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De la Segunda Guerra Mundial al Covid-19, dos lecciones internacionales
El 1 de septiembre de 1939 inició la Segunda Guerra Mundial. Se cumplen 81 años de la invasión de Hitler a Polonia y de la inmediata reacción por parte de Francia y Reino Unido. Dos semanas después, el 17 de septiembre, la Unión Soviética invadiría Polonia.
Las bases que con tanto esfuerzo se colocaron alrededor de la Sociedad de las Naciones a través del Tratado de Versalles, en junio de 1919, para crear un organismo internacional que consolidara la paz a través de la diplomacia, resultaron fisuradas. Al mismo tiempo, el escenario resultó ser muy complejo para aquellos que deseaban ver al derecho internacional erigirse en una eficaz fuerza supranacional, porque la guerra pareció venir a refrendar el valor de la soberanía.
Los comentaristas del periodo de entreguerras argumentaron que, si la Sociedad de las Naciones era capaz de imponerse sobre amplios sectores de la opinión mundial a través de los ideales que encarnaba, “conquistaría entonces el tiempo suficiente para arraigar en el corazón humano tal como había ocurrido con los imperios”, escribe Mark Mazower en el libro Gobernar el mundo.
Desde el primer momento se hallaba inscrita en el ADN de los nuevos organismos internacionales la inevitable tensión entra los mezquinos intereses que las potencias perseguían con ellos y toda la retórica e ideales que generaban a su alrededor. El internacionalismo convenía particularmente a los Estados pequeños, porque a través de ellos podrían aminorar las enormes asimetrías frente a las grandes potencias.
La pregunta fundamental que subyace en la creación de instituciones internacionales a partir de 1918 es: ¿Por qué razón iba una gran potencia a sentir la más mínima necesidad de algo como la Sociedad de las Naciones? Cien años después la respuesta sigue siendo vigente: para perpetuar la paz.
La justicia internacional también es heredera de los esfuerzos que varias naciones llevaron a cabo después de la Segunda Guerra Mundial. Este año se cumplen 75 años del inicio de los Juicios de Núremberg, punto de partida no sólo en la construcción del derecho internacional sino del derecho penal internacional. La incorporación del tema de los derechos humanos fue fundamental.
En nuestro continente americano también hemos visto a lo largo de la historia grandes esfuerzos para coordinar la cooperación regional. James Blaine, secretario de Estado de Estados Unidos entre 1889 y 1892 tenía una visión avanzada sobre la integración; sostuvo que el panamericanismo marcaría un camino hacia una alternativa a otros modelos de cohesión: “La cooperación sincera, basada en la confianza vehemente, salvará al conjunto de estados americanos de los males y castigos que durante largo tiempo han aquejado cruelmente a las antiguas naciones del mundo (...) Un espíritu de justicia, interés común y equidad entre los Estados americanos no permitirá dejar resquicio alguno para un artificial reparto de fuerzas como el que ha llevado a la guerra en otros lados”.
Este año 2020 tenemos muchos motivos para reflexionar el estado que guardan los organismos multilaterales y, sobre todo, pensar en las razones por las que varios gobernantes del mundo intentan regresar a un estadio donde el nacionalismo es celebrado como el antagonista de la globalización que regenerará las condiciones de vida de los gobernados.
Durante los últimos meses hemos visto cómo la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha ido ganando jerarquía ante la confusión en la carrera por encontrar la vacuna que alivie el nuevo coronavirus. Al principio de la pandemia, la OMS se encontró en medio del fuego cruzado de potencias que intentaban señalar a su respectivo antagonista como culpable del nacimiento del virus Covid-19. Ahora, al paso de los meses, la OMS tiene la única voz clara, legítima y confiable para determinar la eficacia de las vacunas que se están desarrollando.
En efecto, tenemos muchos motivos para defender a los organismos internacionales.