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Anónimos y comunes
Foto: Especial
Casi un día justamente como el de hoy, lector querido, un personaje del que se sabe poco, protagonista de una historia de la que se sabe menos, caminaba casi a tientas por un paraje sombrío, buscando a su hermano mayor que se había ido. Algo lejos se distinguía una casa bajo los últimos rayos del moribundo sol. De pronto sonó la campana de una parroquia. El joven se descubrió respetuosamente dejando ver una cabeza rapada que tenía un poco de rombo, de cono y de triángulo. Y aplicó el oído en dirección al camino que ya había dejado atrás, pues escuchaba unos pasos que lo estaban alcanzando.
Una voz rompió el silencio y le dijo “¡Hola! Eres tú, Gil Gómez… nadie te conocería en esa posición tan extraña que guardas. ¿qué diablos haces por aquí mirando la luna? ¿Vienes hacia la casa del buen doctor para consultarlo, o estás oyendo tocar el piano a su bella Clemencia? “
“Ninguna de las dos”, le contestó el joven, que había reconocido a quien le hablaba y no era su hermano Después, murmuró para sí mismo:” pobre tío Lucas, qué bien se lo ha tragado. Hubiera yo quedado fresco si sorprende el secreto de mi expedición. ¡Jesús! ¡que chismerío me hubiera armado en el curato, puf! no quiero ni pensarlo”. Una vez silenciados los pensamientos de su cabeza geométrica, el joven, dio la media vuelta y reanudó su interrumpida travesía. Todo parecía haberse quedado tranquilo hasta que un caballo desbocado se le atravesó y lo tiró al suelo. El jinete, muy agitado, se bajó de su montura, lo miró con furia y después de un intercambio de agravios, ambos se batieron en un duelo cuerpo a cuerpo.
El joven Gil Gómez quedó lastimado, pero como ya era noche cerrada y ni la luna alumbraba, el jinete, que resultaría ser un tal capitán Ignacio Aldama, después de interrogarlo y asegurarse de que no era un espía, le ofreció una disculpa y lo condujo al hogar de “un santo señor” para curarle el brazo herido. Usted ya se imagina, lector querido, que se trataba del cura Miguel Hidalgo y Costilla. Pero no sabe que Juan Díaz Covarrubias, el autor de la novela Gil Gómez el Insurgente o la hija del médico, lo describiría así:
“Era Hidalgo un anciano que representaba tener más de 60 años, su frente y la parte anterior de su cabeza, desprovista enteramente de pelo, estaban surcadas por esas huellas que dejan sobre algunos hombres extraordinarios, más que el tiempo, el estudio y la meditación. Su tez era morena pero extremadamente pálida, con esa palidez casi enfermiza que causan las vigilias y las amarguras de la vida. Sus ojos lanzaban miradas ardientes y profundas que algo amortiguaban, sin embargo, la melancolía y la benevolencia. Aquel rostro tan severo, tan noble, tan profundamente pensador, por decirlo así, estaba inclinado sobre el pecho como si el peso de la reflexión o del martirio de la existencia lo hubiese doblegado.”
Gil Gómez queda impactado, siente el magnetismo de aquella mirada, tal vez algo apagada, pero todavía ardiente y tiene la suficiente sangre fría para sostenerla sin turbación. Mientras tanto, su cabeza geométrica le dice: “No sé qué tiene esa fisonomía que cautiva tanto y causa tan profunda impresión. Sería yo capaz, aunque apenas le acabo de conocer, de dejarme morir por él»
Ese primer encuentro de Gil Gómez con Miguel Hidalgo ocurre justamente la noche del 15 de septiembre de 1810, cuando el rumbo de la novela y de nuestra historia patria iba a cambiar para siempre. Ya remendado y medicado, el joven es conducido a un aposento y se queda dormido. El siguiente capítulo se llama “De cómo fue interrumpido Gil Gómez en medio de su sueño para contribuir sin saberlo a la Independencia de la Nueva España” y nuestra imaginación puede descansar, pero el entusiasmo no. Comenzaremos a preguntarnos si acaso los oídos del joven oyeron de manera presencial el Grito de Independencia o no. (No se agobie hoy, lector querido, porque mañana hay fiesta y como regalo para este puente patrio le adelanto que Gil Gómez acabará convirtiéndose en el hombre de confianza de Miguel Hidalgo).
Vale la pena leer esta novela y tal vez otras páginas de Juan Díaz Covarrubias, cuya historia de vida también es novelesca, histórica y muy trágica. Nacido en Xalapa en 1837, primero estudió medicina y luego quiso escribir. Escribió poesía, cuentos y artículos en la prensa. No supo que le daría voz y palabra a un país que apenas había ganado su libertad, ni los alcances de su obra literaria pues fue fusilado en Tacubaya a los 22 años durante uno de los episodios más sangrientos de la Guerra de Reforma.
Autor de dos novelas más, El día del diablo en México y La clase media, su obra más acabada es, sin duda, Gil Gómez, el insurgente. Una gran alternativa a los libros de texto y los discursos de siempre, donde la mezcla de héroes reconocidos con personajes inventados consigue que la ficción llene los vacíos de la historia oficial. Nos permite, además, mirar la lucha de Independencia como un proceso creado por mujeres y hombres anónimos y comunes. Como usted, como yo, como Gil Gómez.