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Otra vez sobre ?corrupción
Nada debe esperarse del gobierno para combatir este mal, por ser sus miembros los más beneficiados. Sólo la sociedad civil puede presionar para que haya cambios.
Conducta desviada de los deberes formales de los cargos públicos (por elección o designación) o privados para obtener una ventaja en dinero o influencia. Se necesitan dos: el que ofrece, o se ofrece, y el que recibe. Hay un tercer actor, anónimo, el pueblo en su conjunto, los pasivos, los dañados, los que carecen de poder político, social o económico. Y dentro del pueblo, los más perjudicados: los pobres.
La corrupción tiene mil caras, un sinfín de maneras. El nepotismo es una. La mordida, que va desde la gran tarascada hasta la pequeña derrama. El abuso de la posición en beneficio propio. La violación de la norma. Doy prioridad arbitrariamente a la concesión de un crédito a cambio de una comisión en dinero o especie, que también tiene múltiples formas como puede llevarse a efecto. Te doy el contrato entre una élite de pocos concursantes; si hoy no me toca, mañana sí, a cambio de una lana. Te doy para que no me multes. Te doy para que no te lleves mi coche al corralón. Te doy para que no me cierres el negocio, desde una empresa en toda forma hasta un changarrito. La corrupción como forma de extorsión, o sea, de delito. Los cabilderos que compran voluntades. Los legisladores que venden su voto. Los jueces que se prostituyen. Las transas con los impuestos. Vivimos la corrupción por doquier y cotidianamente.
En 1973, en Estados Unidos, una comisión nacional asesora sobre justicia criminal realizó un estudio sobre la materia. Se formularon al entrevistado 74 preguntas. La respuesta sí , que fue mayoritaria, denotaba la presencia de corrupción o de un ambiente propicio para que se diera. Una conclusión fue el costo creciente para el pagador de impuestos. Y en nuestro caso también para quien no los paga, especialmente los marginados, que son los más. ¿Por qué? Porque el fenómeno acrecienta desmesurada e injustamente las rentas de una minoría, gastadas en atesoramiento y bienes suntuarios, innecesarios, superfluos, que en un medio de honradez se destinarían a obras de beneficio social para elevar el nivel de vida.
Nada debe esperarse del gobierno para combatir este mal, por ser sus miembros los más beneficiados. Más bien lo atiza. Sólo la sociedad civil, cada vez más consciente y organizada, puede presionar para que haya cambios que mejoren el bienestar y la convivencia. Por ello, nunca sobra insistir en el tema.