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Arte e Ideas

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"La hija cóndor": cantar no es únicamente cantar

La película del director boliviano Álvaro Olmos, que ha cosechado más de 20 premios en los festivales de cine más importantes del mundo, como el Premio a Mejor Interpretación en el Festival de Cine de Guadalajara, está en cartelera en los cines mexicanos

Foto: Especial

Berlín.-En un cuarto apenas iluminado, una mujer, semisentada y sostenida por su esposo, está a punto de dar a luz. Frente a ella, una anciana acaricia su barriga y la acompaña con la serenidad de quien conoce el ritual del nacimiento. Entre ambas, una joven comienza a cantar en quechua, lengua ancestral hablada por las comunidades indígenas. Quienes la escuchan parecen entregarse al hechizo de su voz.

Así comienza "La hija cóndor", el segundo largometraje de ficción del director boliviano Álvaro Olmos (Wiñay, 2019), que hace un par de semanas obtuvo el premio a Mejor Interpretación en el Festival de Guadalajara y que desde 2025 ha acumulado una veintena de reconocimientos internacionales. La película actualmente se encuentra en la cartelera de los cines mexicanos.

Ambientada en las comunidades del valle alto de Cochabamba, "La hija cóndor" sigue la historia de Clara (Marisol Vallejos Montaño), una joven quechua destinada a heredar el conocimiento ancestral de Ana (María Magdalena Sanizo), su madre adoptiva y partera de la región. Sin embargo, tras una ruptura entre ambas, Clara —dueña de una voz hipnótica capaz de apaciguar el dolor— abandona las montañas para perseguir en la ciudad su sueño de convertirse en cantante de huayno-cumbia. Su ausencia pronto comienza a sentirse más allá del vacío familiar: la muerte de animales y la pérdida de cultivos llevan a la comunidad a creer que con la partida de Clara también se ha quebrado el equilibrio que sostenía la vida colectiva.

Con esta propuesta, Olmos sitúa en el corazón del relato el canto ancestral de las mujeres indígenas, una práctica sonora y espiritual transmitida oralmente de generación en generación. Más que un elemento folklórico, estos cantos aparecen como una forma de preservar la memoria y los saberes comunitarios.

En el cine boliviano, donde lo ancestral suele aparecer como parte del paisaje cultural o ritual, pocas ficciones han colocado el canto femenino en el centro mismo del relato. En "La hija cóndor", la voz deja de ser un acompañamiento simbólico para convertirse en una fuerza que articula la relación entre comunidad, naturaleza y memoria. Aunque la película no explica del todo el vínculo entre la voz de Clara y el desequilibrio que atraviesa la comunidad, sí sugiere que ambas cosas forman parte de un orden invisible.

Olmos construye esa dimensión desde la puesta en escena y el sonido. Los silencios, los largos tiempos de observación y la manera en que la cámara acompaña los rituales cotidianos le otorgan al canto una materialidad casi tangible.

Pero en "La hija cóndor" el canto ancestral no aparece únicamente como refugio de la memoria colectiva; también se convierte en una fuente de tensión. Clara encarna el deseo de escapar del destino que le ha sido heredado, mientras que Ana representa la continuidad de una tradición sostenida por las mujeres de la comunidad.

Más que resolver esa fractura, Olmos deja abierta una inquietud persistente: qué ocurre cuando una voz nacida para custodiar la memoria descubre también el deseo de reinventarse.

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