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El valor de contrastar, no sólo confirmar
Joan Lanzagorta | Patrimonio
Algunos lectores me escriben para pedir mi opinión sobre una decisión financiera que ya tomaron. Muchos de ellos, sin embargo, no buscan mi consejo. Lo que en realidad quieren es validación.
A veces me doy cuenta por la manera como plantean la pregunta. Por ejemplo: ¿crees que vale la pena invertir en oro en estos momentos? Eso suele indicar (aunque no siempre) que lo que buscan es que yo confirme lo que ellos ya piensan hacer.
Mi respuesta por lo general les decepciona. Nunca les digo ni que sí ni que no, porque no conozco sus circunstancias. Hacerlo sería irresponsable. Lo que trato es darles elementos para que tomen una decisión informada.
Les digo, por ejemplo, que el oro puede tener un papel dentro de un portafolio de inversión diseñado de acuerdo con su situación financiera, sus objetivos y su tolerancia al riesgo. Trato de poner en contexto que, aunque se considera un “refugio seguro”, su precio tiene una gran volatilidad (a veces mayor que muchas acciones). Les ilustro que, aunque en los dos últimos años su precio se ha disparado, ha habido periodos muy largos de tiempo en los cuales su precio creció poco o nada en términos nominales y perdió valor en términos reales.
La mayoría de esos lectores ya no me contesta, porque la respuesta que les di no era lo que ellos esperaban, a pesar de ser mi visión honesta y responsable.
La realidad es que cada vez recibo menos preguntas, porque la gente prefiere buscar el video en redes sociales que confirme su manera de pensar. Aquel que prometa que el precio del oro va a seguir volando como un cohete.
Así es como funciona la mente humana. Cuando una idea está en línea con lo que pensamos, la aceptamos sin cuestionar. Nos da tranquilidad porque confirma nuestro razonamiento.
Pero cuando una idea nos contradice, aun con argumentos que tienen mérito, sentimos incomodidad y rechazo. Incluso si decidimos cuestionarla, lo hacemos desde una posición defensiva, buscando elementos para descartarla. Eso es más fácil que admitir que quizá nos equivocamos.
Eso se llama sesgo de confirmación y está documentado en múltiples estudios de psicología social y economía conductual.
Por eso la gente prefiere seguir a los influencers que les dicen lo que quieren oír: les ahorra el esfuerzo de pensar. Por eso una respuesta seria y honesta como la mía, que invita a la reflexión, que plantea riesgos, que da matices, suele quedarse sin contestación. Es más fácil buscar otro contenido que confirme la idea que ya tenían.
En otras palabras: si buscas razones para hacer algo, las encuentras. Si buscas razones para no hacerlo, también.
Morgan Housel explica esto muy bien en su libro “La psicología del dinero”. Información hay mucha. Pero también hay mucho ruido. El mundo financiero genera tantas historias y tantas “pruebas” que cada quién puede seleccionar la que mejor se ajuste a sus propias creencias.
Housel cuenta, por ejemplo, que mucha gente se siente muy segura diciendo: “hice mi investigación” porque vio algunos gráficos, leyó algunos análisis y escuchó a un experto que sonaba convincente. Sin embargo, casi nunca contrasta esa información con alguien que piense distinto o con datos que contradigan su idea inicial.
En la práctica, la “investigación” que muchas personas realizan suele consistir en encontrar argumentos que vayan en línea con la decisión que ya tenían tomada.
Así, si alguien ya decidió comprar oro, va a buscar y se va a suscribir a canales de “expertos” que respalden su postura y calificará al resto como “inexactos” o incluso “tendenciosos”.
El problema rara vez es falta de información. Más bien, es que la lente con la que la filtramos está distorsionada.
La gente siente que “investigó” y que “hizo la tarea”. Pero eso muchas veces no significa que pusieron a prueba su idea original, no la contrastaron ni se detuvieron a pensar qué sucedería si las cosas no salen como esperaban.
A pesar de todo esto, cuando alguien me consulte, yo voy a seguir respondiendo como siempre lo he hecho. Desde que inició esta columna, me he enfocado en ofrecer a los lectores elementos que les ayuden a tomar mejores decisiones financieras. Por eso hablo de riesgos, matizo ideas (en ocasiones las critico), doy puntos de vista y trato de poner las cosas en contexto. Con los años y la experiencia, mi forma de pensar ha evolucionado.
Lo que no hago, nunca he querido hacer, es ofrecer recetas. No puedo decirle a nadie qué hacer con su propio dinero: eso sería irresponsable, porque no conozco a detalle su situación financiera, sus necesidades, sus prioridades de vida e incluso su personalidad.