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Ping-pong verbal y la mejor historia de amor
La virtud más subvaluada del cine, creo yo, es el voyeurismo. Una película es, fundamentalmente, una ventana a la vida real de un grupo de personas.
La virtud más subvaluada del cine, creo yo, es el voyeurismo. Una película es, fundamentalmente, una ventana a la vida real de un grupo de personas. Que sean ficticias no las hace menos reales durante esas dos horas en las que estamos encerrados con ellos en una sala oscura (o en la tele o la computadora). Si la película es grandiosa, esas personas se convierten en algo tan cierto y tan presente que uno siente la urgencia de golpearlos y besarlos al mismo tiempo.
Eso siento con Jesse (Ethan Hawke) siempre que empieza a hablar. Es tan guapo, con esa pinta de niño sensible que escribe crónicas de viaje para sí mismo. Ven, besémonos, muchacho solitario. Y luego habla. Y habla y habla. Está obstinado en demostrarte lo sensible e inteligente que es. Se esfuerza tanto en impresionarte que te urge partirle la cara al cretino.
No soy la única que lo siente. Celine (Julie Delpy) está de mi lado. Desde aquella vez antes del amanecer que se encontró a Jesse en un tren a la mitad de Europa, Celine no sabe cuántas veces ha querido cerrar esa boca estadounidense de la que, misteriosa la vida, acabó enamorándose.
Jesse posa como cínico, pero la verdad es un cursi. Celine es una romántica que sabe ver la vida con pragmatismo. Nacieron para estar juntos. Suena muy sentimental. Lo es, pero también es muy chistoso. Todo es tan honesto: Celine puede hablar lo mismo de antiimperialismo que de gases estomacales y Jesse Jesse básicamente siempre está hablando de sí mismo, pero sabe responder con mucho ingenio a lo que Celine le tira. Ahora, cuarentones y con hijos, ¿será posible que ese delicado equilibrio entre cinismo y romanticismo, entre besos y golpes a la quijada, haya sobrevivido casi 20 años?
Antes de la medianoche, la tercera entrega de la trilogía con la que Richard Linklater redefinió la comedia romántica, es el colofón a ese amor bellamente imperfecto, un amor que comenzó en 1995 en una peliculita independiente de nombre Antes del amanecer, protagonizada por dos actores tan jóvenes y guapos como inteligentes: Ethan Hawke y Julie Delpy.
Si usted creció en los 90, seguro acabó muy dañado en las ondas amorosas por Antes del amanecer. Para los que vimos esa película, el amor de ensueño es uno en el que el sexo es tan emocionante como la conversación.
Todas esas historias de amor que se quieren tan contemporáneas y honestas, como 500 días con ella o Los juegos del destino, cuyos protagonistas son personas perfectamente imperfectas y el amor les destruye tanto como les sana están en deuda con Antes del amanecer (1995) y su secuela de 2004, Antes del atardecer.
La gracia de la trilogía es su trama mínima: dos personas se encuentran, se enamoran y se dedican a platicar. De verdad, de eso tratan cada una de las tres: un día completo de charla en diferentes épocas de la vida de Jesse y Celine. La maravilla es que tanto el director como los actores consiguen que la conversación continúe casi sin costuras durante dos décadas. En 1995, Jesse, un aspirante a escritor y Celine, una estudiante, se conocen en un tren en Viena. En algún momento entre 1995 y 2004, Jesse triunfa con su primera novela, basada en su noche vienesa con Celine, por supuesto. Se reencuentran porque: ¿Sabes por qué escribí el libro? Porque esperaba que llegaras a la presentación en París y pudiera decirte ¿dónde chingados andabas? . Están juntos desde entonces.
Es el 2013 y estamos en Grecia. Jesse y Celine tienen hijas gemelas. Jesse tiene, además, un hijo propio, Hank, de 14 años.
¿Mencioné que Jesse se casó después de conocer a Celine en Viena? El principal conflicto es qué sigue para la familia: ¿quedarse en París, donde Celine tiene una carrera prometedora en el servicio público, o irse a Chicago para que Jesse pueda pasar más tiempo con su hijo? Durante dos horas en las que caminarán y chalarán, el futuro de su relación está en juego. O no. Quizá esta solo es una tarde más en la vida de esos dos.
Eso es lo fascinante de las tres películas de Linklater: que no tratan del amor como un lanzallamas, sino más bien de todos los esfuerzos que se hacen para mantener encendida una vela en una tarde de viento.