparecen puros hombres. Solo encontré una versión del 2024 con la croata Ana Vidovic. Todavía hay mucho por construir.
#SuSecrechula