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Bistronomie

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Del espresso al aula rural, el otro aroma del café en México

En México, el café no sólo se bebe: sostiene comunidades, financia aulas rurales y renueva millones de plantas en el campo.

El café en México no sólo despierta mañanas: también mueve economías rurales. En un país donde más de 500,000 familias dependen del cultivo del café —según datos del sector agroalimentario— la conversación ya no se limita al sabor, sino al origen, a la trazabilidad y al impacto social detrás de cada taza.

En ese contexto, Starbucks México asegura que 98% del café que vende en el país es de origen nacional y que mantiene relación con 22,000 productores, a quienes ha beneficiado con la donación de 5.6 millones de plantas de café en los últimos años. La cifra no es menor: renovar cafetales es clave para enfrentar el envejecimiento de plantas, las plagas y los efectos del cambio climático en regiones como Veracruz, Chiapas y Puebla.

Cuando la cosecha interrumpe la infancia

La temporada de pizca —de noviembre a marzo— transforma la vida en las comunidades cafetaleras. Familias completas se trasladan a las fincas para trabajar en la cosecha y, con frecuencia, los niños dejan de asistir a la escuela durante esos meses.

En la comunidad de Poxla, Veracruz, esta dinámica detonó una pregunta incómoda: ¿cómo garantizar educación sin frenar la economía familiar? La respuesta tomó forma en enero con la inauguración de una escuela temporal certificada por el Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE).

El espacio cuenta con dos aulas multigrado y alojamiento para docentes, lo que permite atender a cerca de 40 niños durante la temporada de cosecha y mantener la continuidad académica. El proyecto fue desarrollado en alianza con la exportadora OFI y financiado a través de Fundación Alsea.

No es una historia aislada. Según Saraí Jiménez, directora de Construcción de Marca y Reputación de Starbucks México, la lógica es atender necesidades detectadas directamente en campo. “Las comunidades cafetaleras están hechas de familias. A veces la necesidad es educación; otras, acceso a agua o servicios médicos”, explica.

Sarai Jiménez - StarbucksCortesía

Agua, salud y voluntariado: el café como punto de partida

En Veracruz, otra comunidad enfrentaba un problema distinto: acceso limitado a agua potable. En alianza con la organización Water Planet, se instaló una torre con capacidad de suministro de 1,000 litros por hora, reduciendo traslados de hasta tres horas para abastecerse.

En Chiapas, durante el Día Internacional de la Mujer, la venta de un vaso conmemorativo financió jornadas médicas dirigidas a mujeres cafeticultoras, en colaboración con ProMujer. Consultas y estudios preventivos formaron parte de la intervención.

Café mexicanoFreepik

El modelo se replica a nivel urbano. Con más de 900 tiendas en México y 13,000 empleos directos, la cadena impulsa en abril su Mes Global del Voluntariado, donde cada sucursal desarrolla proyectos comunitarios: desde reforestación hasta apoyo en comunidades cafetaleras cercanas.

En un mercado donde la llamada “tercera ola del café” exige historias de origen y responsabilidad social, el consumidor ya no sólo pregunta por el perfil sensorial —si es floral, cítrico o con notas a cacao— sino por el impacto detrás de la bebida.

Porque la experiencia gastronómica comienza en la barra, sí, pero también en la finca. En la calidad del grano, en la capacitación agrícola, en la infraestructura educativa y en el acceso a servicios básicos.

Al final, la promesa de personalización —esa que permite ajustar la bebida al gusto exacto del cliente— convive con otra menos visible: la de fortalecer un ecosistema donde el café no sea sólo un producto, sino una cadena que sostenga comunidades enteras. Y en México, donde el café es identidad, sobremesa y conversación, esa historia importa tanto como el primer sorbo.

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