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Geopolítica

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Posible muerte por peste neumónica en Rusia: ¿Por qué puede fallar la bioseguridad en un laboratorio?

Foto: Shutterstock

Una trabajadora de 28 años del Instituto de Investigación Antiplagas de Irkutsk, en Siberia (Rusia), murió hace unos días tras desarrollar una neumonía fulminante. El centro en el que trabajaba investiga algunos de los microorganismos más peligrosos que todavía circulan en la naturaleza, entre ellos Yersinia pestis, la bacteria causante de la peste. La enfermedad neumónica por peste, sin tratamiento, tiene una mortalidad prácticamente del 100 por ciento.

Las primeras informaciones apuntaban a una posible infección por peste neumónica tras un accidente de laboratorio. Sin embargo, las autoridades aún no han confirmado exactamente el patógeno responsable de la muerte. A pesar de ello, los trabajadores del centro han sido aislados y los contactos están sometidos a vigilancia.

El caso plantea una pregunta interesante: ¿cómo se protege a quienes trabajan diariamente con microorganismos capaces de causar enfermedades graves o incluso mortales? La respuesta empieza por los llamados niveles de bioseguridad, más conocidos por sus siglas inglesas BSL (Biosafety Level).

Los laboratorios de investigación biológica se clasifican en cuatro niveles de bioseguridad según el riesgo que suponen los patógenos para el trabajador, el entorno y el fin de la investigación. El BSL-1 corresponde al riesgo más bajo; por ejemplo, trabajar con levadura de cerveza. El BSL-2 añade medidas de contención para quienes manipulan microorganismos capaces de causar enfermedad pero para los que existe tratamiento, ya que no se transmiten fácilmente a la comunidad.

El BSL-3 –el aplicado cuando se manipula Yersinia pestis– rige para agentes de alto riesgo para el trabajador, pero de baja transmisión a la comunidad, como virus transmitidos por contacto con sangre. Este nivel incorpora estrictos controles de esterilización, acceso y contención. El BSL-4 está reservado para algunos de los microorganismos más peligrosos y exige las máximas barreras de aislamiento respiratorio y protección hacia el exterior, ya que pueden transmitirse por el aire.

Pero por más precauciones que se apliquen, conviene recordar que, para muchos patógenos, no existen barreras infranqueables. Tampoco existe tecnología capaz de convertir un laboratorio en una cámara acorazada.

Encontramos un buen ejemplo en la propia Yersinia pestis. En 2009, el biólogo Malcolm Casadaban, científico de la Universidad de Chicago, murió tras infectarse con una cepa de laboratorio de esta bacteria. Lo sorprendente era que trabajaba con una cepa atenuada que no se consideraba peligrosa porque necesitaba un medio especial muy rico en hierro. Desafortunadamente, Casadaban padecía una enfermedad genética en la que el organismo acumulaba cantidades altísimas de hierro (hemocromatosis) y fue, probablemente, esa abundancia de hierro en su organismo lo que compensó la debilidad que hacía a la bacteria de la peste menos virulenta. La vía exacta por la que se infectó nunca pudo determinarse .

El caso demuestra una característica fundamental de la bioseguridad: el riesgo no reside únicamente en el microorganismo. Surge de la interacción entre el microorganismo, el tipo de experimento, las instalaciones y la persona que lo manipula.

Accidente con meningitis

Tampoco es necesario trabajar con peste, ébola o algún otro microorganismo apocalíptico para estar en riesgo. En 2012, un joven científico de 25 años que trabajaba en California con la bacteria causante de la meningitis, comenzó a encontrarse mal al salir del laboratorio. Falleció al día siguiente. Las pesquisas posteriores encontraron varias deficiencias en las prácticas de seguridad, entre ellas la manipulación de cultivos sobre una mesa abierta en lugar de hacerlo dentro de una cabina de seguridad biológica.

Incluso las barreras físicas pueden fallar. En 1978, Janet Parker, fotógrafa médica de la Universidad de Birmingham (Reino Unido), contrajo viruela trabajando en un piso situado sobre un laboratorio que cultivaba el virus. Parker nunca trabajó en aquel laboratorio. La investigación oficial consideró distintas posibles vías por las que pudo producirse la infección, incluida la dispersión del virus por hormigas a través de la conducción eléctrica. La fotógrafa murió semanas después y pasó a la historia como la última persona fallecida por viruela antes de que la enfermedad fuese declarada erradicada.

Henry Bedson, director del laboratorio de la viruela, se suicidó. La investigación posterior examinó no solo las actuaciones del laboratorio, sino también un sistema de supervisión que había permitido continuar trabajando pese a que meses antes se habían señalado algunas deficiencias en las instalaciones y medidas de seguridad.

La muerte de un puma en el Gran Cañón

Pero la bioseguridad no termina en las paredes de un laboratorio. En 2007, Eric York, un zoólogo de fauna silvestre del Parque Nacional del Gran Cañón, encontró muerto a uno de los pumas que seguía mediante radiocollar. Convencido de que el animal había muerto durante una pelea con otro puma, trasladó el cadáver y realizó una necropsia sin protección respiratoria ni guantes. Tres días después comenzó a sufrir fiebre y tos con expectoración sanguinolenta.

Inicialmente se sospechó que había contraído la gripe. Murió pocos días más tarde. La autopsia reveló que padecía peste neumónica y los análisis demostraron que la cepa de Yersinia pestis que lo había infectado coincidía con la hallada en el puma. Probablemente, el zoólogo se contagió a partir de pequeñas gotas o aerosoles contaminados generados mientras manipulaba al animal.

El caso ilustra otra cara de la bioseguridad: el riesgo biológico no siempre viene marcado con letrero. Un animal encontrado muerto en el campo puede requerir precauciones comparables a las utilizadas para manipular un patógeno peligroso en un laboratorio. La primera barrera de contención es reconocer el riesgo potencial.

Barreras sucesivas para minimizar el riesgo

La investigación con microorganismos peligrosos es imprescindible. Gracias a ella podemos diagnosticarlos, vigilarlos, desarrollar vacunas y tratamientos. El objetivo razonable no puede ser eliminar completamente el riesgo —algo imposible en cualquier actividad humana—, sino reducirlo mediante barreras sucesivas y conseguir que, cuando una falle, las demás impidan que el accidente se convierta en una tragedia.

Por eso la bioseguridad moderna se basa en capas. Una cabina puede fallar, el guante se puede rasgar, muchas veces vamos con prisas y se pasan por alto normas mínimas de seguridad. Además, una cepa atenuada puede comportarse de manera inesperada. Sin olvidar que un trabajador enfermo puede interpretar sus primeros síntomas como una gripe y, pasados los días, acudir a un médico que desconoce que su paciente manipula diariamente un determinado patógeno.

Todavía no sabemos qué ocurrió realmente en Irkutsk, ni si la muerte de la joven científica estuvo relacionada con su trabajo. Precisamente por eso, será importante conocer qué revela la investigación. La historia de la bioseguridad demuestra que los accidentes rara vez dependen de una única barrera que falla: suelen aparecer cuando coinciden pequeños errores, riesgos que no se reconocen y peligros que se subestiman.

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