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¿Por qué haces lo que haces?
Maribel Núñez Mora F. | Columna Invitada
El viernes estuve en una ceremonia de investidura de Doctor Honoris Causa de una querida amiga en la UNAM. Lo primero que pensé fue que esta distinción tiene algo distinto a cualquier grado académico. No se obtiene después de cursar un programa y cumplir determinados requisitos. Se otorga como reconocimiento a una trayectoria y a las contribuciones que una persona ha realizado a lo largo de su vida profesional, académica, científica, artística o social.
Mientras escuchaba las semblanzas de las personas reconocidas, pensé en algo que rara vez hacemos con nuestra propia vida profesional: mirar la trayectoria completa. Mientras estamos trabajando, estudiando, cambiando de empleo, emprendiendo proyectos o resolviendo problemas, nuestra atención suele estar puesta en lo inmediato. Tenemos una responsabilidad que cumplir, un cliente que atender, una meta que alcanzar o un problema que resolver. Es difícil distinguir desde ahí qué es lo que realmente está organizando nuestras decisiones. Desde afuera, una trayectoria se ve distinta. Al escuchar lo que esas personas habían hecho durante años, resultaba más sencillo reconocer ciertos temas que se repetían, ciertas preocupaciones, determinadas formas de trabajar y contribuciones que terminaron adquiriendo un significado mayor del que probablemente tenían cuando ocurrieron.
Esa ceremonia me hizo recordar una conversación que había tenido con un amigo sobre el WHY de Simon Sinek. Sinek plantea el WHY como el propósito, la causa o la creencia que está detrás de lo que hacemos. No se refiere a ganar dinero. El dinero aparece como resultado. La pregunta apunta a algo anterior: qué nos mueve a hacer aquello que hacemos.
Siempre me ha llamado la atención que en español la pregunta “¿por qué haces esto?” no necesariamente nos lleva al mismo lugar. Muchas veces respondemos con una explicación: porque necesito dinero, porque estudié esto, porque apareció una oportunidad, porque alguien me invitó o porque era el siguiente paso lógico. Todas son respuestas válidas, pero explican una circunstancia y no necesariamente aquello que sostiene nuestra decisión. Quizá por eso me interesa conservar el WHY en inglés. Tiene una amplitud que la pregunta “¿por qué?” no siempre conserva cuando la traducimos literalmente.
Y creo que ahí está la parte interesante del WHY. No tanto en encontrar una frase bonita que explique nuestra vida profesional, sino en preguntarnos si aquello que decimos que queremos hacer tiene suficiente fuerza para sostenernos cuando hacerlo empieza a costar. Mientras todo va bien, casi cualquier razón funciona. La dificultad aparece después, cuando el proyecto tarda más de lo esperado, cuando los ingresos no llegan, cuando tenemos que aprender algo nuevo, cuando debemos rechazar otras oportunidades, cuando una decisión implica renunciar a cierta comodidad o cuando el entusiasmo inicial desaparece. Es en ese momento cuando el WHY deja de ser una explicación y empieza a enfrentarse con la realidad.
Pensemos en algo tan sencillo como correr. No es lo mismo decir “voy a entrenar para correr un medio maratón” que decir “quiero ser maratonista”. La primera frase plantea una meta concreta. Hay una fecha, una distancia y un resultado que alcanzar. La segunda plantea algo diferente. Habla de quién queremos llegar a ser y de una práctica que tendremos que sostener durante mucho más tiempo. Entrenar durante meses supone levantarse algunos días con ganas y otros sin ellas, ajustar horarios, cuidar alimentación y descanso, aceptar que el cuerpo no siempre responde como queremos y seguir entrenando cuando tenemos trabajo o preferiríamos hacer cualquier otra cosa. En algún momento, la pregunta deja de ser si queremos correr determinada carrera. La pregunta se convierte en por qué estamos dispuestos a hacer todo lo necesario para convertirnos en aquello que dijimos que queríamos ser.
Eso mismo ocurre en la vida profesional. Decir “quiero tener mi propio despacho”, “quiero dar clases”, “quiero escribir un libro”, “quiero construir una empresa” o “quiero trabajar por mi cuenta” describe una meta, pero no necesariamente nos dice qué nos hará sostenerla cuando aparezca la parte menos atractiva del proceso. Una cosa es querer algo y otra muy distinta estar dispuesto a sostener las decisiones que ese algo exige. Por eso me parece que el WHY tiene una función mucho más práctica de lo que solemos reconocer. No sirve únicamente para comunicar mejor una empresa o para construir un discurso de marca. También sirve para revisar nuestras propias decisiones y preguntarnos desde dónde estamos construyendo aquello que queremos sostener durante los próximos años.
Si conozco qué hago, pero no tengo claro para qué lo hago, cualquier dificultad puede convertirse en una razón para detenerme. Si conozco aquello que está detrás de lo que hago, una dificultad sigue siendo una dificultad, pero deja de ser necesariamente una señal para abandonar. Eso tampoco significa que tener un WHY nos obligue a mantener una decisión para siempre. Existen proyectos que debemos cerrar, trabajos que necesitamos dejar y caminos que tendremos que cambiar. Tener una razón para hacer algo no convierte esa decisión en irrevocable. La pregunta es otra: ¿la razón que nos llevó hasta ahí sigue siendo suficientemente importante para nosotros?
Y aquí regreso a la ceremonia del viernes. Un Doctor Honoris Causa no recibe esa distinción por haber encontrado una buena frase para explicar su propósito. La recibe después de una trayectoria en la que otras personas encuentran méritos y contribuciones excepcionales. Eso me hizo pensar que quizá tampoco necesitamos tener perfectamente formulado nuestro WHY desde el principio. Tal vez muchas veces lo reconocemos después, cuando miramos hacia atrás y encontramos algo que se repite detrás de decisiones que, vistas por separado, parecían no tener demasiada relación.
Primero hacemos, elegimos, insistimos, cambiamos, volvemos a intentar y aprendemos. Con el tiempo empezamos a notar que hay algo que aparece una y otra vez. Una preocupación, una forma de resolver problemas, una manera de relacionarnos con otros, un tipo de trabajo al que regresamos o una clase de resultado que seguimos buscando aunque cambien las circunstancias. La trayectoria empieza a decirnos algo que nosotros mismos no habíamos sabido nombrar.
Por eso me interesa menos la pregunta “¿cuál es tu propósito?” y mucho más otra: “¿puedes explicar desde dónde haces lo que haces?”. La respuesta no necesita sonar extraordinaria ni convertirse en una declaración para publicar en redes sociales. Tiene que ser suficientemente verdadera para nosotros y, sobre todo, suficientemente fuerte para resistir el desgaste.
Porque el tiempo pone a prueba casi todas nuestras decisiones profesionales. La emoción inicial disminuye. Las dificultades aparecen. Los resultados tardan. Algunas oportunidades se pierden y otras llegan cuando ya habíamos cambiado de dirección. En esos momentos descubrimos si estábamos persiguiendo solamente una meta o si detrás de ella había una razón que nos importaba lo suficiente para seguir construyendo.
Quizá por eso una trayectoria larga dice tanto. No solamente muestra lo que una persona hizo. También permite observar aquello que decidió sostener durante años. Y tal vez ahí está la pregunta que vale la pena hacernos: cuando explicamos lo que hacemos, ¿el WHY que damos tiene suficiente fuerza para sostenernos cuando hacerlo deje de ser fácil?
elpoderdelriesgo@gmail.com
*La autora es fundadora de El Poder del Riesgo y Directora General de Punto Cero Consultores.
"La incertidumbre no se elimina. Se estructura."