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Comer mejor en México también depende de lo que llega a la mesa
Las jornadas laborales, el precio y la disponibilidad de alimentos influyen en nuestras decisiones al comer. La endocrinóloga e investigadora Roopa Mehta explica por qué cuidar la alimentación exige más que conocer las recomendaciones.
Elegir qué comer parece una decisión individual, pero también depende del tiempo, el dinero y los alimentos que tenemos a nuestro alcance. Entre un desayuno comprado camino al trabajo y una comida preparada en casa hay diferencias que van más allá del gusto. Para Roopa Mehta, endocrinóloga e investigadora del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, entender esas condiciones es fundamental para hablar de alimentación y salud en México.
La especialista, quien señala que está encargada de la Clínica de Lípidos y realiza investigación en el laboratorio vascular del Instituto, atiende a pacientes con diabetes, obesidad, dislipidemia e hígado graso. Desde esa experiencia, plantea que la conciencia alimentaria es importante, pero no basta cuando las circunstancias dificultan llevar las recomendaciones a la práctica.
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“Los horarios son muy largos para mucha gente. Los sueldos no son tan altos”, explica. Hay personas que trabajan 12 o 14 horas al día, una realidad que reduce las oportunidades de comprar ingredientes, cocinar y organizar sus comidas. La elección cotidiana termina dependiendo, muchas veces, de lo que está disponible cerca y puede pagarse.
Dra. Roopa Mehta, endocrinóloga e investigadora del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán
Lo que comemos también responde al tiempo y al bolsillo
Mehta encuentra un ejemplo en una escena habitual: comprar un tamal y atole por la mañana. Para algunos trabajadores, ese desayuno responde al precio y a la necesidad de sentirse satisfechos durante varias horas, ante la posibilidad de no volver a comer hasta avanzada la tarde.
Su observación permite mirar la alimentación más allá de una lista de productos permitidos o prohibidos. Antes de cuestionar lo que una persona lleva a su mesa, hay que considerar sus condiciones de vida. “Estos son cosas que tal vez un médico no puede resolver porque esto es la realidad de cada persona”, señala.
Eso no elimina la importancia de revisar los hábitos. La doctora recomienda preparar comida en casa cuando sea posible y organizar con anticipación lo que se llevará al trabajo. Un sándwich preparado la noche anterior o una porción de comida pueden ser alternativas, aunque reconoce que la organización doméstica también requiere tiempo y esfuerzo.
La manera de preparar los alimentos merece atención. Durante la conversación, Mehta menciona la reutilización reiterada del aceite como una práctica que preocupa desde la salud. Su planteamiento invita a observar no solamente qué se come, sino también la preparación culinaria y las condiciones en las que se elabora.
Saber qué elegir no siempre significa hacerlo
La especialista considera que muchas personas conocen recomendaciones básicas, pero encuentran dificultades para sostenerlas. Por eso, la educación alimentaria necesita traducirse en decisiones posibles dentro de la rutina: planear una comida, revisar qué se bebe o encontrar oportunidades para cocinar.
En su consulta, el diagnóstico de diabetes suele marcar un cambio. Ver resultados elevados de glucosa o lípidos hace que algunos pacientes comiencen a prestar mayor atención a lo que comen. Mehta los refiere con un nutriólogo para que aprendan a adaptar su alimentación diaria a las necesidades del tratamiento.
Sin embargo, ese esfuerzo puede disminuir cuando los resultados mejoran. La sensación de estar controlado lleva a algunos pacientes a relajar los cuidados. Para la investigadora, el acompañamiento continuo y el trabajo multidisciplinario ayudan a recordar que el manejo de una enfermedad crónica requiere constancia.
Las bebidas también forman parte de esa revisión. Un agua de fruta puede contener cantidades importantes de azúcar añadida, aunque se perciba como una opción cotidiana o casera. Mehta propone priorizar el agua simple y reducir los refrescos y jugos, sin perder de vista cómo se prepara cada bebida.
El ruido alimentario: cuando pensar en comida se vuelve constante
Ver un taco y sentir antojo, pensar en una bebida mientras se trabaja o buscar algo para comer sin tener hambre son ejemplos de lo que se conoce como ruido alimentario. Mehta describe ese llamado recurrente de la comida como una experiencia que puede resultar difícil de manejar para muchos pacientes con obesidad.
Comer sanamente en México
La especialista explica que los tratamientos basados en GLP-1 pueden ayudar a disminuir esos pensamientos y antojos. Su beneficio forma parte de un abordaje más amplio: según el medicamento y su indicación, contribuyen al control de la glucosa y al manejo del peso, junto con alimentación adecuada, actividad física y seguimiento médico.
Entre estas herramientas menciona la semaglutida, disponible en tratamientos como Ozempic para diabetes y Wegovy para obesidad. Aunque comparten principio activo, sus dosis e indicaciones son diferentes. La elección depende de las necesidades de cada paciente y de una valoración médica.
Para Mehta, la innovación médica abre posibilidades para cuidar la salud a largo plazo, pero exige comprender que la obesidad es una enfermedad crónica. El objetivo no se limita a perder kilos durante unos meses: también implica mantener los resultados y dar continuidad al cuidado.
“Esta enfermedad es un maratón de toda la vida”, afirma. Desde esa perspectiva, los avances farmacológicos son una parte importante de la atención integral que puede ayudar a construir una vida más plena, acompañados de orientación nutricional, ejercicio y un tratamiento ajustado a cada persona.
Mejorar lo que llega a nuestras mesas también exige comprender cómo vivimos y qué posibilidades tenemos de elegir. La alimentación saludable se construye con conocimiento, pero también con tiempo, acceso y alternativas que puedan sostenerse todos los días.