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El anillo de Giges y la prueba ingreso a la universidad
Opinión
En la República de Platón, Sócrates discute con un grupo de hombres acerca de la justicia. Para uno de ellos, esta no es más que la conveniencia del más fuerte, del que hace trampa y no es descubierto. Otro de ellos coincide y recuerda el mito del anillo de Giges, capaz de volver invisible a quien lo porta. A través de esta historia, los interlocutores buscaban demostrar que, si nadie pudiera vernos, nos olvidaríamos de nuestros valores y haríamos lo que se nos antoje.
El tema lo retomó J. R. R. Tolkien en El Señor de los Anillos y vuelve hoy a propósito del examen de ingreso a la Universidad Nacional Autónoma de México, donde un grupo importante de aspirantes se habría aprovechado de las circunstancias para obtener mejores resultados. A pesar de que la empresa a cargo de la evaluación estableció una serie de protocolos para que los alumnos rindieran la evaluación desde sus hogares, muchos hallaron la forma de burlar el sistema.
Una sociedad saludable se construye con base en los valores que considera fundamentales, y dos de ellos son la honestidad y el respeto por el prójimo. Aquí la falta es doble: no solo porque se hizo trampa, sino porque quienes obtuvieron su cupo mediante el engaño se lo quitaron a alguien que lo había ganado con mérito.
Por eso hay que celebrar que se haya decidido repetir la prueba de manera presencial. Es la medida correcta, aunque tenga un costo amargo: no la rendirán solo los tramposos, sino también los honestos de buen puntaje, obligados a demostrar de nuevo lo que ya habían demostrado limpiamente. No faltan quienes preparan amparos, y no sin razón: el que no copió no debería pagar por el que sí lo hizo. La sensación de injusticia es real y la universidad no puede borrarla del todo; solo puede elegir el mal menor.
Y, sin embargo, esa inquietud no es nueva. Glaucón en la República se preguntaba si al hombre justo le conviene serlo cuando la justicia, por sí sola, no le asegura ninguna ventaja. El aspirante honesto que hoy debe probar otra vez que merece su lugar encarna esa vieja duda: hizo lo correcto y quedó en el mismo punto que el tramposo. Corregimos el resultado, pero no la pregunta que lo sostiene.
Después de tantos siglos, la obra de Platón deja abierta una pregunta fundamental que corresponde plantearnos a propósito del examen: ¿cuántos de los que no hicieron trampa actuaron por convicción y cuántos, por miedo a ser descubiertos? Asimismo, este cuestionamiento es válido para cada uno: ¿cuánto de lo que hacemos es por valores y cuánto por temor al castigo? En definitiva, ¿qué haríamos si tuviéramos el anillo de Giges?
*El autor es profesor investigador de la Escuela de Humanidades y Educación del Tecnológico de Monterrey.