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Opinión

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La revolución de la IA refleja la transición ecológica

La necesidad de enormes inversiones iniciales y la probabilidad de un desplazamiento de empleos implican notables paralelismos entre el desarrollo de la IA y la transición ecológica. El Estado tiene un papel fundamental a la hora de orientar las fuerzas del mercado.

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CHICAGO/NUEVA YORK—La carrera por la IA ya está generando fuerzas que transforman la economía global. Esto la asemeja sorprendentemente a la transición ecológica, dado el potencial de ambas para revolucionar las industrias tradicionales, los mercados laborales y los equilibrios geopolíticos. Ambas requieren billones de dólares en inversiones iniciales a cambio de importantes beneficios a mediano y largo plazo.

La promesa de la IA es que reducirá los costos innecesarios, impulsará la productividad laboral y ayudará a los humanos a resolver problemas antes irresolubles. De igual modo, la transición verde lograría nada menos que contener el cambio climático, la madre de todas las externalidades globales. Eliminaría el riesgo tanto de la “climática inflacionaria” (precios más altos causados por perturbaciones en la oferta derivadas del clima) como de la “fosilflacionaria” (cuando las perturbaciones en la oferta de hidrocarburos, como la causada por el cierre del Estrecho de Ormuz, repercuten en la economía mundial). También mejoraría la salud pública, aumentaría la resiliencia económica, crearía empleos, preservaría ecosistemas frágiles y brindaría muchos otros beneficios.

Si bien las ventajas a largo plazo en cada caso son evidentes, los efectos a corto plazo de una transición mal gestionada o sin gestionar podrían ser sumamente perjudiciales. Consideremos las implicaciones de un aumento repentino del gasto a corto plazo. El Instituto de Inversiones BlackRock estima que el desarrollo de la IA podría incrementar la inflación hasta en medio punto porcentual durante los próximos diez años, antes de que finalmente se mitiguen las presiones inflacionarias mediante el aumento de la productividad. Si la transición ecológica provocará una presión alcista sobre la inflación a corto plazo es un tema abierto a debate . Pero lo que no cabe duda es la necesidad de importantes inversiones iniciales para afrontar los principales desafíos futuros, junto con respuestas políticas para gestionar los riesgos simultáneos de la transición.

Uno de los principales riesgos asociados tanto al desarrollo de la IA como a la transición ecológica es el desplazamiento laboral. En el caso de la IA, el efecto más directo podría recaer en los puestos de trabajo para recién graduados en sectores como el de atención al cliente y el de desarrollo de software, donde el empleo relativo ya ha disminuido un 16% en tres años. Además, Anthropic, uno de los laboratorios de IA líderes, estima que este desplazamiento refleja solo una fracción del impacto que la IA podría tener. Entre las categorías laborales más directamente afectadas por la automatización de la IA se encuentran las ocupaciones de cuello blanco, que abarcan desde la programación hasta los servicios financieros y legales.

En el caso de la transición ecológica, los impactos en los mercados laborales podrían ser igualmente significativos, pero los trabajadores manuales, especialmente los del sector de la energía fósil, serán los más perjudicados. Si bien pocos lamentarán el despido del banquero de inversiones, campañas políticas enteras, incluidas las del presidente estadounidense Donald Trump durante la última década, han sabido capitalizar la frustración de los votantes de clase trabajadora ante cambios económicos que escapan a su control.

La geopolítica de la IA y la transición ecológica no es menos importante. Si bien Estados Unidos lleva la delantera en el diseño y la utilización de chips, China tiene una ventaja sustancial en tecnologías verdes —incluidas la energía solar, la eólica y los vehículos eléctricos— y en los minerales críticos que se utilizan para ellas.

Cada transición se caracteriza por una superpotencia con una gran ventaja por su posición dominante, lo que lleva a la otra a adoptar políticas proteccionistas para apoyar a sus industrias nacionales. China lleva desde 2014 impulsando su propia política industrial nacional de semiconductores, con el objetivo de crear un “ecosistema manufacturero autosuficiente” que “transforme la estructura de la cadena de valor global de los semiconductores”. Por su parte, el expresidente estadounidense Joe Biden lanzó una política industrial verde para promover una mayor producción y cadenas de suministro nacionales basadas en energías limpias. Sin embargo, ninguna de las dos superpotencias ha alcanzado aún la paridad (debido a diversos cambios de rumbo y reveses en las políticas verdes de Estados Unidos).

Las similitudes entre el desarrollo de la IA y la transición ecológica ofrecen oportunidades para que los responsables políticos guíen ambas transiciones. La palabra clave aquí es, sin duda, “guiar”. Dado que ambos cambios son prácticamente inevitables, no tiene sentido intentar obstaculizarlos, como lo está haciendo la administración Trump al intentar bloquear proyectos de energías renovables económicamente ventajosos en Estados Unidos. En cambio, las políticas deberían orientarse a canalizar las fuerzas tecnológicas y de mercado en la dirección correcta, prestando la debida atención a sus importantísimos efectos distributivos.

Entre las principales prioridades políticas se encuentra la de ayudar a reciclar a los trabajadores y garantizar que las comunidades participen de los beneficios generados por las energías renovables y los centros de datos. En cada caso, el papel de las políticas es promover el bien común. Una vez cumplidos estos objetivos, los responsables políticos pueden centrarse en apoyar el desarrollo en sí, por ejemplo, promoviendo una reforma sensata de los permisos que ayude a superar la resistencia, a veces comprensible, del tipo “no en mi patio trasero” (NIMBY, por sus siglas en inglés) a la que se enfrentarán muchos proyectos.

Los mercados inevitablemente encontrarán los usos menos costosos y más rentables a corto plazo para cada nueva tecnología. Pero corresponde a los responsables políticos buscar beneficios compartidos a largo plazo e identificar posibles sinergias en ambas transiciones. Existen muchas maneras en que la IA podría acelerar la transición ecológica; pero sin los incentivos adecuados, también podría convertirse en otra fuente masiva de emisiones que contribuyen al calentamiento global. El momento de empezar a pensar en esos incentivos era ayer.

El autor

Adam Michael Bauer es investigador postdoctoral en el Instituto para el Clima y el Crecimiento Sostenible y en la Iniciativa de Ingeniería de Sistemas Climáticos de la Universidad de Chicago.

El autor

Gernot Wagner es economista especializado en clima en la Escuela de Negocios de Columbia.

Copyright: Project Syndicate, 1995 - 2026

www.project-syndicate.org

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