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Opinión

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Cuando el presidente mueve el mercado y sus cómplices cobran

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Eduardo Ruiz-Healy | Ruiz-Healy Times

Eduardo Ruiz-Healy

Todo lo que aparece a continuación es hipotético. Un ejercicio de imaginación, nada más, para entender cómo funciona el juego sucio en los mercados y por qué la ley lo castiga. La conversación que aparece abajo podría haber sido en inglés.

Bob vive en un país cuyo presidente anuncia casi todo en su propia red social. Una tarde cualquiera, mientras revisa el celular, recibe la llamada de Mike, viejo amigo de la universidad que ahora trabaja cerca del círculo de poder. Muy cerca.

—No me lo escuchaste a mí —susurra Mike. Pero en dos horas el presidente va a decir que está listo para borrar del mapa a Irán.

Bob no sabe de geopolítica. Nunca le interesó demasiado. Lo que sí sabe es otra cosa, algo que cualquiera con memoria de los últimos 30 años también debería saber: cuando hay amenaza de guerra en Oriente Medio, el petróleo sube. Siempre. No falla. No necesita fórmulas ni analistas ni suscripciones caras a servicios de información financiera. Solo necesita recordar los titulares que ha leído toda su vida adulta. Así que abre su laptop, accede a la cuenta que tiene con un bróker y apuesta a que el barril se encarecerá. Compra un instrumento financiero que gana valor si el precio del crudo sube.

Pasan las dos horas. El presidente publica en su red que si los ayatolás no obedecen, ordenará bombardear sus plantas de generación eléctrica. Nerviosismo inmediato en los mercados de todo el mundo. Los sitios financieros empiezan a repetir que el crudo está disparándose, que los inversionistas huyen hacia activos seguros, que nadie sabe qué va a pasar mañana. Bob vende. Lo que en esos minutos ganó a otros les hubiera tomado meses de trabajo. O años. O toda la vida. O nunca.

"Qué buen ojo tiene Bob para los mercados", dicen quienes lo conocen.

Pero no fue ojo, fue trampa. Bob jugó sabiendo qué carta iba a salir antes de verla.

La historia podría acabar ahí, pero no acaba. Dos días después, Mike vuelve a hablarle.

—Acuérdate que esto es hipotético, ¿eh? Mañana el presidente va a anunciar que siempre no, que está dialogando con los ayatolás y que no ordenará el ataque.

Bob entiende de inmediato. Si la amenaza infló el precio, la calma lo desinflará. Apuesta en reversa: esta vez compra un instrumento que gana dinero si el precio del petróleo baja. Al día siguiente el presidente anuncia, otra vez en su red social, lo que Mike le dijo a Bob. Los titulares en todo el mundo anuncian la “desescalada” y el petróleo cae. Bob vuelve a ganar.

A estas alturas ya no parece un tipo con suerte. Parece un mago. El que siempre adivina el número ganador.

Pero no adivina nada. No analiza gráficas, ni estudia discursos, ni arriesga su dinero como los demás. Solo tiene un amigo en la oficina del presidente que le cuenta el final de la novela antes de que empiece a leerla. Y eso rompe el juego. Rompe la confianza en que todos compiten con las mismas reglas. Rompe todo.

Si este cuento dejara de ser hipotético, sería la crónica de un delito grave: alguien adentro de la oficina presidencial que filtra, alguien afuera que apuesta, y un mercado entero convencido de que está viendo competencia limpia cuando lo que hay son cartas marcadas y millones de jugadores apostando en desventaja sin tener la menor idea.

Facebook: Eduardo J Ruiz-Healy

Instagram: ruizhealy

Sitio: ruizhealytimes.com

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Eduardo Ruiz-Healy

Opinador, columnista, conferencista, media trainer, 35 años de experiencia en medios de comunicación, microempresario.

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