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El poder y el control de los placeres humanos

OpiniónEl Economista

Una de las ideas más persistentes de la tradición política occidental consiste en imaginar el poder bajo la forma de la prohibición y de la fuerza. Desde el soberano que castiga hasta el Estado que legisla, la dominación suele representarse como una relación visible entre quien impone una norma y quien la obedece. Sin embargo, una observación más atenta de la historia revela que las formas más eficaces de poder rara vez descansan exclusivamente en la imposición. El poder más estable es aquel que consigue que los individuos participen activamente en su propia regulación. La gran cuestión política consiste, entonces, en comprender cómo los seres humanos construyen una voluntad que acaba deseando aquello mismo que facilita su propia subordinación.

La historia de los placeres constituye una vía privilegiada para examinar este problema. Desde la Grecia clásica hasta el capitalismo digital contemporáneo, las sociedades occidentales han producido sucesivas tecnologías destinadas a organizar el deseo humano. Lo que cambia son las formas mediante las cuales el placer es interpretado, administrado, canalizado y explotado. El recorrido histórico muestra una transformación gradual del poder: desde el control externo de la conducta, mediante vigilar y castigar, hasta la colonización progresiva de la conducta y el comportamiento. En ese proceso, la regulación de los placeres es uno de los mecanismos fundamentales del control político.

En la Grecia clásica se formuló por primera vez una articulación sistemática entre el autogobierno y el gobierno político. La libertad fue concebida como dominio racional sobre los apetitos. El ciudadano incapaz de gobernarse a sí mismo aparecía como incapaz de participar en el gobierno de la polis. En Platón, especialmente en La República, la analogía entre alma y ciudad expresa esta idea con claridad. La ciudad justa es aquella en la que cada parte ocupa su lugar; el alma justa es aquella en la que la razón gobierna sobre los impulsos y deseos. El control político comienza en la dominación psicológica del individuo.

Lo que podría parecer un precepto moral, de conducta, fue, en realidad una innovación política de alcance sin precedente en la evolución humana. La cuestión fundamental fue producir sujetos capaces de administrar sus placeres por sí mismos en lugar de prohibirlos. La filosofía griega parte de reconocer el placer; el problema es el desenfreno, el descontrol de los deseos. El ideal de la sophrosyne, (moderación, templanza y sensatez) apuntaba a formar individuos que incorporaran espontáneamente límites interiores. La vigilancia externa podía reducirse en la medida en que surgía una vigilancia interna.

La Roma imperial y el estoicismo profundizaron esta transformación. Las prácticas del cuidado de sí mismo, analizadas por Michel Foucault en Historia de la sexualidad III, muestran la aparición de una auténtica modulación del yo. Los ejercicios de introspección, los diarios personales, la meditación cotidiana y el examen continuo de las representaciones mentales permitieron que el sujeto fuera simultáneamente observador y objeto de observación. Esta innovación tuvo consecuencias históricas extraordinarias. El individuo se convirtió en agente activo de su propia vigilancia. En lugar de imponer constantemente la disciplina desde el exterior, se construían sujetos capaces de ejercerla sobre sí mismos. El poder encontraba una forma mucho más económica y eficaz de funcionamiento. El sujeto se transformaba simultáneamente en agente gobernante y gobernado.

El cristianismo heredó parte de estos mecanismos, pero introdujo una mutación decisiva. Mientras la ética clásica se concentraba en la moderación de los actos, la espiritualidad cristiana desplazó la atención hacia el examen de las intenciones. El deseo se convierte en censura del pensamiento de uno mismo. La confesión institucionalizó la obligación de verbalizar pensamientos, impulsos, tentaciones y fantasías. El individuo fue inducido a examinar su interior, a vigilar y censurar sus pensamientos en busca de la verdad de su alma, alineada con el dogma. La importancia histórica de este cambio es difícil de exagerar. La confesión constituyó uno de los antecedentes esenciales de las ciencias modernas del individuo. La psiquiatría, la psicología clínica, el psicoanálisis y la sexología conservaron la estructura básica de ese procedimiento: la convicción de que la verdad de una persona se encuentra en la exploración minuciosa de sus deseos ocultos. El sujeto moderno se habituó a interpretarse e interpelarse a sí mismo, a convertir su interioridad en objeto permanente de análisis y a considerar que la explicación última de su conducta se encuentra en el deseo.

