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Riesgos actuales para las economías emergentes
Raúl Martínez Solares | Economía conductual
“Un mercado emergente es un país donde la política importa al menos tanto como la economía para el mercado”. Ian Arthur Bremmer, politólogo y empresario estadounidense, fundador de Eurasia Group, consultoría de riesgos políticos.
Durante más de una década, los mercados emergentes han sido una promesa recurrente para los inversionistas internacionales. La lógica detrás de esa expectativa es conocida: economías con mayor crecimiento potencial, poblaciones jóvenes y oportunidades de expansión productiva que, en teoría, deberían traducirse en mejores rendimientos financieros. Sin embargo, la evidencia reciente ha sido menos alentadora. Desde 2010, el índice MSCI Emerging Markets no ha superado al S&P 500 durante dos años consecutivos, lo que podría ser una señal de que el entusiasmo por estas economías ha decaído y no tiene consistencia real.
Un artículo reciente de Shuli Ren, publicado esta semana en Bloomberg, analiza este fenómeno. Sostiene que los mercados emergentes vuelven a enfrentar un entorno adverso causado por factores externos: algunos de origen geopolítico, otros, por decisiones económicas de las principales potencias globales.
Hablando de lo ocurrido en los últimos días, el artículo señala que al inicio de 2026 las condiciones parecían relativamente favorables para estos mercados. Factores como un dólar relativamente débil y un crecimiento global moderado pero estable suelen impulsar los flujos de capital hacia las economías emergentes. Además, los inversionistas mostraban interés en diversificar sus portafolios fuera de Estados Unidos y de algunas regiones afectadas por tensiones geopolíticas, como Asia.
Ese entorno cambió con el conflicto en Medio Oriente. Desde los primeros ataques del 28 de febrero contra Irán, las bolsas de valores de varios mercados emergentes registraron caídas cercanas al 10%. En contraste, las estadounidenses se mantuvieron relativamente estables o presentaron episodios de volatilidad que se recuperaron rápidamente.
La reacción de los inversionistas respondió a un patrón conocido: cuando aumenta la incertidumbre global o regional, los portafolios tienden a desplazarse hacia activos percibidos como más seguros. Los primeros afectados son los mercados emergentes, con salidas de capitales y volatilidad en los precios de activos, monedas y bonos.
En este fenómeno, conocido como “de-grossing”, se reducen las posiciones y el nivel de apalancamiento por parte de inversionistas institucionales cuando perciben que el riesgo global está aumentando. Mercados que habían tenido un mejor desempeño el año anterior también registraron correcciones pronunciadas.
Otro factor de presión es el mercado energético, cuya volatilidad reciente en los precios del petróleo afecta principalmente a las economías emergentes dependientes de importaciones de energía. Cuando sube el costo del petróleo, empeoran las balanzas comerciales, aumenta la inflación y se debilita el crecimiento económico.
El artículo agrega un elemento adicional: el posible efecto de un shock energético sobre el ciclo tecnológico asociado a la inteligencia artificial. En economías altamente industrializadas como Taiwán y Corea del Sur, una parte significativa del consumo energético proviene de petróleo y gas, por lo que, si los costos energéticos aumentan de forma relevante y sostenida, las empresas tecnológicas podrían moderar sus inversiones.
Los mercados emergentes siguen siendo más sensibles a los cambios en el entorno internacional. Su desempeño depende no solo de sus propias políticas económicas, sino también de variables externas, como los precios de la energía, los flujos de capital globales y las decisiones de las principales potencias económicas.
Desde la perspectiva de la economía conductual, esta dinámica refleja la forma frecuentemente irracional con la que los inversionistas procesan la incertidumbre. Ante episodios de tensión o volatilidad, la reacción predominante suele ser reducir la exposición al riesgo. Este comportamiento está fuertemente influido por la aversión a las pérdidas. Los inversionistas prefieren evitar posibles (aunque inciertas) pérdidas inmediatas, incluso si ello implica renunciar a oportunidades de rendimiento a largo plazo.
Estas tendencias tienen implicaciones relevantes para México. Como economía emergente integrada a los mercados financieros internacionales, el país es sensible a los cambios en el apetito global por el riesgo. La volatilidad incrementa las presiones sobre el tipo de cambio, provoca ajustes en los mercados financieros y genera mayor cautela en los flujos de inversión, incluso si el dólar se debilita.
La experiencia internacional muestra que la vulnerabilidad ante estos episodios depende en gran medida de la fortaleza de los fundamentos internos. Países con cuentas externas relativamente equilibradas, sistemas financieros sólidos y políticas macroeconómicas creíbles tienden a resistir mejor los episodios de turbulencia global.
Para México, el reto consiste en consolidar esos fundamentales. Al mismo tiempo, debe aprovechar las oportunidades derivadas de la reorganización de las cadenas globales de suministro.
El desempeño de los mercados emergentes depende tanto de factores estructurales como de percepciones. Cuando el entorno global es estable, el capital busca oportunidades de crecimiento; en cambio, en entornos inciertos, prevalece la búsqueda de seguridad.
El destino de las economías emergentes depende, en parte, de ese cambio de percepciones. Los mercados reaccionan tanto a los datos como a las narrativas dominantes del entorno global.