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Nacidos demasiado pronto

Gabriela Gorab | Entre quimeras y palabras
En 1642 un bebé de tres libras nació en Woolsthorpe y casi muere a las pocas horas. Décadas después Isaac Newton formuló las leyes del movimiento. En 1874 otro niño llegó dos meses antes de tiempo a un palacio de Oxfordshire; se llamaba Winston Churchill. En 1885 nació Anna Pavlova, tan pequeña y delicada que su estatura se convirtió, con el tiempo, en una de sus mayores virtudes como bailarina. La leyenda también incluye a Albert Einstein, de quien se dice que nació unos dos meses antes de término.
Aunque la evidencia no es del todo clara, la imagen permanece: un bebé de cabeza grande que tardó en hablar y que después reescribió las leyes del espacio y el tiempo.
Hoy la historia se vuelve más precisa. Stevie Wonder nació a las 34 semanas. La retinopatía del prematuro lo dejó ciego, pero no le impidió convertirse en una de las voces más importantes de la música del siglo XX. Wayde van Niekerk llegó al mundo a las 29 semanas pesando poco más de un kilo. En 2016 ganó el oro olímpico en los 400 metros y rompió el récord mundial.
Estos nombres no demuestran que nacer antes de tiempo produzca genios. Solo muestran que la fragilidad inicial no siempre impide dejar una marca. Pero también recuerdan algo que solemos olvidar: la incubadora no es el final de la historia.
La medicina neonatal es uno de los triunfos más claros de las últimas décadas. Bebés que hace cincuenta años no tenían casi ninguna posibilidad hoy sobreviven a las 22 o 23 semanas. El problema es que el triunfo se detiene demasiado pronto. Los adultos que nacieron extremadamente prematuros —alrededor de los seis meses de gestación o menos— cargan con un perfil de riesgo que los sistemas de salud todavía tratan como un asunto de pediatría.
Los estudios de seguimiento a largo plazo muestran patrones claros. Tienen más probabilidades de desarrollar hipertensión, problemas del corazón, diabetes, enfermedades de los riñones y dificultades respiratorias. En promedio, presentan más casos de déficit de atención, ansiedad y depresión. También les cuesta más formar pareja y tener hijos. Las mujeres que sí logran ser madres tienen, a su vez, mayor riesgo de partos prematuros. Es como si el cuerpo guardara memoria.
No se trata de cifras alarmantes en todos los casos. La mayoría de estas personas vive vidas normales y reporta buena calidad de vida. Pero los riesgos están ahí, silenciosos, y suelen aparecer o agravarse cuando ya nadie los está mirando: en la adultez joven y media. El seguimiento médico, que es intensivo en los primeros años, casi siempre se corta. A partir de ahí, cada uno se las arregla como puede.
Hay algo que siento profundamente humano en esta paradoja. Celebramos con razón cada bebé que sobrevive contra todo pronóstico. Convertimos esas historias en relatos de milagro y superación. Y sin embargo, cuando ese bebé se convierte en adulto, su historia médica se vuelve invisible. Seguimos hablando de prematuridad como si fuera solo un asunto de las primeras semanas de vida.
Newton, Churchill, Pavlova, Wonder y van Niekerk nos recuerdan que es posible llegar muy lejos partiendo de un lugar frágil. Pero también nos obligan a mirar lo que queda después del triunfo: cuerpos que envejecen distinto, mentes que cargan con una sensibilidad particular, vidas que, en muchos casos, necesitan un acompañamiento aún inexistente.
Hemos aprendido a salvar a los que nacen demasiado pronto. El siguiente paso es no abandonarlos una vez que salen de la incubadora.
Arte

Foto: Especial
1. Ron Mueck — A Girl (2006).
Una recién nacida hiperrealista de más de cinco metros de largo, todavía marcada por el parto. Presentada en Edimburgo en 2006, hoy forma parte de la colección de las National Galleries of Scotland.
2. Antony Gormley — Iron Baby (1999).
Inspirada en la hija del artista cuando tenía seis días de nacida, esta pequeña figura de hierro contrapone fragilidad y resistencia. Un ejemplar pertenece a la colección del Science Museum de Londres.
3. Constantin Brancusi — The Newborn (1920).
Brancusi transforma al recién nacido en una forma ovoide de bronce pulido, casi abstracta. La obra pertenece a la colección del Museum of Modern Art de Nueva York.
4. Sigmund Abeles — The Max Drawings (1985–1992).
Abeles dibujó a su hijo Max durante su lucha por sobrevivir tras nacer 13 semanas antes de término en un hospital de Boston. La serie siguió su evolución desde la incubadora hasta recuperar la salud y fue presentada en una exposición itinerante que llegó a 13 sedes, entre ellas el Currier Museum, Columbia Museum of Art y Yeshiva University Museum. Es quizá la obra que más directamente conversa con Nacidos demasiado pronto: aquí la prematuridad no es símbolo, sino experiencia vivida por un padre que observa y dibuja.