La gran contribución de Michel Foucault en su Historia de la sexualidad consistió en mostrar que la represión creciente del placer va más allá de la represión del placer sexual. La modernidad produjo una extraordinaria proliferación de discursos sobre la sexualidad. Médicos, psiquiatras, pedagogos, jueces, demógrafos y sexólogos comenzaron a hablar incesantemente acerca del sexo. Lo que apareció fue una inmensa maquinaria de clasificación, observación y producción de conocimientos. La sexualidad dejó de ser una práctica para convertirse en una identidad. El deseo pasó a constituir una clave explicativa de la personalidad. El individuo comenzó a reconocerse a sí mismo a través de categorías elaboradas por discursos científicos e institucionales.

Sin embargo, para comprender plenamente este proceso es necesario incorporar la perspectiva genealógica de Friedrich Nietzsche. Allí donde Foucault estudia la constitución histórica de los sujetos, Nietzsche investiga el origen de los valores que estructuran esa constitución. Su pregunta fundamental nunca es qué significan las ideas morales, sino quién se beneficia de ellas. Su originalidad consiste en interpretar la historia de la civilización como un vasto proceso de domesticación. En La genealogía de la moral describe cómo las energías agresivas del ser humano fueron interiorizadas. El individuo aprendió a dirigir contra sí mismo los impulsos que anteriormente se manifestaban hacia afuera. Así surge la mala conciencia. La autoridad gradualmente deja de necesitar el recurso del castigo físico porque se transforma en una instancia interior de vigilancia y autocensura.

La sospecha nietzscheana posee una enorme actualidad. La moral funciona simplemente porque se instala como vigía y censor de las personas. Las creencias se interiorizan, se hacen costumbres y son la fuente de control y dominio de los sujetos. El poder alcanza su máxima eficacia cuando desaparece como objeto visible y se transforma en un medio de control interno. El individuo se convierte entonces en colaborador involuntario de las estructuras políticas que lo dominan. Esta intuición permite tender un puente hacia uno de los autores más importantes para comprender la relación moderna entre placer y dominación: Herbert Marcuse. Quizá ningún pensador del siglo XX logró articular de forma tan profunda la herencia de Marx, Freud y Nietzsche.

En Eros y civilización, Marcuse parte de la idea freudiana según la cual toda sociedad requiere cierto grado de represión (de controles, de conductas, de normas) para existir. Ninguna comunidad compleja podría funcionar si cada individuo persiguiera inmediatamente la satisfacción de todos sus impulsos. Pero introduce una distinción crucial entre la represión necesaria para la convivencia y la represión exterior, impuesta por estructuras históricas concretas de dominación. La civilización debe organizar los deseos de una forma compatible con las necesidades de producción y reproducción del sistema social. Los controles y prohibiciones tienen ese papel, que nada tiene que ver con la represión de los deseos. Su tesis es un punto de inflexión fundamental. La dominación moderna ya opera administrando el placer, en lugar de negarlo o reprimirlo. El sujeto aprende a desear lo que garantiza la estabilidad del orden existente: su subyugación deseada.

En El hombre unidimensional Marcuse sostiene que las sociedades industriales avanzadas han desarrollado la capacidad de producir necesidades artificiales. El individuo ya no distingue fácilmente entre deseos propios y deseos inducidos. El sistema económico organiza la estructura misma de las aspiraciones humanas. De modo que si en los siglos pasados el poder se legitimaba mediante la autoridad moral o política, en las sociedades de consumo encuentra legitimidad a través de la satisfacción permanente. La dominación se presenta bajo la forma del placer: lo potencia y lo usa el sistema económico para producir ganancias. Es la capacidad del capitalismo para absorber incluso las energías potencialmente críticas mediante su transformación en mercancías. La protesta, la identidad, la rebeldía, la diferencia y el deseo son continuamente reintegrados al circuito económico. La libertad es aparente y se convierte en un mecanismo de reproducción del sistema. Esta evolución alcanza una nueva fase con las plataformas digitales contemporáneas. Las grandes empresas tecnológicas han aprendido a explotar los circuitos de recompensa asociados al placer y a la atención. Su objetivo es vender productos capturando nuestra atención, extrayendo y explotando nuestros datos.

A diferencia de las formas disciplinarias clásicas, los algoritmos no necesitan prohibir. Su funcionamiento descansa sobre la capacidad de generar gratificaciones constantes. Cada notificación, cada recomendación personalizada y cada secuencia infinita de contenidos constituye una microintervención destinada a prolongar la permanencia del usuario dentro del sistema. Por primera vez en la historia existe una infraestructura tecnológica capaz de aprender en tiempo real cuáles son los estímulos que producen mayor respuesta emocional en millones de individuos simultáneamente. El placer deja de ser simplemente una experiencia subjetiva para convertirse en una variable optimizable y útil para producir deseos infinitamente sin jamás lograr la plena satisfacción.

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