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La primera mujer en la Luna

Fernanda García | Columna Invitada
La misión Artemis II regresó con éxito a la Tierra el pasado 10 de abril, tras completar una travesía de diez días alrededor de la Luna y amerizar en el Océano Pacífico. El hecho conmovió a millones en todo el mundo y representa un avance crucial para el regreso de los humanos a la superficie lunar. Este hito marca una nueva etapa en la exploración espacial y reabre una conversación sobre quiénes están llegando al espacio.
El primer hombre viajó al espacio en 1961, dos años más tarde lo hizo una mujer, ambos de la Unión Soviética en plena carrera espacial durante la Guerra Fría. En cambio, Estados Unidos envió a una mujer hasta 1983, poco más de dos décadas de su primer astronauta. Particularmente en el caso de los viajes lunares, doce hombres estadounidenses caminaron sobre la Luna entre 1969 y 1972 como parte del Programa Apolo.
Hace unos días, Christina Koch, astronauta de la NASA, se convirtió en la primera mujer en orbitar la Luna. Detrás de esta misión también hubo mujeres que no viajaron en la cápsula, pero que lo hicieron posible. Ingenieras, científicas y especialistas participaron en el diseño, operación y monitoreo de Artemis II. Un logro colectivo que amplía el lugar de las mujeres en la ciencia y la exploración espacial.
La baja presencia de mujeres en el espacio es el reflejo de las carreras que van eligiendo. Christina Koch es ingeniera eléctrica y física, campos de estudio en los que las mujeres siguen subreportadas a nivel global. En 94% de los países hay menos mujeres que hombres graduados en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés), de acuerdo con datos del Banco Mundial. En las economías de la OCDE, una tercera parte de quienes egresan de estos programas son mujeres. En México, la cifra es prácticamente la misma.
La brecha no es menor, limita el acceso de las mujeres a sectores con mayor crecimiento y mejores oportunidades laborales. El IMCO se alió con Movimiento STEM para dimensionar esta realidad, por ejemplo, las egresadas de carreras STEM perciben un ingreso mensual 7.4% mayor que las profesionistas de otras áreas. Además, 77% de las mujeres STEM trabaja en la formalidad frente a 74% de otras profesionistas, lo que implica mayor acceso a la seguridad social.
Aun así, la brecha salarial entre hombres y mujeres en estos campos se mantiene en 15%. Las decisiones de carrera de mujeres y hombres explican prácticamente la mitad de esta diferencia y, dentro de ese total, la baja participación de mujeres en STEM concentra alrededor de 30%, según el BID.
El camino hacia estas áreas por supuesto no comienza en la transición del bachillerato a la universidad, sino desde edades tempranas. Las brechas en habilidades matemáticas se van ampliando conforme avanzan los años escolares, influenciadas por estereotipos, sesgos en el aula y la falta de referentes.
Si queremos que más mujeres lleguen al espacio –y a los espacios donde se toman decisiones, diseñan tecnologías y se construye el futuro–, necesitamos intervenir desde primaria. La llegada de más mujeres a campos STEM es el resultado de destinar recursos, implementar políticas públicas y cambios culturales, necesitamos preparar el terreno para que más niñas y jóvenes puedan lograrlo.


