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Opinión

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Lo qué amenaza más a las vidas del siglo XXI

Rafael Lozano | Columna Invitada

El 11 de octubre, The Lancet publicó el informe de una comisión internacional de 37 expertos de 20 países, con equilibrio de género y representación geográfica, codirigida por Natalia Kanem y Christopher Murray. Participaron especialistas en salud global, economía, seguridad y tecnología. En lugar de hacer una reseña del artículo, prefiero compartir argumentos que me resultaron interesantes y que pueden animar su lectura.

El punto de partida del artículo es una invitación directa a la reflexión: los gobiernos miran lo inmediato y lo cercano; a eso le llama la Comisión “cortoplacismo y localismo”. Por eso las pandemias viven ciclos de alarma y olvido, y los problemas de evolución gradual casi nunca ganan una elección. Una señal de ese desinterés: la ayuda oficial al desarrollo de los países donantes cayó de 0.33% a 0.26% de su ingreso entre 2024 y 2025. La pandemia de COVID-19, las guerras, el clima y la irrupción de sistemas de inteligencia artificial cada vez más potentes mostraron la fragilidad de nuestras ideas de estabilidad. La respuesta de la Comisión es comparar amenazas muy diferentes con una misma vara hasta 2100 y mantener esa comparación al día, para que las decisiones no dependan solo de intuiciones.

La novedad del enfoque está en la pregunta. No se trata solamente de saber qué amenazas podrían causar más daño, sino de identificar aquellas cuyas consecuencias pueden modificarse más con nuestras decisiones. Eso ayuda a entender resultados que, a primera vista, pudieran parecer desconcertantes.

El informe identifica dos amenazas capaces de acabar con la humanidad: la guerra nuclear y el mal uso de la inteligencia artificial (IA). Pero cuando se mide cuánta enfermedad y cuánta muerte prematura dependen de lo que hagamos o dejemos de hacer, la lista la encabezan otras amenazas: la obesidad, la baja escolaridad y la desigualdad de ingresos. Son problemas crónicos y acumulativos, que no ocurren como un evento. La IA y la guerra nuclear vienen justo después. Un comentario publicado en el mismo número, firmado desde un centro de estudios estratégicos de Washington, considera innovador comparar amenazas que rara vez se miden juntas. También señala que otras amenazas, que muchos probablemente esperaban ver más arriba, como la presión arterial alta, la resistencia antimicrobiana, las pandemias o el cambio climático, quedan más abajo. Sin embargo, este orden refleja la magnitud estimada de la carga modificable acumulada, no una jerarquía de prioridades políticas actual.

La explicación está en cómo se hace la cuenta. El informe suma, año tras año hasta 2100, la enfermedad y la muerte prematura que se podrían evitar o provocar según lo que se decida: la carga modificable acumulada. Un daño moderado que se repite durante 75 años puede pesar más que una catástrofe improbable, que cuenta según su probabilidad. Y lo que más suma no son enfermedades sueltas sino lo que el informe llama “impulsores”: condiciones y exposiciones que intervienen en la aparición de múltiples enfermedades, como la dieta y el peso, la escolaridad o los ingresos. Aunque diferentes, se comparan por su contribución potencial a la carga de enfermedad.

Para cada amenaza construye un mejor y un peor futuro posibles, basados en experiencias de países desde 1990, y mide la distancia entre ambos. No pregunta solamente qué ocurrirá si las tendencias continúan, sino cuánto podría cambiar el resultado. Este giro tiene una ventaja que los autores subrayan: reconoce que un pronóstico puede cambiar el futuro que anuncia.

Un pronóstico no es un espectador del futuro: forma parte de él. A fines de los noventa se advirtió que muchos sistemas informáticos podían fallar al llegar el año 2000, y se invirtieron enormes recursos en corregirlos. El 1 de enero de 2000 casi nada ocurrió. Muchos concluyeron que la advertencia había sido exagerada, cuando bien pudo ser la razón por la que no pasó. Un pronóstico que cumple su función puede parecer un error. Por eso el informe traza un futuro mejor y otro peor.

El giro tiene consecuencias. El cambio climático aparece en la parte baja de la figura principal; podría parecer poco importante. La revista sale al paso en un editorial: sus efectos crecen con los siglos y, si no se reducen las emisiones, podría volverse una amenaza de extinción más adelante. El lugar de una amenaza en la lista depende de qué se mide y hasta cuándo se mira: con un horizonte corto, la diabetes pesaría más que el clima; con uno largo, el clima podría pesar más. Un grupo de filósofos consultado por la Comisión concluyó que 2100 es demasiado pronto, aunque se mantuvo por razones prácticas y políticas. ¿Cuánto deben importarnos las enfermedades de quienes aún no han nacido? El informe no lo responde, pero obliga a preguntárselo.

