Buscar
Finanzas Personales

Lectura 5:00 min

PISA 2025: el retroceso educativo

Raúl Martínez Solares | Economía conductual

El analfabeto del futuro no será la persona que no sabe leer. Será la persona que no sepa cómo aprender”. Alvin Toffle

La semana pasada, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) dio a conocer los resultados de PISA 2025, la prueba que cada tres años mide como aplican el conocimiento que tienes jóvenes de quince años en matemáticas, lectura y ciencias. La noticia fue mala en casi todo el mundo, y para México lo fue de manera particular.

En matemáticas, México obtuvo 388 puntos, siete menos que en 2022; en lectura, 408, también siete menos; en ciencias subió cuatro, hasta 414. Es necesaria una precisión técnica: la baja en matemáticas es estadísticamente significativa, mientras que los cambios en lectura y ciencias quedan dentro del margen de la prueba. Aun así, frente al promedio de la OCDE (463 en matemáticas, 461 en lectura y 482 en ciencias), la distancia es significativa: 75 puntos en matemáticas, 53 en lectura, 68 en ciencias. Como referencia, la propia OCDE calcula que cada veinte puntos equivalen, más o menos, a un año de escolaridad. El dato más duro no es el promedio, sino el piso: 41.8% de los estudiantes mexicanos quedó por debajo del nivel básico en las tres materias al mismo tiempo, contra 19.7% en la OCDE. Y en el otro extremo, apenas 0.5% alcanzó los niveles más altos en al menos una materia, frente a 11.9% del promedio. El puntaje en matemáticas es el más bajo que México registra en más de una década.

El tamaño del impacto se dimensiona al compararnos con economías parecidas a la nuestra. Entre los países latinoamericanos que participan, Uruguay logró 405 puntos en matemáticas y 423 en lectura; Chile, 403 y 436; Costa Rica, 387 y 416. México quedó por debajo de los tres en lectura y solo por encima de Costa Rica, por un punto, en matemáticas. La brecha con Chile en lectura ronda los treinta puntos, más de un año de aprendizaje. No hablamos de potencias educativas lejanas como Singapur o Japón, sino de vecinos con niveles de desarrollo semejantes, que aun con sus propios rezagos han sabido sostener mejor a sus estudiantes.

Es importante reconocer que la caída es mundial. La OCDE reportó que el desempeño promedio de sus países es el más bajo desde que existe la prueba, y que la proporción de estudiantes de bajo rendimiento pasó de 16% en 2022 a cerca de uno de cada cinco. Ya el descenso de 2018 a 2022 se había calificado de inédito; el de 2025 lo profundiza. Enfrentamos un deterioro que atraviesa fronteras y sistemas educativos muy distintos.

La tentación fácil es culpar a la pandemia. Pero la propia OCDE ha insistido en que el cierre de escuelas explica solo una parte del descenso, y que detrás hay problemas estructurales que ya venían de antes: la calidad y disponibilidad de los maestros, el tiempo efectivo de aprendizaje, la desigualdad. A ello se suma un factor que la economía conductual conoce bien: la erosión de la atención. La multiplicación de pantallas y teléfonos ha fragmentado la capacidad de concentración de los adolescentes, y aprender a leer con profundidad o a razonar un problema exige, precisamente, una atención sostenida que hoy escasea. En México, además, la desigualdad pesa como en pocos lados: entre los estudiantes más y menos favorecidos hay una diferencia de 68 puntos en ciencias.

Ninguna medición es perfecta, y vale reconocerlo. PISA retrata a los jóvenes de quince años en un solo examen, y en el caso de México las ciencias incluso mejoraron un poco. Pero las dos habilidades que más pesan sobre la vida futura de una persona —entender lo que lee y manejar operaciones matemáticas básicas— van a la baja, y el porcentaje de quienes no alcanzan siquiera lo mínimo es demasiado alto para encogerse de hombros.

Aquí es donde el problema deja de ser escolar y se vuelve económico. Un joven que hoy tiene quince años se incorporará al mercado de trabajo hacia 2030, en plena transformación del empleo por la automatización y la inteligencia artificial. Y esa transformación no vuelve prescindibles las habilidades básicas: las vuelve más valiosas. Quien no comprende un texto complejo ni razona con números queda mucho más expuesto a que una máquina lo sustituya, y con mayor probabilidad terminará en empleos precarios, mal pagados o informales. La brecha de aprendizaje de hoy es la brecha de productividad, de ingresos y de movilidad social de mañana. Para un país que apuesta a la relocalización de inversiones y a competir con talento, formar a una generación con estas carencias es hipotecar su propio futuro.

La educación tiene una desventaja política evidente: sus costos son inmediatos y sus beneficios, lejanos. Por eso suele posponerse, elección tras elección, mientras el deterioro se acumula en silencio. Los resultados de PISA 2025 deberían leerse no como una mala calificación más, sino como la señal de una emergencia que llevamos años administrando en lugar de resolver. Cada medición que normalizamos es una generación que dejamos ir.

Temas relacionados

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

Últimas noticias

Noticias Recomendadas