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Oposición unida

Ezra Shabot | Línea directa
La idea de que la oposición política debe de unificarse para derrotar en las urnas a un gobierno establecido es un planteamiento no siempre válido para todo proceso electoral. Cuando un régimen democrático vive a plenitud la pluralidad de opciones político-ideológicas, realizar alianzas o luchar solo electoralmente, son fundamentalmente estrategias de campaña que se definen en función de los intereses particulares de los partidos contendientes.
La decisión de hacer a un lado diferencias ideológicas e incluso conflictos personales entre dirigentes partidarios se basa en la necesidad primordial de derrotar a una opción autoritaria que está ya en el poder intentando cancelar toda opción democrática, o cuando las propias dictaduras se ven obligadas a acudir a la consulta popular para ratificar o ceder el mando a un nuevo régimen democrático. Esto último lo vimos durante la transición democrática chilena que llevó a ese país a recuperar su vida ciudadana después de largos años de gobierno militar.
En el caso mexicano, el triunfo de López Obrador y Morena en el 2018 abrió el camino para la destrucción de la democracia mexicana a través del desmantelamiento y cooptación de sus instituciones fundacionales. Así, en el 2024 la alianza PAN-PRI-PRD se conformó como un intento de detener a Morena y aliados, quienes utilizaron legal y legítimamente los recursos de la democracia para una vez llegado al poder destruirla desde sus cimientos.
Pero el fracaso de la alianza opositora en el 2024 no fue únicamente un error de cálculo. Fue el hecho de que esa oposición unificada supuso erróneamente que era posible derrotar al nuevo populismo hegemónico con una gran movilización nacional. El control de la 4T sobre el INE y el Tribunal Electoral, le permitió a Morena utilizar recursos económicos provenientes del gobierno federal con los cuales reforzó su estructura clientelista, aunado al flujo de efectivo proveniente de fuentes ilegales.
En estos dos años de la administración Sheinbaum el partido de Estado se ha consolidado, y los partidos opositores antiguos y nuevos no alcanzan a generar la expectativa de un posible movimiento unificado que pudiese enfrentar a la maquinaria oficial de la forma como Cuauhtémoc Cárdenas lo hizo en 1988. Como en esa época, las condiciones no están dadas para una competencia equitativa y dentro de las normas legales de una democracia, por lo que las oposiciones deberán encontrar la manera de inventar una fórmula adecuada para unificar posiciones y presentar liderazgos representativos que atraigan a una ciudadanía hoy cooptada por el populismo hegemónico de un régimen basado en el culto a la personalidad del líder atrincherado en Palenque, y una presidencia amarrada a un proyecto de nación anacrónico e inviable.
Así, más que debatir sobre la conveniencia de ir juntos o separados, los partidos opositores estarían teniendo que pensar en una nueva forma de atraer electorado, y no quedar atrapados en la nostalgia de un pasado democrático que hoy parece imposible reconstruir.

