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El caudillo
Ezra Shabot | Línea directa
El atributo de todo caudillo es el de poseer el carisma adecuado para atraer no únicamente a las masas que lo aclaman, sino también a grupos de intelectuales que le sirven de escudo permanente frente a cualquier cuestionamiento que provenga de la oposición política, o de los críticos que en distintos medios de comunicación pretenden poner en duda la infalibilidad del líder.
Figuras como Hitler, Mussolini o Stalin construyeron una corte de pensadores que renunciaron a toda posibilidad de ver más allá de su lealtad al caudillo y su causa, para justificar no únicamente un régimen dictatorial, sino incluso el asesinato de millones de seres humanos en aras de utopías inexistentes. El caudillismo mexicano no llegó a esos extremos, pero sí fue capaz de reconstruirse después de que los gobiernos de la Revolución Mexicana armaran el andamiaje institucional para que el poder absoluto del presidente durará solamente seis años.
La transición democrática parecía haber sepultado cualquier posibilidad de un caudillismo renovado, pero la figura de López Obrador y su objetivo de permanecer indefinidamente en el poder fueron capaces de atraer a las masas con el discurso maniqueo del opresor–oprimido, para destruir la institucionalidad democrática y rehacer un presidencialismo absoluto con el caudillo como poder tras el trono más allá de su periodo sexenal.
Y en esta trampa cayeron políticos de todos los partidos, pero también intelectuales y escritores que se sumaron inicialmente al discurso mesiánico del caudillo. Así, desde periodistas que operaban en los medios a favor de Andrés Manuel y recibieron como premio espacios en radio y televisión, hasta antiguos críticos que fueron perdonados al unirse incondicionalmente al movimiento lopezobradorista, todos quedaron al servicio del nuevo salvador de la patria.
Y si bien algunos de estos servidores del caudillo siguen disfrutando de las mieles de la abyección, otros comienzan a sentir los golpes propios del caudillo y su corte al no plegarse totalmente a las órdenes de los mandaderos del líder, quien reaparece para recordarle a la presidenta y sus adeptos de donde proviene la legitimidad de su mandato.
La fascinación por la figura del caudillo y la magia que ejerce sobre individuos que poseen los conocimientos suficientes como para suponer que no se les puede engañar con demagogia y promesas irrealizables, es la demostración fehaciente de que la preparación intelectual no es un escudo lo suficientemente sólido como para contener la irracionalidad humana.
Los argumentos que sostienen que no era posible prever la actitud dictatorial del caudillo, son básicamente justificaciones vergonzosas de aquellos que quisieron creer en la grandeza del líder, y hoy no encuentran forma de convencer y convencerse que no tienen responsabilidad por haber apoyado al destructor de la democracia mexicana.