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Opinión

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Hasta el medio siglo llegaremos

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Panorámica de la Biblioteca Central de la UNAM.Foto EE: Especial

Cecilia Kühne

La primera universidad que existió en nuestro territorio fue también la primera en la Historia de América, cuando la Nueva España apenas trazaba sus caminos y nuestro país todavía no existía. Su fundación en 1551 obedeció las órdenes de Felipe II y se llamó Real y Pontificia Universidad de México.

Durante el Virreinato fue un Centro Superior de Cultura en el cual estudiaron las figuras más destacadas que produjo nuestro pasado colonial. Muchas casas de estudio que se unieron a ella empezaron a surgir: en 1778 se abrió la Real Escuela de Cirugía, en 1792 el Real Colegio de Minería y dos años más tarde la Academia de San Carlos para el estudio de las Bellas Artes.

Cuando se desató la lucha por la Independencia perdió el título de “Real” y se llamó solamente Universidad Nacional y durante toda nuestra convulsa historia de guerras civiles, invasiones, intervenciones, continuos levantamientos militares, y golpes de Estado, fue clausurada varias veces, Incluso enfrentó un cierre definitivo durante el periodo de Maximiliano de Habsburgo.

El proyecto de creación de una Universidad Nacional — ya sin hablar de la realeza ni considerar la bendición de ningún Sumo Pontífice— fue propuesto por Justo Sierra en 1881, cuando todavía era diputado y expresó su intención de contrarrestar el problema educativo que desde entonces y como siempre, era muy grave, lector querido.

La propuesta de Sierra se materializó en 1910 en el acto inaugural de la refundación de la Universidad Nacional de México, que se llevó a cabo en el anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria. Ya era secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes y tenía muy claro que el objetivo educador y científico que debería tener aquella Universidad Nacional debía ser concentrar, sistematizar y difundir entre el pueblo mexicano, el conocimiento necesario para prepararnos para el porvenir.

En aquella ocasión, en un discurso que se volvió famoso, dijo las siguientes palabras:

“Me la imagino así: un grupo de estudiantes de todas las edades sumadas en una sola, la edad de la plena aptitud intelectual, formando una personalidad real a fuerza de solidaridad y de conciencia de su misión, que, recurriendo a toda fuente de cultura, brote de donde brotare, con tal que la linfa sea pura y diáfana, se propusiera adquirir los medios de nacionalizar la ciencia, de mexicanizar el saber. La acción educadora de la Universidad resultará entonces de su acción científica; haciendo venir a ella grupos selectos de la intelectualidad mexicana y cultivando intensamente en ellos el amor puro de la verdad y el tesón de la labor cotidiana para encontrarla”

Todo sonaba maravilloso pero la realidad no escucha discursos y el tiempo no se detiene. Algunas expresiones de descontento estudiantil, la sangre y lumbre de la Revolución y hechos como la legitimación de la acotada autonomía universitaria en 1929, la ley orgánica de 1933 que le otorgó la autonomía plena, pero también la descobijó presupuestalmente, apostando a que la universidad renunciaría a su autonomía en aras de recuperar la protección gubernamental, siguieron conformando una accidentada travesía, El gobierno universitario se reestructuró con la ley orgánica de 1945 y se redefinieron las atribuciones del Consejo Universitario, distribuyendo las competencias entre éste, la Junta de Gobierno y el Patronato.

En 1968, el Consejo Universitario exigió respeto a la autonomía, en un contexto marcado por la represión y la violencia del 2 de octubre. El entonces rector, Javier Barros Sierra, salió a la calle en defensa de la UNAM con sus estudiantes, dejando una huella profunda y dolorosa no sólo en la comunidad universitaria, sino en el país entero.

Luego llegaría el movimiento estudiantil del Consejo Estudiantil Universitario (CEU) que otra vez cimbró a la UNAM y a la Ciudad de México de 1987. Las movilizaciones fueron una respuesta a las reformas que quiso implementar el entonces rector Jorge Carpizo; un aumento general a las cuotas de los estudiantes, eliminar gradualmente el pase reglamentado del bachillerato a la licenciatura e imponer un modelo único de evaluación a los estudiantes. Miles de jóvenes universitarios salieron a las calles para rechazar lo que significaba un intolerable proyecto educativo que contradecía la esencia de la universidad. Entre enero y febrero de 1987, las dos masivas marchas al Zócalo, marcaron el triunfo de los diálogos en el Congreso Universitario y el fin de la huelga estudiantil de dos semanas. El CEU se alzó con la victoria y las contrarreformas de Carpizo fueron suspendidas.

Aunque el movimiento del CEU influyó decisivamente en la política universitaria y en diversas transformaciones generales de la sociedad, no todo terminó ahí. La entrada de la policía a las instalaciones universitarias en febrero del año 2000 otra vez vulneró la vida estudiantil y detuvo las actividades por mucho tiempo.

Celebrar hoy a la Universidad en sus 475 años de existencia no es mirar hacia atrás. Es también celebrar la historia de México con sus conquistas, sus rupturas y sus renacimientos. Conservar la esperanza de que mientras exista alguien dispuesto a leer, investigar, preguntar o enseñar, hacer del conocimiento una forma de libertad e imaginar lo que todavía no existe, siempre tendrá una casa para hacerlo.

Y que tal vez. lector querido, hasta el medio siglo llegaremos.

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Estudió Letras Hispánicas en la UNAM, es especialista en historia y literatura mexicana del siglo XIX. Comenzó escribiendo sobre temas culturales en El Economista y no ha abandonado el periodismo ni las letras desde entonces. Actual­men­te trabaja en el IMER haciendo guiones e inventando y transmitiendo contenidos.

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