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Premio Nobel de Economía 2026
Raúl Martínez Solares | Economía conductual
“Las autoridades no deben ver la estabilización de la economía como un ejercicio que se realiza simplemente tirando de palancas para controlar la economía, independientemente de lo que la propia gente en la economía entienda al respecto”. Michael Woodford, Premio Nobel de Economía 2026.
Esta semana, la Real Academia Sueca de Ciencias concedió el Premio Nobel de Economía 2026 a Robert E. Hall, de la Universidad de Stanford y a Michael Woodford, de la Universidad de Columbia. El reconocimiento se otorga “…por demostrar cómo pueden reconstruirse los modelos económicos para revitalizar la política de estabilización. En lugar de basar los modelos en vínculos estadísticos entre variables macroeconómicas —tales como la inflación, la producción y el consumo—, optaron por fundamentarlos en fundamentos microeconómicos. Esto implica comprender cómo el conjunto de hogares y empresas individuales influye en la economía a través de sus acciones”.
Estas contribuciones, en el fondo, abordan cómo las expectativas y las percepciones de las personas terminan por mover la economía entera.
Desde Keynes, la política de estabilización monetaria, consistente en bajar las tasas (a través de la tasa de referencia) y, en su caso, ampliar el déficit en las recesiones y, por el contrario, reducirlo en los periodos de inflación, fue la herramienta prescrita para suavizar los ciclos económicos y atender los temas de control de precios y de crecimiento económico.
En los setenta, en EUA el modelo perdió eficacia porque no redujo el desempleo y alimentó una inflación descontrolada. Pero Hall y Woodford mostraron la necesidad de reforzar esos modelos con fundamentos microeconómicos, a partir de las decisiones reales de hogares y empresas; en vez de limitarse a medir las correlaciones entre grandes variables como la inflación, la producción y el consumo. En esta perspectiva, lo macro es el resultado de millones de decisiones micro, muchas de ellas tomadas en los hogares.
Hall se centró en el consumo y demostró que lo que una familia decide gastar hoy depende de lo que espera ganar mañana. Si es optimista sobre su ingreso futuro, gasta más; si es pesimista, se contiene. El consumo de los hogares incorpora entonces expectativas que varían en función de factores no necesariamente racionales ni cuantitativos. En un trabajo de Hall de 1982, junto con Frederic Mishkin, concluyeron que cerca del 80% de los hogares decidía su gasto con base en esas expectativas de futuro.
Woodford analizó los precios y la política monetaria, demostrando que las empresas fijan sus precios no tanto por lo que ocurre hoy, sino por lo que anticipan ocurrirá en el futuro y por la respuesta consecuente de sus competidores. Si un banco central quiere influir en la inflación, su mecanismo no se limita a ajustar la tasa de interés, sino que también moldea las expectativas de la gente sobre cómo evolucionará en el futuro. A este planteamiento se debe en gran medida la relevancia que, desde hace algunas décadas, los bancos centrales otorgan a la comunicación clara y creíble de sus intenciones (conocida como forward guidance).
Para ambos, las expectativas desempeñan un papel central. La estabilización de la economía no la logran, como señala Woodford, con “técnicos jalando palancas” al margen de lo que la gente entiende, sino en constante diálogo con esas percepciones.
En el caso de Woodford, el giro hacia la conducta es explícito. La materia que hoy imparte en Columbia University se llama “Cognitive Mechanisms and Economic Behavior”(Mecanismos cognitivos y comportamiento económico), centrada en el estudio de cómo la mente procesa la información y forma expectativas.
En el caso de México, si partimos de la premisa de que la política monetaria funciona moldeando expectativas que afectan las decisiones de gasto de los hogares, esa llamada “correa de transmisión” requiere que el sistema efectivamente llegue a la gente. Y en México ese alcance es limitado. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2024 del INEGI y la CNBV, solo el 63% de los adultos tiene una cuenta formal y apenas el 37.3% dispone de algún crédito formal, concentrado, además, más en tarjetas departamentales (22.6%) que en tarjetas bancarias (15.7%).
Hay un elemento en México que incide en esta visión: el precio del crédito. De acuerdo con los Indicadores Básicos de Tarjetas de Crédito del Banco de México (con datos a junio de 2025), la tasa efectiva que en promedio paga el conjunto de los tarjetahabientes ronda el 23.9% anual; pero, descontando los llamados totaleros, la tasa en promedio sube a 37.1% y hasta 52.7% al descontar las promociones. Cuando el costo marginal del crédito de un hogar así ronda el 40% o el 50%, el hecho de que la tasa de referencia de Banxico esté en 11% o en 6.5% tiene un efecto limitado en las decisiones de los hogares de gastar hoy o de ahorrar para mañana.
El reconocimiento nos recuerda que la política monetaria es, en buena medida, un ejercicio de expectativas y de comunicación. Pero un banco central solo puede guiar las expectativas de quienes perciben sus señales. En países en los que una parte relevante del consumo se da en la informalidad o en los que las tasas son tan altas que la tasa de referencia (en términos de percepción) resulta de menor relevancia, la comunicación pierde fuerza.
Por ello, ampliar la inclusión financiera y abaratar el crédito no son temas ajenos a la política monetaria, sino que constituyen condiciones para mejorar el impacto de la acción de los bancos centrales.