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Arte e Ideas

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Las bodas de diamante de mis padres

Mis dos abuelos fallecieron antes de que yo naciera. De ellos sé sus nombres y poco más. Así de comunicativa es la familia. Pero, entre las cosas que conozco, recupero que tanto Marcial como Florentino raptaron en sus respectivos pueblos a Josefa y a Basilisa, mis abuelas.

Mis dos abuelos fallecieron antes de que yo naciera. De ellos sé sus nombres y poco más. Así de comunicativa es la familia. Pero, entre las cosas que conozco, recupero que tanto Marcial como Florentino raptaron en sus respectivos pueblos a Josefa y a Basilisa, mis abuelas.

A Pepita, que pertenecía a una familia de marqueses gallegos, mis bisabuelos la desheredaron por huir con Marcial, que era socialista y que peleó la guerra contra Franco, por lo que mis abuelos, ya con hijos, se exiliaron en México.

La historia de mis abuelos maternos, sin embargo, no es menos interesante: Basi se descolgó de uno de los balcones de su casa para, a lomo del caballo de Florentino, ambos cabalgar hacia el pueblo vecino y casarse, y así, desposados, volver a San Miguel de Allende.

A ella no la desheredaron porque no había qué heredar. Desconozco los detalles del porqué ambas familias acabaron viviendo en la ciudad de México. Lo que sí sé es que mis padres, Antonio y María, eran obreros en una fábrica de calcetines cuando se enamoraron, y se casaron en una fiesta que, según cuentan, duró tres días con sus noches en el patio de la abuela Basi.

Luego se fueron de luna de miel al puerto de Veracruz, en donde vivía el abuelo Marcial para, el próximo jueves, cumplir 60 años de casados, lo que la gente llama bodas de diamante.

En esas décadas, mientras papá trabajaba ya lo jubilaron de vendedor de productos médicos de un laboratorio, y mamá se encargaba y se sigue encargando de la casa, si bien no hubo lujos, tampoco carencias.

Eso sí, mis tres hermanas, Maruxa, Rocío y Guadalupe, mi hermano Antonio y yo, estudiamos siempre en colegios particulares. Ellas, en una escuela de monjas y nosotros, en uno de hijos de refugiados españoles. Ya en la universidad, sólo la mayor fue a La Salle, en tanto que los demás nos formamos en la UNAM. El orgullo de mi padre es que mis hermanos tengan licenciaturas, maestrías, doctorados, al igual que los estudios universitarios de sus nietas y nietos, mientras que mi madre que a sus 80 y tantos apenas empieza a pintar canas no para de contarle a quien se deje que si Maruxa tiene un sazón exquisito, que si Rocío es la mejor doctora de México en su especialidad, que si Guadalupe posee un corazón de oro, que si Antonio resultó tan trabajador y honrado como su marido, que si yo, además de futuro premio Nobel, soy su consentido.

Lo cierto es que los jefes han sido las más de las veces felices a lo largo de estos 60 años, pues de lo contrario, quiénes podrían sobrevivir a una relación infeliz de 21,915 días (contando los años bisiestos) o, lo que es lo mismo, de 525,960 horas de convivencia diaria, con lo que le encanta a papá el vino, y a mamá, echárselo en cara en sentido metafórico .

Sí, fuera de ese detalle, que a mi padre le gustaba echarse sus cubas los sábados y le sigue gustando, pero ahora se lo piensa dos o tres veces por aquello de la cruda , cosa que mi madre abomina, yo no les recuerdo ninguna confrontación mayor o algo así para separarse o divorciarse, y eso que ambos tienen su genio, necedades y aprensiones. Por ello, el próximo jueves les vamos a celebrar sus bodas de diamante e invitaremos a sus amigos.

Yo quería que el ágape fuera en mi casa, y cocinar un potaje gallego y un borrego en barbacoa, un guajolote en mole poblano y tres o cuatro empanadas, y que corriera el pulque, los albariños, el Don Pedro para las cubas y el orujo, y contratar gaiteros y mariachis, y que la fiesta durara tres días con sus noches.

Pero como soy el menor de la familia, nadie me hizo caso.

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