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Food tours en CDMX o cómo la gastronomía ordena flujos y llena mesas
La gastronomía impulsa el turismo en México y se consolida como uno de los principales atractivos económicos y culturales del país.
En la economía turística contemporánea, la comida ya no es un gasto accesorio: es una motivación central. Cada vez más viajeros eligen destinos a partir de lo que pueden comer, aprender y experimentar en la mesa. En ese mapa global, México ocupa una posición privilegiada, no solo por la riqueza de su cocina, sino por su capacidad de convertirla en experiencia turística.
La Ciudad de México se ha transformado en un laboratorio vivo de este fenómeno. Su densidad gastronómica que reúne cocinas regionales, tradición popular, mercados, fondas, cantinas y proyectos contemporáneos, la ha convertido en una capital culinaria donde comer es también una forma de entender el país. Este contexto explica la llegada de modelos de turismo gastronómico como Sherpa Food Tour, empresa fundada en Buenos Aires que, tras operar en ciudades como Londres y Ámsterdam, apostó por México como uno de sus mercados estratégicos.
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Comer la ciudad: cuando la gastronomía se vuelve experiencia
A diferencia del turismo gastronómico tradicional, centrado en listas de restaurantes o experiencias de lujo, estos recorridos buscan traducir la cocina local al visitante extranjero. El modelo es simple, pero efectivo: caminar la ciudad, visitar distintos proyectos gastronómicos y sentar a desconocidos en una misma mesa para compartir platillos, historias e ingredientes.
Para Guillermo Borthwick, cofundador y CEO del proyecto, México tiene una ventaja difícil de replicar: “Aquí la gastronomía no es un nicho ni una moda, es identidad cotidiana. Eso se siente en la calle, en los mercados y en la forma en que la gente habla de comida”.
Taquerías imperdibles para disfrutar auténticos y deliciosos tacos de canasta en CDMX y alrededores.
En la práctica, la experiencia combina tacos —inevitables— con propuestas de cocina regional y proyectos contemporáneos que reflejan cómo la Ciudad de México funciona como un cruce de cocinas de todo el país. El objetivo no es mostrar “lo más famoso”, sino construir un relato gastronómico comprensible para quien visita la ciudad por primera vez.
Gastronomía, turismo y derrama económica
El crecimiento del turismo gastronómico tiene una lectura económica clara. De acuerdo con organismos internacionales de turismo, el gasto en alimentos y bebidas puede representar hasta un tercio del presupuesto total de un viajero. En destinos como la CDMX, donde la oferta culinaria es un atractivo en sí mismo, ese porcentaje suele ser mayor.
Además, estos modelos generan un efecto adicional: redistribuyen la demanda. Al llevar grupos a restaurantes en horarios de menor afluencia, permiten llenar mesas, activar cocinas y generar ingresos adicionales sin depender exclusivamente del pico turístico tradicional.
La lógica es clara: la gastronomía no solo atrae turistas, también ordena flujos y hace más eficiente el consumo. Para los restaurantes, implica visibilidad y volumen controlado; para el visitante, una experiencia curada que reduce la barrera de entrada a una cocina compleja y diversa.
Estado de México, Veracruz y Jalisco son las entidades con más taquerías.
México ante el Mundial 2026: la comida como protagonista silenciosa
La llegada del Mundial 2026 refuerza este escenario. Más allá del impacto hotelero o del entretenimiento, la gastronomía será uno de los principales beneficiarios del flujo turístico. Restaurantes, cantinas, taquerías y bares ya se preparan para atender una demanda concentrada, con menús más ágiles y propuestas pensadas para alto volumen.
Sin embargo, el reto será no sacrificar la experiencia. En zonas como la Roma, Condesa o el Centro Histórico, la saturación será inevitable. Para proyectos de turismo gastronómico, el desafío estará en coordinar operaciones sin perder calidad, priorizando grupos pequeños y recorridos bien planeados frente a modelos masivos.
En este contexto, la cocina mexicana vuelve a jugar un papel estratégico: su diversidad permite crear experiencias paralelas, desde rutas de tacos hasta recorridos de mezcal o cocina regional, mismas que alivian la presión sobre los mismos puntos y amplían el beneficio económico a más actores.