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Opinión

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Banxico entre el ruido y la realidad

Vidal Llerenas Morales | Columna Invitada

En los últimos días, la decisión del Banco de México de recortar la tasa de interés ha detonado una reacción que dice más del clima del debate público que de la política monetaria misma. Se ha hablado de un banco central sometido al poder político, de una institución que habría abandonado su mandato y de una autoridad que ahora privilegia el crecimiento sobre la estabilidad de precios. Ninguna de esas lecturas termina de sostenerse cuando se revisa con cuidado la evidencia.

Lo primero que conviene aclarar es lo más básico: no hay señales de una ruptura institucional. La decisión fue dividida, como lo han sido otras en momentos clave, y el comunicado reafirma de manera explícita el compromiso con la convergencia de la inflación a su meta. Más aún, la trayectoria de la política monetaria en los últimos dos años muestra continuidad, no quiebre. Desde 2024, el banco central inició un ciclo de recortes que ha ido avanzando gradualmente conforme la inflación subyacente descendía y la economía perdía dinamismo. La decisión más reciente no inaugura ese proceso; simplemente lo prolonga.

Esto no significa que no haya nada que discutir. Lo que sí ha cambiado —y esto es lo verdaderamente interesante— es la relación entre el diagnóstico y la decisión. Durante buena parte de 2024 y 2025, los recortes de tasas se justificaban en una narrativa relativamente clara: la inflación subyacente descendía, los choques inflacionarios eran considerados transitorios y el proceso de desinflación avanzaba. Hoy, el entorno es más complejo. La inflación ha repuntado, los pronósticos se han revisado al alza y la incertidumbre externa —particularmente por los conflictos geopolíticos— es mayor. Conviene recordar que, al momento de la decisión, el repunte inflacionario parecía concentrado en algunos componentes volátiles, particularmente en productos agropecuarios. Los datos más recientes confirman en parte esa lectura: el aumento sigue explicado principalmente por el componente no subyacente. Sin embargo, también muestran que el choque es más intenso y persistente de lo que se anticipaba. Esto no invalida la lógica original —la apuesta nunca fue que el choque se disiparía en una sola quincena—, pero sí eleva el riesgo de que sus efectos se prolonguen más de lo previsto. En ese contexto, continuar con los recortes implica, más que antes, una apuesta razonada.

Pero una apuesta razonada no es lo mismo que una irresponsabilidad. Es, en todo caso, una decisión bajo incertidumbre, como lo son todas en política monetaria. El banco central parece estar operando con una hipótesis específica: que los choques recientes —energía, tipo de cambio, tensiones geopolíticas— no modificarán de manera permanente la trayectoria de la inflación. Si esa hipótesis es correcta, la postura sigue siendo consistente con el objetivo de estabilidad de precios. Si no lo es, el margen de maniobra se reducirá.

Parte de la crítica reciente descansa en una idea equivocada: que un banco central con mandato de inflación no debería preocuparse por el crecimiento. Esto confunde el objetivo con el mecanismo. La inflación no evoluciona en el vacío; depende del estado de la economía, de la holgura en el mercado laboral y de la dinámica de la demanda. Ignorar estas variables no haría más estricta a la política monetaria, sino más rudimentaria. De hecho, si el banco central solo reaccionara a la inflación observada y a sus riesgos al alza —que siempre existen—, no tendría nunca un criterio para reducir la tasa de interés.

Lo que sí puede discutirse, y con razón, es si en el entorno actual el banco central está asignando el peso adecuado a cada riesgo. A lo largo de 2025, la institución fue incorporando de manera creciente la debilidad económica en su toma de decisiones. La decisión de marzo de 2026 sugiere que esa ponderación se ha mantenido, incluso cuando el balance inflacionario se ha vuelto menos favorable. Esa es una decisión legítima, pero no trivial.

Reducir este debate a una disyuntiva entre ortodoxia y subordinación política empobrece la discusión. Lo que está en juego no es la autonomía del banco central, sino la calibración de su respuesta en un entorno particularmente incierto. Y esa es una conversación que exige más análisis y menos estridencia.

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York

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