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¿Cómo aprendí a pagarme primero a mí mismo? (Parte 1 de 2)
Joan Lanzagorta | Patrimonio
El primer concepto de finanzas personales que apliqué en mi vida, sin saberlo, fue pagarme primero a mí mismo. Cuando en la feria me gané mi primera alcancía, mi abuelo fue el primero que depositó una moneda en ella. Me enseñó que era para ahorrar y que cuando se llenara podría comprar algo que me gustara. Me advirtió que tendría que tener paciencia y que no sabría cuánto dinero habría adentro hasta ese momento.
Cuando había alguna reunión familiar en casa, siempre pedía a los adultos una pequeña moneda. Yo era un niño pequeño: habré tenido 4 o 5 años. No recibía dinero, así que era la única forma que yo tenía. Mi abuelo siempre me daba alguna. En ese tiempo las monedas eran mucho más grandes que hoy.
Recuerdo que me gustaba agitar mi alcancía y sentir que pesaba más. Me emocionaba saber que poco a poco se iba llenando.
Cuando llegó el día en que ya no entraba una moneda más, mi padre y yo la rompimos. Al ver todo ese dinero junto, yo me sentía como un millonario.
¿Qué te vas a comprar?, me dijo papá. Yo quería una bicicleta. Todavía manejaba un triciclo y era momento de tener un vehículo de niño grande. Él me dijo que eso era muy caro y que si no prefería un juguete más pequeño. Yo le dije que mi dinero era para mi bicicleta y que si no era suficiente, necesitaba una alcancía más grande.
Mi abuelo me llevaba casi todos los días, antes de comer, a la feria que se ponía en el parque frente a su casa. Le dije y me ayudó a conseguir otra alcancía bastante más grande. La recuerdo muy bien: tenía la forma de un dálmata adulto.
Así que metí en la nueva todas las monedas que había sacado de la anterior, para obtener lo que quería.
Y lo logré. Pero no por mi esfuerzo. Esa Navidad en casa recibí algunos regalos, pero cuando fuimos a comer a casa de mis abuelos, la bicicleta me estaba esperando. Me dijeron que se la habían pedido a Santa Claus para mí.
Nunca supe si eso había sido un premio por mi disciplina de ahorro. Yo era un niño: no me lo dijeron y ni siquiera años más tarde se me ocurrió preguntar.
Aunque ya no quería una bicicleta, sí quería ver a mi perro dálmata llenarse, así que continué ahorrando, una moneda a la vez.
No sé cuánto tiempo tardé en finalmente romperla. Quizá fueron meses, pero en mi mente se sintieron como años. Cuando vi todo ese dinero junto, me sentí como Rico McPato. Me puse a ordenar las monedas por valor y a contarlas, para saber cuánto tenía.
Lo primero que hice fue comprar otra alcancía, aunque no tan grande. De tamaño mediano. Parte del dinero que había obtenido lo puse en la nueva. El resto me lo gasté sin culpa.
Tiempo después, mi padre empezó a darnos, a mí y a mis hermanos, un “domingo”. Nunca me hicieron trabajar por él: el requisito era simplemente ir bien en la escuela y hacer mis tareas, lo cual no me resultaba difícil.
Su idea era que en lugar de pedirle de vez en cuando para comprar algo en la tiendita de la escuela, nosotros recibiéramos una cantidad fija y aprendiéramos a administrarla.
Desde entonces, siempre que recibía dinero, depositaba una parte en mi alcancía. Mis hermanos me veían raro: ellos se lo gastaban relativamente rápido. Yo ahorraba antes y siempre me sobraba. De repente me compraba algo, pero no me gustaba desprenderme del dinero.
Eso continuó toda mi vida. En la secundaria y en la preparatoria, mi papá ya no me daba un domingo sino una “quincena”. Uno o dos días a la semana teníamos taller u otra actividad por las tardes y tenía que comer por ahí cerca.
En ese tiempo ya no tenía alcancía, pero sí una cartera vieja que guardaba en el cajón de mis calcetines. Y cada vez que recibía mi quincena, siempre guardaba una parte ahí.
Cuando cumplí 18 años, mi abuela me llevó al banco a abrir mi primera cuenta bancaria. Ella puso el monto de apertura: dos mil pesos, y me dijo que lo administrara bien. Que siguiera el ejemplo de mi abuelo, quien para entonces ya había fallecido.
Deposité ahí mis ahorros, abrí una pequeña inversión y desde entonces cada vez que recibía “quincena”, cuando ya estaba en la universidad, ahorraba una parte para mí. Me pagaba primero a mí mismo.
En la segunda parte contaré un poco más de mi propia historia.