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La guerra México – Estados Unidos y TLC 2.0
La Marcha de la Muerte (The Dead March, A History of the Mexican-American War), es un libro reciente del académico de la Universidad de Indiana Peter Guardiano, publicado por la Universidad de Harvard, sobre el siempre espinoso tema de la invasión de Estados Unidos a México. Un argumento central de Guardiano es que en realidad México mostró una enorme cohesión al momento de la invasión, ex realistas, centralistas, federalistas, hacendados y caciques locales combatieron juntos, con particular fiereza a los estadounidenses, lo que ocasionó innumerables pérdidas a los invasores, hizo impensable la ocupación permanente del territorio y exigir regiones que fueron defendidas con enorme patriotismo. Están, por supuesto, hechos como la decisión del general Mariano Paredes de retirar las tropas que tendrían que defender Monterrey, para dar, en plena invasión, un golpe de estado del Presidente Herrera, o la rebelión de los Polkos para tratar de evitar que los bienes del alto clero fueran utilizados para financiar la resistencia, pero lo que en general se generó, fue un clima de unidad nacional inédito hasta el momento. De hecho, el presidente Polk comete un enorme error de cálculo cuando piensa que su enorme poderío militar le podría ganar, sin decenas de miles de pérdidas humanas, el tomar territorios de México como sucedió cuando negociaron la Luisiana con Francia, Oregon con los ingleses y Florida con los españoles.
La reciente negociación del TLC puede tener algunos de estos elementos. Ante la posibilidad real de alcanzar un acuerdo del tratado, en un medio ambiente particularmente adverso al país, con un presidente estadounidense enemigo confeso de México, los actores nacionales involucrados fueron capaces de superar agravios y diferencias de fondo, para ofrecer al país estabilidad. El acuerdo merecía asumir riesgos y costos. El gobierno actual fue capaz de involucrar al nuevo en el proceso, compartir el éxito del acuerdo y tomar la responsabilidad de que las decisiones formales se quedaran en esta administración. Entendieron que no habría acuerdo posible sin el visto bueno de López Obrador. El nuevo gobierno entendió la magnitud de la oportunidad, se involucró en las mesas, concedió mérito a la administración de Peña y no dejó pasar la oportunidad de terminar con la incertidumbre que generó Trump desde su triunfo. Ambos se tuvieron que comer el sapo de dejar fuera a Canadá de la negociación, porque simplemente no había de otra.
El acuerdo en principio evade las exigencias más graves de Trump y sus negociadores, las reglas de contenido nacional en lugar del regional en el tema de los autos, la finalización automática del tratado, el imponer compromisos en materia energética más allá de las leyes nacionales. Se avanzó en temas laborales, financieros y de comercio electrónico. No es verdad que México ganó como resultado de la negociación, en realidad lo que sucedió es que perdió muy poco en un contexto sumamente adverso. Se perdió la oportunidad de mejorar el tratado en temas que tendrían que discutirse, como el ambiental o el migratorio, pero eso tendrá que esperar a la llegada de administraciones medianamente razonables en los Estados Unidos. Lo que urge ahora es una política industrial activa que complemente al tratado, que aproveche sus oportunidades, que supla sus deficiencias y que reduzca sus costos. Lo que se debió haber hecho desde 1994. Falta también la búsqueda activa de la diversificación comercial. Finalmente, a pesar de que el tratado se mantendrá, para bien de la estabilidad del país, la relación comercial de Estados Unidos con México será siempre cuestionada en ese país y seguirá en riesgo. Pero, en esta ocasión, la cohesión del país sirvió para poner por encima de todo el interés nacional, ante una grave amenaza estadounidense. Eso lo tenemos que reconocer.