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Por qué ganar más, no siempre basta para cooperar
Raúl Martínez Solares | Economía conductual
“La envidia siempre va unida a la comparación de uno mismo; y donde no hay comparación, no hay envidia”. Francis Bacon.
Cuando estamos ante una situación en la que dos personas pueden producir juntas más de lo que lograrían por separado, deberíamos esperar que la cooperación surgiera casi automáticamente. Pero, en la práctica, ocurre a menudo lo contrario. Encontramos situaciones en donde los socios terminan por separarse, las alianzas nunca se concretan y los equipos no acaban de funcionar, aun cuando todos los que participan saldrían ganando. Vale la pena preguntarse por qué, una y otra vez, las personas dan la espalda a una cooperación que las pondría en una mejor situación.
La teoría económica convencional típicamente ofrece una respuesta que consiste en compartir el excedente generado por la cooperación, de modo que cada uno reciba al menos lo que obtendría por su cuenta y, además, una parte de la ganancia. Colaborar debería ser la decisión natural, pero el problema es que las personas no valoramos nuestro ingreso de forma aislada, sino que lo comparamos con el de quienes nos rodean. Y, generalmente, cooperar con alguien implica convivir en un mismo espacio social y quedar expuestos a una comparación que, mientras trabajábamos por separado, sencillamente no existía.
En el estudio “An exploratory foray into the inclination to cooperate in spite of cooperation-induced stress”, de Stark y Kosiorowski, publicado en el Journal of Behavioral and Experimental Economics, se aborda esa “tensión”. Se introduce en la teoría de la cooperación un concepto poco usado que es el de “privación relativa”, entendida como el malestar de quien percibe que gana menos que con quienes se compara. A partir de ahí examinan cuándo la gente estará dispuesta a colaborar y cuándo preferirá no hacerlo.
El mecanismo es el siguiente. Cuando dos personas unen fuerzas, pasan a compartir el mismo espacio y a comparar sus ingresos. Si una de ellas recibe menos que la otra, experimenta una privación relativa que constituye un costo psicológico real. Por eso, aunque la cooperación eleve el ingreso de ambas, quien queda por debajo puede preferir seguir trabajando solo —donde no hay con quién compararse— con tal de no cargar con el malestar de sentirse rezagado. La ganancia material no siempre alcanza para compensar ese costo.
Lo que muestra la investigación es que el reparto habitual, que divide en partes iguales la ganancia derivada de la cooperación, frecuentemente no es suficiente para sostener la colaboración, porque deja a la parte más débil en desventaja frente a la otra.
Frente a ello, los autores proponen una regla distinta, que denominan “solución de privación relativa”, que contempla asignar una porción mayor a quien quedaría abajo para compensar el costo de la comparación, sin renunciar, a repartir de manera equitativa la ganancia en bienestar. Cuando el rechazo a la comparación es muy intenso, ninguna distribución consigue que la gente coopere, porque el costo emocional termina por superar al excedente que se reparte.
Por ello, la cooperación no se explica solo por los incentivos materiales, sino también por la percepción de justicia y por la comparación con los demás. Para que una colaboración se mantenga, no basta con que todos ganen; importa cómo se comparan esas ganancias. Esta idea afecta a las sociedades de negocios, a los equipos de trabajo y a buena parte de las políticas públicas.
En México, el asunto pesa más porque seguimos siendo una sociedad desigual, en la que comparar ingresos y esa “privación relativa” es parte de la experiencia cotidiana de millones de personas. En México, con el indice de Ginni, la desigualdad ha disminuido, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2024 del INEGI, este coeficiente se ubicó en 0.391, que es su nivel más bajo en décadas, después de registrar 0.402 en 2022 y 0.449 en 2016. Esto ha ocurrido en parte debido al efecto redistributivo de las transferencias y a los incrementos del salario mínimo. Pero sigue siendo una desigualdad elevada frente a la de las economías avanzadas, y esa distancia hace persistir la sensación de quedarse atrás, lo que encarece y dificulta la cooperación.
Para impulsar la colaboración, dentro de una empresa, entre proveedores de una cadena productiva o en un proyecto público-privado, no basta con que el pastel a repartir crezca. se requiere que su reparto tome en cuenta la comparación y resulte por lo menos creíblemente equitativo, de modo que quien podría sentirse en desventaja reciba algo que compense esa condición. Atender esta privación relativa, con repartos más justos, transparencia y reglas claras, no responde únicamente a una preocupación por la justicia; también es una condición para que la cooperación ocurra y rinda el excedente que promete.
El tema no es superficial porque buena parte de la vida económica de una sociedad descansa en formas de cooperación que, de manera inevitable, nos llevan a compararnos con otros. Tomar en serio que la disposición a colaborar depende no solo de cuánto ganamos, sino también de cómo nos vemos frente a los demás debería cambiar la forma en que diseñamos contratos, equipos e instituciones. Una colaboración se sostiene cuando el reparto se percibe como suficientemente justo; cuando no es así, muchos preferirán seguir su camino por separado, aunque con ello terminen en un peor lugar.