Para comprender la magnitud de lo que podría modificarse también importa el futuro de referencia: lo que ocurriría si continuaran las tendencias. Viviríamos más años, pero los años sin enfermedad ni discapacidad crecerían más despacio, y habría más discapacidad crónica a medida que envejecen las poblaciones. La pobreza extrema seguiría aumentando hasta bien avanzado el siglo, y buena parte de la trayectoria de la carga de enfermedad en el mundo depende del crecimiento económico del África al sur del Sahara. Lo que enferma al mundo se decide también lejos de los hospitales.

También merece destacarse la franqueza con que se reconocen las limitaciones de las estimaciones. Donde hay décadas de datos, como con el tabaco, las estimaciones son firmes; donde no los hay, como con la inteligencia artificial, dos grupos de expertos llegaron a 0.4% y 3% de riesgo de extinción y no lograron ponerse de acuerdo. Los autores reconocen que las estimaciones sobre la IA y la guerra nuclear dependen del juicio de expertos, cuya capacidad para anticipar acontecimientos solo se ha evaluado en periodos de meses o pocos años. Aun así, consideran que ignorar esas amenazas no sería creíble.

El informe admite también que solo mide enfermedad, discapacidad y muerte prematura, y que ninguna medida captura todo el bienestar que se pierde. El editor de The Lancet propone una lista complementaria de lo que no cabe en una cifra: el desplazamiento forzado, el racismo, la desinformación. Y advierte que predecir el futuro no es solo describirlo: también es intentar influir en él. Es poco habitual que un informe de esta escala salga acompañado de sus propias dudas.

¿Qué propone la Comisión? Tres acciones frente a varias amenazas: sistemas de salud preparados para anticiparlas, con una unidad dedicada a mirar el futuro; inversión en avances de fondo, desde medicamentos orales contra la obesidad hasta nuevas clases de antibióticos, con acceso equitativo y no solo para los países ricos; y un mecanismo que mantenga actualizada la evaluación de las amenazas. Insiste en que los daños recaerán con más fuerza sobre quienes tienen menos ingresos y en que la respuesta debe apoyarse en la ciencia, los derechos humanos y la solidaridad. Surge una pregunta: ¿por qué las principales amenazas no ocupan un lugar central en las recomendaciones? El informe responde que su aporte son acciones transversales, ya que existen muchas recomendaciones específicas por amenaza.

Pero saber qué hacer no significa contar con las condiciones para hacerlo. La salud pública está llena de casos en que las amenazas se conocían, los planes existían y aun así no se actuó. Por eso el informe dedica una sección a lo que determina si una sociedad puede actuar, y la llama la columna vertebral de sus recomendaciones: la confianza, que se construye con el tiempo y no se improvisa en una crisis; un liderazgo colaborativo, porque amenazas como la IA, la guerra nuclear o el clima no las resuelve ningún país solo; y la equidad, que reduce la vulnerabilidad y fortalece la cohesión social. Admiten escasos avances e incluso retrocesos. Richard Horton lleva la crítica más lejos: considera que el mayor problema no es nuestra capacidad para identificar amenazas, sino la ausencia de mecanismos eficaces para responder a ellas.

Queda una pregunta práctica: ¿qué hace un lector, o un gobierno, con esto? El informe pide a cada país que entienda cuáles de estas amenazas pesan más en sus circunstancias y que lo incorpore a sus presupuestos. Sus propios datos muestran que la respuesta cambia mucho de un lugar a otro: la obesidad encabeza la lista en 154 de 204 países, pero la desigualdad de ingresos es la primera en 19 y la última en 70. Lo que no está a la vista, al menos en el texto principal ni en el anexo, es el perfil de cada país. Pedirlo, a los autores y a los editores, es una manera de que el informe no se quede en la revista.

El mayor mérito del informe quizá no sea la clasificación de las amenazas, sino la manera de preguntar cuánto daño podemos evitar con nuestras decisiones. La respuesta variará entre países y cambiará con el tiempo. Por eso, quien decida leerlo podrá examinar sus supuestos y discutir sus conclusiones. No para aceptar una nueva jerarquía de amenazas, sino para decidir cuáles podemos y estamos dispuestos a enfrentar.

Referencias para profundizar la lectura

  • Murray CJL, Kanem N, Abed S, et al. The Lancet Commission on 21st century global threats to health. Lancet. 2026; 408:1603–61.
  • Horton R. Offline: In praise of astrologers, sorcerers, and magicians. Lancet. 2026; 408:1538.
  • Morrison JS. 21st century global threats to health are not what you think. Lancet. 2026; 408:1533–35. <

*El autor es investigador Emérito del SNII. Profesor Emérito del Instituto para la Medición y Evaluación de la Salud. Universidad de Washington. rlozano@uw.edu; @DrRafaelLozano. Les invito a comentar el texto en la mesa de discusión en https://rafaellozano.com.mx/

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El autor es profesor Titular del Dpto. de Salud Pública, Facultad de Medicina, UNAM y Profesor Emérito del Dpto. de Ciencias de la Medición de la Salud, Universidad de Washington. Las opiniones vertidas en este artículo no representan la posición de las instituciones en donde trabaja el autor.

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