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Crecer con el Cervantino, aprender a cuestionarlo
La periodista cultural y docente Joan Carel Yebra se ha vinculado intelectual y emocionalmente con el festival desde hace más de una década. Ahora reconstruye la historia de la publicación independiente GolfaMx y cuestiona la distancia entre el festival y la comunidad que le dio origen.
Joan Carel Yebra, periodista cultural y docente.
Un festival cultural también se mide por lo que deja fuera de los escenarios, las vocaciones que despierta, los proyectos que propicia y las personas que encuentran en él una forma de acercarse a las artes e incluso una forma de habitar el mundo y de ganarse la vida.
Ésa es la motivación fundacional del medio GolfaMx —estilizada como G_lfa—, una revista cultural, hoy quinceañera, nacida en Guanajuato para todo el mundo a partir de ímpetus universitarios en una de las ciudades más universitarias del país, Guanajuato capital.
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La siempre fiel cobertura del Festival Internacional Cervantino (FIC) desde Golfa fue para la periodista, divulgadora cultural y docente Joan Carel Yebra, una escuela de escritura y una experiencia profesional que, prácticamente tres lustros más tarde, sigue reservando espacio para sus textos y para la que ella todavía dispone de tiempo creativo.
La llave de entrada a u
Originaria de León, Yebra llegó a Guanajuato capital en 2012 para estudiar Letras Españolas, en la Universidad de Guanajuato. Cuenta que le interesaba la literatura, la lengua y el acontecer cultural, pero también el periodismo, una vocación para la que entonces no encontraba una ruta académica clara.
Pero fue a través de una colaboración universitaria como se acercó a Golfa, proyecto impulsado por Miguel Toral, estudiante de Letras y diseñador gráfico, que reunía creaciones literarias, propuestas escénicas, música y colaboraciones de otras disciplinas.
La revista nació como una plataforma para que jóvenes artistas difundieran su trabajo. Después llegó la cobertura del Cervantino, a la que Yebra se incorporó junto con Marlene Velázquez y Alberto Castañeda. Su primera entrevista había sido con el director de cine Alejandro Ramírez, cuya ópera prima, Todos hemos pecado, se proyectó en el Cine Club universitario. Meses después, la invitación a cubrir el festival amplió aquella experiencia inicial.
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“Para mí, poder tener una acreditación y entrar a eventos que quizás de mi economía difícilmente habría podido pagar, abrió un universo en mi vida personal profesional”, recuerda.
Yebra relata que, en aquellos años de festival, con un Cervantino todavía vibrante, ella intentaba informar sobre lo ocurrido, aprendiendo e incorporando todavía los elementos básicos del periodismo cultural, sus compañeros, más bien, exploraban una escritura más ensayística, entre la reseña y la opinión, entre la excentricidad y la crítica, pero con bases filosóficas. Pero esa convivencia estilística, concluye, le permitió descubrir que un espectáculo podía ser también el punto de partida para pensar y dialogar con el lector. Y desde entonces, Yoan Carel ha ponderado el diálogo con el público cultural, con grandes dotes de vocación docente.
“Sí era ver el espectáculo, pero era más como dialogar sobre el espectáculo”, explica. Esa libertad editorial, en un proyecto sin remuneración y sostenido por la colaboración, fue parte de su aprendizaje e incluso de un ejercicio de resistencia. Nunca antes mejor dicho, por amor al arte. Era escribir con rigor, después de aprender todas y cada una de sus posibilidades y limitaciones, para luego dejar de ceñirse necesariamente a las fórmulas de la nota convencional.
Una escuela sin salario, pero con consecuencias
Con los años, la mayoría de los integrantes originales del Golfa tomaron distintos caminos profesionales y dejaron de alimentar la revista. Joan Carel, por su parte, decidió permanecer en la publicación, sobre todo durante los periodos cervantinos llenos de oferta cultural, no sólo sobre los escenarios sino en sus calles, tanto por la oferta gratuita como por la diversidad en el origen de sus visitantes, en una mezcla tan vasta e inabarcable para la que siempre fue necesario un ojo sensible como el suyo.
Todo eso lo hizo a la par de que fue desarrollando su trayectoria en la docencia, la corrección de textos y el periodismo cultural. Lo que al principio parecía un ejercicio estudiantil adquirió otro significado cuando reconoció que aquella experiencia había contribuido a abrirle puertas profesionales.
“Darme cuenta a mis 30 años que, aunque yo estaba jugando, aprendiendo y experimentando, era un trabajo que se había hecho bien, que tenía valor y que era reconocido”, expone la periodista cultural, hoy convertida en un referente de la fuente en su estado, particularmente durante uno de los periodos con mayor efervescencia cultural en el país, el Cervantino que, además de ser el festival cultural más importante de América Latina, también es un punto en el espacio y tiempo que suele provocar lo mejor de la creatividad del gremio. Basta con asomarse a las notas, reseñas, críticas y crónicas de los colegas que tienen, hoy, la fortuna de ser invitados al festival.
Joan Carel Yebra, periodista cultural y docente.
Pero la continuidad, sin embargo, no está garantizada para nadie. Por eso Carel Yebra admite que ha considerado abandonar el proyecto, por cansancio, las exigencias de su trabajo cotidiano y las dificultades para gestionarlo. La revista ha recibido colaboraciones de personas vinculadas con distintas disciplinas artísticas, pero sigue dependiendo de una labor que no cuenta con una estructura económica consolidada. Así suele ser el periodismo cultural contemporáneo en mayor o menor medida: literalmente y de manera reiterada, amor al arte.
Por todo lo anterior, la historia personal de la periodista cultural desemboca en una pregunta que rebasa a la publicación para la que colabora y apela, más bien al sentido del arte, el zeitgeist, nuestro zeitgeist: ¿qué relación mantiene el Cervantino con la comunidad que lo rodea, que nació de él y lo ha nutrido y difundido por más de una década?
Un festival más allá de la programación
El origen del FIC se remonta a los Entremeses Cervantinos de 1953, cuando las representaciones promovidas por Enrique Ruelas ocuparon espacios públicos de Guanajuato. Con el tiempo, aquella experiencia adquirió dimensión internacional. Para Carel Yebra, sin embargo, persiste una contradicción entre la magnitud del encuentro y la distancia que se percibe entre el festival y parte de la población local.
“Hay que aprender a vivir el festival como ese monstruo que es, ¿no? (...) Porque tiene vida propia y se resiste a morir. Aun cuando en este momento es tan ajeno para su comunidad o al pueblo que le dio esa vida”, dice.
La observación encuentra un antecedente en la discusión que ha acompañado esta edición: la relación entre la programación internacional, la actividad en las calles y la participación de los habitantes de Guanajuato. En la crónica “Tristeza cultural”, publicada por El Economista el 9 de octubre, este que escribe recogió testimonios sobre los cambios en esa relación y las dificultades para acceder a los espectáculos.
En ese tenor, Yebra Parra recuerda el papel que tuvieron las actividades infantiles en ediciones del pasado y la manera en que marcaron a los niños de cada época, tanto así que, para no pocos, dichas experiencias fueron determinantes en su manera de habitar el mundo, como lo fue para la entrevistada.
“Justamente un profesor mío me decía que ‘por el Cervantino es que yo me dedico a esto’”, relata Joan Carel.
La historia de Golfa Mx no resuelve esas preguntas, pero permite observarlas desde una experiencia concreta: la de un proyecto que encontró en el Cervantino un espacio de aprendizaje y que ha persistido, pese a las dificultades, como una forma de acompañar y discutir la vida artística.
Honor a quien honor merece.