Lectura 6:00 min
La tercera vía de Europa respecto a China
En lugar de optar entre la confrontación con China y el statu quo, los responsables políticos europeos deberían analizar los beneficios y los costes del comercio sector por sector para identificar dónde siguen siendo posibles acuerdos mutuamente beneficiosos. Los modelos económicos demuestran que, en la mayoría de los casos, el pragmatismo supera a las opciones más extremas.

Comercio en China.
NEW HAVEN – Europa se encuentra en una encrucijada en su relación económica con China. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen , señaló en su último discurso sobre el estado de la Unión que el déficit comercial de la Unión Europea con China ha alcanzado los 1.000 millones de euros (1,150 mdd) diarios, y advirtió que un "segundo shock chino" ya está contribuyendo a la desindustrialización de los principales centros industriales de Europa. No obstante, también hizo hincapié en que China necesita acceso al mercado europeo y que ambas partes tienen interés en encontrar soluciones.
Esta tensión refleja un dilema económico fundamental. Estados Unidos ha respondido a su rivalidad con China imponiendo restricciones cada vez más severas, como medidas que excluyen de facto a todos los vehículos eléctricos chinos del mercado estadounidense. ¿Debería Europa seguir el mismo camino o mantener el enfoque más abierto que tradicionalmente ha beneficiado tanto a los consumidores como a los exportadores europeos?
Quizás esa no sea la forma correcta de plantear la pregunta, ya que no existe una única estrategia para China que tenga sentido en todos los sectores. Las preocupaciones de seguridad nacional son imperiosas en algunos mercados y mucho menos relevantes en otros. Si bien la dependencia de un único proveedor puede generar vulnerabilidades reales para algunos productores, las importaciones baratas ofrecen beneficios sustanciales para otros. En lugar de optar entre la confrontación y el statu quo, los responsables políticos europeos deberían analizar estas disyuntivas sector por sector para identificar dónde siguen siendo posibles acuerdos mutuamente beneficiosos.
Los vehículos eléctricos (VE) constituyen un ejemplo particularmente ilustrativo. La justificación económica para importar VE chinos es evidente. Los fabricantes chinos ofrecen vehículos relativamente económicos en un momento en que Europa intenta convencer a los consumidores de que cambien los motores de combustión interna por coches eléctricos. Los VE más baratos benefician a los consumidores, aumentan la competencia y aceleran la electrificación. En mi reciente investigación, mis coautores y yo constatamos que estas ventajas pueden ser sustanciales.
Pero la respuesta convencional del libre comercio —simplemente disfrutar de importaciones baratas— ignora consideraciones cruciales. Europa cuenta con una importante industria automotriz que sustenta a numerosas empresas, trabajadores, proveedores y comunidades. Una rápida pérdida de la producción nacional podría generar altos costos de ajuste y crear nuevas dependencias. Independientemente de lo que digan los economistas sobre los beneficios globales del comercio, las consecuencias políticas de permitir las importaciones de vehículos eléctricos no pueden simplemente ignorarse.
Pero tampoco deben pasarse por alto las consecuencias globales. Excluir los vehículos eléctricos chinos mediante aranceles prohibitivos y regulaciones nacionales podría proteger a los productores ya establecidos, pero lo haría privando a los consumidores europeos de alternativas más económicas, debilitando la presión competitiva sobre las empresas europeas y ralentizando la transición ecológica. En simulaciones, la eliminación de los vehículos eléctricos chinos del mercado europeo produce pérdidas de bienestar mucho mayores que los aranceles compensatorios vigentes en Europa.
Afortunadamente, existe una solución intermedia. Los gobiernos pueden permitir la competencia de los vehículos eléctricos chinos, imponiendo aranceles moderados de entre el 12.5% y el 37.5%, destinando los ingresos generados a apoyar la producción nacional de vehículos eléctricos. Este enfoque logra dos objetivos: preservar el acceso a importaciones relativamente económicas y, al mismo tiempo, proteger a los productores europeos de la competencia. Además, dado que el arancel financia el subsidio nacional, no se requiere gasto público adicional.
Los fundamentos económicos de este resultado son importantes. Los productores extranjeros no necesariamente trasladarían la totalidad del arancel a los consumidores europeos, ya que, ante una competencia imperfecta, podrían absorber parte de él mediante menores márgenes de beneficio. Al mismo tiempo, las subvenciones a los vehículos eléctricos nacionales reducirían sus precios y les ayudarían a competir con las importaciones. En nuestro análisis, la reinversión de los ingresos arancelarios en subvenciones para la producción europea de vehículos eléctricos resulta mucho más eficaz que la aplicación de aranceles únicamente.
Pero es fundamental no aplicar esta fórmula mecánicamente. Nuestras estimaciones difieren notablemente entre los mercados europeos. Alemania, con su gran industria automovilística nacional y decenas de modelos de vehículos eléctricos, tiene más que ganar protegiendo la producción nacional que España, que no cuenta con ningún fabricante de vehículos eléctricos con sede en el país según nuestros datos. El Reino Unido, con su segmento nacional más pequeño pero de alto margen de beneficio, presenta un caso diferente. Por consiguiente, las combinaciones de políticas que surgen del modelo difieren sustancialmente entre los tres países. El denominador común es que una protección moderada es mejor que una prohibición total.
Esa heterogeneidad nos ofrece una lección más amplia para la relación de Europa con China. La elección no tiene por qué ser entre el statu quo y una desvinculación radical, ni Europa debería replicar automáticamente las políticas estadounidenses diseñadas para circunstancias económicas y geopolíticas muy diferentes. Un enfoque más pragmático comenzaría por identificar los objetivos en cada mercado. ¿La principal preocupación es la seguridad nacional, la resiliencia de la cadena de suministro, el empleo, la capacidad tecnológica, el poder adquisitivo de los consumidores o la transición ecológica? Los distintos objetivos requieren instrumentos diferentes y, a veces, distintos grados de apertura.
Encontrar este punto intermedio no siempre será posible. En sectores estratégicamente sensibles, Europa podría concluir que la resiliencia exige asumir costes económicos significativos. Pero cuando el principal desafío reside en gestionar la competencia en lugar de eliminar una vulnerabilidad de seguridad, los vehículos eléctricos sugieren otra posibilidad: preservar los beneficios del comercio, captar parte de las rentas generadas por los productores extranjeros y utilizarlas para facilitar la adaptación de la industria nacional.
Europa no necesita tomar partido. En un entorno comercial cada vez más conflictivo, el pragmatismo es la mejor política.
La autora:
Pinelopi Koujianou Goldberg, execonomista jefe del Grupo del Banco Mundial y redactora jefe de la American Economic Review, es profesora de Economía en la Universidad de Yale.
Copyright: Project Syndicate, 1995 - 2026
www.project- syndicate.org