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Bistronomie

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Detrás de los tacos y las quesadillas: 782,000 mexicanos viven de vender comida en la calle

Con mujeres al frente de la mayoría de esta fuerza laboral, la cocina que se sirve al paso reúne oficio, trabajo y una actividad económica que merece mirarse más allá del antojo.

México también se cocina en la calle. En la vaporera que se abre por la mañana, el comal donde se prepara una quesadilla y el carrito que encuentra su clientela entre una jornada y otra. Esa escena tiene una dimensión laboral: 782,000 personas trabajaron como preparadores y vendedores ambulantes de alimentos durante el primer trimestre de 2026, de acuerdo con Data México, plataforma de la Secretaría de Economía.

La cifra permite mirar la gastronomía callejera desde quienes la hacen posible. Detrás de cada pedido hay decisiones sobre ingredientes, porciones, precios y tiempos; una operación donde el conocimiento de la cocina convive con la capacidad de administrar un negocio y atender al cliente.

Un tamal requiere una preparación mucho antes de llegar a la vaporera. Un taco comienza antes de calentar la tortilla. El trabajo previo puede incluir acudir al mercado, preparar salsas, cocer guisos, acondicionar utensilios y transportar lo necesario para vender. Para el comensal, la compra dura unos minutos; para quien cocina, representa una secuencia de tareas que sostiene el servicio.

El oficio detrás de cada antojo

En esta ocupación, la jornada promedio reportada fue de 33.8 horas semanales, distribuidas en 4.93 días. La edad media de sus trabajadores alcanzó 43.9 años, según el perfil consultado.

Comida callejera en MéxicoCortesía

El dato pone una medida al tiempo de trabajo, aunque no desglosa cuánto corresponde a compras, preparación, venta o limpieza. Esa distinción importa: la cocina callejera exige organizar tareas que el consumidor rara vez ve completas, pero que intervienen en el sabor, la disponibilidad y el precio de lo que recibe.

También demanda un conocimiento concreto: calcular cuánto preparar, reconocer la calidad de los ingredientes y conseguir que una receta mantenga su identidad durante el servicio. La clientela habitual vuelve por un sazón que reconoce, por una porción que espera y por la confianza construida alrededor de esa compra.

En esa relación se encuentra parte de su valor gastronómico. La salsa que distingue a un puesto, el punto de cocción de un guiso o la manera de trabajar la masa convierten una preparación cotidiana en una referencia de sabor. El oficio se expresa en lograrlo una y otra vez.

Las mujeres sostienen la mayoría de esta cocina

Las mujeres representan 57.3% de los trabajadores de esta ocupación, frente a 42.7% de hombres. En otras palabras, cerca de seis de cada diez personas que preparan y venden alimentos de forma ambulante son mujeres.

Su participación merece un lugar central en la conversación sobre la gastronomía mexicana. Reconocer a quienes cocinan también implica mirar a quienes compran, organizan, cobran y mantienen en funcionamiento una propuesta de comida, incluso cuando su espacio de trabajo cabe en un carrito.

La dimensión territorial también resulta reveladora. Estado de México concentra 104,000 personas en esta ocupación; Puebla, 86,600, y Ciudad de México, 78,900. Juntas reúnen alrededor de una tercera parte del total nacional, cálculo realizado con las cifras redondeadas de la plataforma.

Son cifras de personas ocupadas, no de puestos ni de establecimientos. Tampoco equivalen al universo completo de la gastronomía callejera. Su importancia consiste en mostrar la escala de un trabajo que, visto desde una sola esquina, podría parecer pequeño.

Una cocina que también necesita futuro

La fuerza de esta actividad convive con un desafío: 97.5% de informalidad laboral, frente a 54.8% en el conjunto del país durante el mismo trimestre.

Comida callejera en MéxicoCortesía

La cifra abre una pregunta sobre cómo fortalecer a quienes sostienen esta cocina. Hablar de su futuro implica considerar condiciones de trabajo, acceso a servicios y posibilidades de invertir en equipo e infraestructura. El reconocimiento gastronómico puede acompañarse de una discusión sobre la continuidad de estos negocios.

Su dimensión económica tampoco termina cuando el cliente paga. Los ingresos deben cubrir ingredientes, combustible, transporte, utensilios y trabajo. Cada preparación forma parte de una cadena de compras que vincula a quien vende con mercados, proveedores y productores; medir su alcance requiere información adicional sobre ventas y costos.

Los datos disponibles permiten afirmar algo relevante: la comida callejera representa trabajo para cientos de miles de personas. Su importancia se entiende al observar cómo ese esfuerzo se convierte en alimentación cotidiana, en recetas reconocibles y en una manera de relacionarse con la ciudad a través del sabor.

La próxima vez que una orden llegue desde un comal o una vaporera, detrás habrá algo más que una preparación lista para comer: tiempo, organización y oficio. Esa es también la fuerza gastronómica de México.

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